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Las letras y las ciencias

Un día más, los mismos treinta alumnos de siempre nos reunimos en nuestra aula, entre las mismas cuatro paredes de donde cuelgan nuestros trabajos y fotos. La mañana comienza igual que el día anterior, y que el anterior a éste; nos embarcamos en un día de estudio más, sin esperar que ocurra nada extraordinario. Lengua, Matemáticas, Inglés. Biología, Historia, Latín. Ya estamos en cuarto de la ESO, lo que significa que nuestras notas comienzan a influir en nuestro porvenir y las cosas empiezan a cambiar. Sin darnos cuenta, ha terminado el segundo trimestre y no podemos creer que en unos pocos meses seremos estudiantes de Bachillerato.

Y es al pensar en nuestro futuro académico cuando comienza de nuevo el eterno debate, la continua rivalidad que ha existido durante generaciones: letras contra ciencias. Vuelven las miradas por encima del hombro al que se decanta por una o por otra. Recuperamos una vez más la absurda creencia de que los unos son mejores que los otros.

Los estudiantes consideramos a los que se decantan por la rama de la educación que no es la nuestra nuestros oponentes y defendemos con uñas y dientes nuestra decisión como si cualquier otra opción fuera un error. Y parece que esto es algo que nunca va a cambiar. Pero, ¿no es posible que algún día nos demos cuenta de que, aún más en esto que en cualquier otra cosa, no somos enemigos sino aliados?

Y es que, si nos paramos a pensarlo, los científicos no serían nada sin los literatos y viceversa. Podemos comprobar que esto ha sido así desde el principio de los tiempos; los descubrimientos científicos y tecnológicos nunca habrían llegado a nuestros días de no ser por el afán del ser humano de dejar constancia de su existencia, sentimiento que asociamos tan a menudo a las almas de letras. Pero, ¿acaso podemos negar que habría mucho menos que transmitir a las generaciones futuras sin el trabajo de estas personas de ciencia?

Los más grandes científicos tuvieron que sentarse ante el escritorio alguna vez con papel, tinta y paciencia, con el objetivo de dar forma a sus ideas mediante la palabra. Y si tuvieron que hacerlo Newton, Darwin o el mismísimo Euclides, ¿qué hace pensar a estos científicos que consideran las humanidades como disciplinas inferiores que serán una excepción? La teoría de la evolución humana o los fundamentos de la física no serían nada si se hubieran quedado en la mente de aquellos que los idearon en un primer lugar (ya saben; verba volant, scripta manent).

Lo mismo ocurre al revés. Carece completamente de sentido afirmar que la literatura sería la misma sin la fuente de inspiración y el fundamento que para ella ha sido siempre la ciencia. ¿Qué sería de la obra de Julio Verne sin el avance tecnológico de su época? ¿Consideraríamos el trabajo de Goethe tan relevante si no hubiera reflejado en él su faceta científica? La respuesta siempre ha sido no. Y por eso precisamente, es incomprensible que aún haya personas que tachen de básicas o poco creativas a las ciencias.

Se podrían dar mil argumentos y la opinión de muchos seguiría siendo la misma con respecto a este dilema. Sin embargo, tal vez haya llegado el momento de comenzar a cambiar nuestra mentalidad. Porque esa competitividad agobiante y el impulso de saltar a la defensiva para hablar a favor de lo que creemos nuestro, no tienen sentido. Es tiempo de mirar la realidad frente a frente; si nuestro objetivo es el desarrollo completo de la razón, no podemos dejar fuera de nuestros esquemas ninguna rama del conocimiento. Así es que, aunque a muchos les cueste aceptarlo, ya lo decía Machado, “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, o lo que es lo mismo: ni ciencias sin letras ni viceversa.
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