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De noche de vuelta (Los cometas son almas perdidas)

El pitido despertó a Bilium de su dormitar. Con los ojos marrones bien abiertos, enfocó la vista y el poco entendimiento que le quedaba en la pantalla que se proyectaba justo frente a sus ojos:

"ADVERTENCIA: Niveles bajos de oxígeno restante. Se recomienda encarecidamente regresar a la estación y recargar."

Con las comisuras de los labios tendiendo hacia arriba, pero los ojos sin ver despreciando sus circunstancias, Bilium movió la mano dentro del traje. Las mangas, que le quedaban demasiado grandes, muy anchas y muy largas para sus brazos flacuchos, flotaban en el espacio como gusanos, moviéndose en todas direcciones. Los brazos estaban resguardados dentro del torso, el traje de adulto cerniéndose como una bolsa de dormir para el niño. Colocó la mano frente a su rostro, se deslizó en la pantalla con movimientos practicados de muñeca y salió del sistema principal.

Sabía que era peligroso, que el traje se estaba moviendo un poco demasiado, que caminar sobre el espacio no debía sentirse como una caída libre sino como un flotar interminable. En efecto, Bilium sabía muchas cosas. Sobre todo, sabía que algo estaba mal. Bilium no podía decir qué causaba la sensación, y tampoco entendía el movimiento. Sabía con seguridad que no era viento, pero jamás había prestado suficiente atención en la escuela. En su mente se cruzaba toda la información por la mitad y le faltaba la paciencia para recordar o razonar la otra parte.

Tal vez si hubiera estado en su hogar, sentado en su casa frente a las llamas azules ardiendo en el centro de la sala, con los ojos cerrados y la cabeza descansando en el regazo de su madre, tal vez así podría haberlo pensado bien. Las ideas se habrían coordinado, los sentimientos habrían tenido sentido. Habría un silencio de voces, pero nunca totalmente vacío: el crepitar del fuego, el susurro de los roces de las telas, la respiración y los latidos del corazón de su mamá. Por Gora, lo que no daría Bilium a cambio de volver, al menos un instante, a esos tiempos.

La sangre caliente bajo su piel mientras corría de sus hermanos en el parque, los latidos de su corazón ante el más mínimo disturbio. Las sonrisas, los llantos, la emoción y la absoluta devastación. Todo tenía tanto sentido. A Bilium ni siquiera le quedaban energías para lamentarse. De todos modos, ellos nunca hubieran querido eso.

Había empezado con un incidente. Una noche sin estrellas en Bievane, la primera de muchas. Habían hablado de eso en algunos difusores, bievanis y bievanus mascullando exclamaciones, charlas aburridas. Las preocupaciones calaron las almas de aquellos a los que les interesó. A muchos les pareció un lastre. Dejaron que la noticia se pudriera al fondo de sus cerebros hasta que dejó de ser noticia. La novedad repetida, aunque sea una tragedia, deja de ser novedad.

Así de sencillo se olvidaron de la falta de estrellas. El padre de Bilium se había lamentado la pérdida como si fuera la de un hermano. Bilium mismo no podía entender el sentido, pero extrañó a las luces en el cielo. Era un niño incauto cuando comenzó, el proceso tomaba tiempo. Tuvieron tanto tiempo.

Lento, pero seguro, todos los días retrocedió un segundo más la caída del Dem. Cada día hubo más luz. La luz al final del túnel, nunca otra cosa. Tuvieron demasiado tiempo. No supieron como usarlo.

Recuerda que en los últimos momentos, no lloró. Pensó que morir con Bievane, viendo la lava y el humo atravesar todo lo que conocía, era sagrado. Los colores desdibujándose de la realidad, las canciones, la moda, las pinturas, todas las formas de expresión reducidas a gritos. Ninguno de los medios majestuosos eran más que máscaras. La naturaleza de los bienvanes nunca fue noble, siempre fueron débiles. Morir así los hacía sagrados.

Y su amado padre. Su último acto fue de sacrificio. Le colocó el traje a Bilium con las manos temblorosas pero cálidas, con una sonrisa detrás de las lágrimas.

—Buena suerte, hijo. Cuídate —. Había acariciado su cabello justo como su madre lo hacía. Se había despedido. Cosas curiosas, las despedidas. Le estaba dando un regalo a la vez, no era el traje. Era identidad.

Bilium nunca supo que entró en la órbita de la estrella del Sistema Solar de la Tierra. Tampoco supo, jamás, que fue a parar a la Tierra. Falleció tiempo antes, la muerte según Bienvane había sucedido hacía ya millones de años. Su consciencia se fue antes de que lo vieran pasar por el cielo como un haz de luces fantasmales.

Una madre sonrió y le pasó a su hijo el brazo por la espalda. Le señaló una esquina del cielo y exclamó:—¡Mira eso, hijo! ¡Un cometa! ¡Vaya suerte has tenido!

En algún lugar, o en ninguno, Bilium estuvo un poquito más en paz.

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