EL CONTRAATAQUE

En aquel momento, todas las alarmas habían saltado en el centro beta. Esa era la señal que estaban esperando.

Desprovisto de tiempo, avanzaba pavoroso entre las tinieblas, sin estar del todo seguro de si había escogido el camino correcto. Caminaba deprisa, sin mirar atrás. Urgía entregar el mensaje que los espías le habían confiado lo antes posible, antes de que los adversarios lo interceptaran y lo destruyesen, o, peor aún, lo utilizasen en su contra.

Por fin encontró el túnel. Sin dudar ni un instante, se adentró en él para cruzar al otro lado.

Una vez había alcanzado la tierra hostil, enseguida divisó el enlace al que debía entregar el mensaje en clave. Con ayuda de un código secreto que sólo ellos conocían, pudieron traducir palabra por palabra la misiva para poder remitírselo al destinatario.

En aras de realizar este último envío, ya estaba preparado el cartero. No había tiempo que perder. Envolvió cuidadosamente el mensaje para que fuese difícil de extraviarse. Una vez listo, embarcó y comenzó a navegar entre las sosegadas aguas. Tenía que entregarlo lo antes posible y sin ningún contratiempo.

A fin de que el plan funcionase, debía liberar el contenido del paquete al exterior. Y ahí era a donde se dirigía sin vacilar.

Cuando logró llegar a la frontera, abrió el paquete y soltó el contenido rápidamente.

Poco a poco, la insulina fue limpiando la sangre y recogiendo el exceso de glucosa acumulada. La fue almacenando en el hígado, pues nunca sabían cuándo podrían necesitarla.

Paulatinamente, los niveles de glucosa en sangre se estabilizaron. La insulina ya había realizado su función. La colaboración de todos los orgánulos de la célula del páncreas fue indispensable para hacer posible su producción en respuesta a la señal de alarma.

De momento, ya podían coger aire y descansar; por lo menos, hasta que una nueva señal les obligue, de nuevo, a responder con más rapidez y efectividad que nadie.
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