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EL GRAN DESCUBRIMIENTO

20 días antes del mayor descubrimiento geológico de la historia, Álvaro, un joven astronauta de unos 28 años, pelo largo rubio y unos penetrantes ojos azules, se preparaba para despegar hacia la Luna. Nunca había estado tan nervioso. Comprobó por enésima vez que todo estaba en orden: la escotilla bien cerrada con su sistema hermético, las palancas en buen estado y posición, la temperatura de las neveras y del cockpit bien regulada y los depósitos de gasolina suficientemente llenos. Quedaban diez segundos para el despegue. La gente que había acudido gritaba desde lejos: > Aunque no la podía ver ni oír, Álvaro sintió el empuje de su madre que, desde lejos, estaba pensando en él. Álvaro miró por última vez a su compañero de viaje, Alejandro, Ale para los amigos, y se concentró en lo que sería para él y para la humanidad un viaje histórico.

13 días antes de que se descubriera una sustancia legendaria que atraería a cientos de científicos en el mundo, Álvaro se dispuso a bajar del cohete con su compañero y gran amigo Ale. Le temblaban las piernas, igual que a su amigo. Se miraron a través del pesado casco que llevaban en la cabeza, el cual estaba hecho de materiales cómo el nylon, el poliéster e incluso el oro. Álvaro dio un paso hacia delante. Ale lo siguió con una cámara que, gracias a señales satelitales, informaba continuamente a la Tierra de su situación. La misión que tenían consistía en extraer muestras de piedras lunares para analizar una vez más sus materiales y cómo estos pueden influir en la ciencia. También tenían que hacer pruebas geológicas del terreno para intentar averiguar el pasado de la Luna. En esta misión se dedicarán a la extracción y al posterior estudio de las piedras por parte de la otra parte de la tripulación, sus compañeros Dani, Iván y Javi. En las dos misiones de los días posteriores analizarán el terreno y realizarán pruebas geológicas. Estuvieron un rato paseando alrededor de la base del cohete cogiendo piedras de diferentes tamaños, colores y texturas. Al cabo de unas tres horas más o menos, entraron en la nave, depositaron las muestras que habían recogido en su expedición en el pequeño laboratorio en el que trabajaban Dani y Javi y se fueron a quitarse el traje que tardaron literalmente cuatro horas en ponerse.

10 días antes de que Álvaro, Ale, Dani, Javi e Iván aparecieran en cientos de periódicos en todo el mundo, Álvaro, triste porque su estancia en la Luna se le había hecho cortísima, terminaba su misión, que en este caso consistía en el análisis de un terreno de más o menos una hectárea. Tenían que identificar de qué materiales estaba compuesto el suelo en la actualidad y hace unos diez siglos, gracias a un increíble gadget llamado +1/4-2. Después, debían cavar un poco con la ayuda de un robot llamado boya (sí, como las de la playa) para ver si el material era el mismo que el de la superficie. Estaban terminando de cavar el último hoyo lunar que harían seguramente en sus vidas, cuando de repente, Ale llamó a Álvaro porque había encontrado una “cosa” bastante rara. Cuando Álvaro asomó la cabeza por encima del hoyo cavado por Ale, pudo observar una especie de piedra agujereada de un color caqui muy oscuro y una textura que, al coger ese misterioso objeto, parecía muy blanda. Ale contactó con Iván para que viniera a grabar el hallazgo y enviar la noticia a la Tierra y, después de un rato excavando lo suficiente para poder extraer ese interesante objeto, consiguieron sacarlo y dejarlo en el laboratorio.

El día del gran descubrimiento apareció en todos los medios una noticia que revolucionó el mundo: se habían hallado en la Luna restos fósiles de seres vivos que habían vivido allí hacía miles de años. Fue así como la misión geológica se convirtió en arqueológica. Más excavaciones permitieron el estudio de cómo fue la vida en la Luna, qué aspecto tuvieron estos extraterrestres y cómo restablecer la vida. Álvaro, feliz, sonrió al ver la foto que tomó junto con sus cuatro compañeros el día que llegaron a la Tierra, dos días después del gran descubrimiento.
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