Korsa y Koff

Naiver sintió un pinchazo de emoción al rebasar la loma. Le separaban escasos kilómetros del tan ansiado destino: los poblados de Korsa y Koff. En pleno siglo XXIII, estas comunidades constituían un anacronismo de libro: tenían las mismas costumbres y tecnología que la sociedad de entreguerras. El hecho de que se hubieran mantenido aisladas del mundo exterior era un misterio para Naiver (y para cualquiera en el Departamento), pero después del largo viaje se hacía alguna idea al respecto. La localización de la meseta era, cuanto menos, remota e inhóspita, y para llegar a la misma había que rebasar riscos y abismos abiertos en la tierra, consecuencias de antiguas e inmundas barbaries.

Conforme se acercaba a la primera de las poblaciones, la ansiedad de Naiver iba en aumento. Según el exiguo mapa que el explorador le había proporcionado, se trataba de Korsa, la más grande de las dos. Iría a probar suerte en la taberna del pueblo, siempre había una en los poblados antiguos, se había informado bien. Pronto localizó un edificio grande, con carteles vistosos en su fachada. Los Archivos nunca mentían: ahí estaba su posada. Habló con el encargado del local y, asegurados el techo y el sustento, comenzó su investigación.

La razón por la cual Naiver había recorrido kilómetros de tierras devastadas estaba en el peculiar comportamiento de los habitantes de Korsa y Koff. Cogió su cuaderno de dibujo y fue visitando cada uno de los establecimientos. Minuciosamente fue documentando todo lo que encontraba, de manera discreta, claro. Quién sabe qué le podrían hacer los habitantes de Korsa en caso de saber que los estaba estudiando. Aunque, pensándolo bien, era bastante poco probable que eso importara dada su situación.

Por la noche, Naiver pudo confirmar de primera mano la información del explorador: al otro lado de la ventana una lenta procesión de siluetas mudas se movía entre las sombras de manera acompasada, ajenas a su peculiar idiosincrasia. Estuvo varias veces a punto de salir de su habitación e ir a la calle a espiar a los lugareños, pero se contuvo. Tendría que esperar a la mañana para comprobar las consecuencias de dicha comparsa. Nadie en el Departamento se lo iba a creer.

El sol ya arañaba sus párpados cuando Naiver se despertó. Era tarde, en la mañana, y no le había sentado bien trasnochar después de tan largo viaje, pero se obligó a bajar a la cantina y dar cuenta de su desayuno. Era tal su estado de somnolencia que casi no reparó en que el posadero ya no era hombre, sino mujer. Ya no era bajito y rechoncho, sino alta y esbelta. Con discreción le preguntó si aceptaría el cambio de su otra linterna por otra semana de alojamiento y comida, a lo cual le respondió afirmativamente. Conversó un poco más con ella y, cuando terminaron de hablar, Naiver buscó el organigrama que había creado el día anterior, con todas las caras de los habitantes unidas a sus respectivos oficios, y tachó la del posadero para cambiarla por la de la actual regente. Habría que ir en busca del ya depuesto posadero para confirmar su hipótesis.

Nadie en el Departamento había creído al demacrado explorador que había acudido con las nuevas de la Zona de Exclusión pero Naiver, por su experiencia en el Reformatorium, sabía de casos similares en personas alcohólicas. Casos extremadamente raros, de los que dudaba que el explorador hubiera escuchado hablar. Su instinto le decía que algo extraño ocurría en Korsa y Koff, probablemente como consecuencia de la guerra. Desentrañar este misterio bien le valdría un ascenso en el Departamento.

Salió a la calle en pos de nuevos cambios. La procesión de la noche anterior no fue sino un síntoma más de la enfermedad que padecía la población de Korsa. Tardaría poco en encontrar al antiguo posadero ejerciendo de matarife. Naiver tendría que retocar de nuevo el organigrama dado que, para colmo, su mujer era la alcaldesa (que tampoco era ya alcaldesa). Al cabo de unos cuantos casos más pudo confirmar sus sospechas: los habitantes de Korsa reescribían su memoria por las noches. En un baile dantesco y endiabladamente coordinado, salían por la noche de sus hogares para meterse en casas de completos desconocidos, a ser personas que el día anterior no eran. Esposas se convertían en madres solteras, hijos en sobrinos, padres en hermanos y hermanas en suegras. Un batiburrillo de identidades y oficios, con un orden perfectamente lógico y natural para los afectados, pero completamente caótico y desconcertante para el observador externo.

La causa sigue siendo investigada a día de hoy, pero dicho comportamiento sí que tiene un nombre, acuñado por Naiver: el síndrome de Korsakoff.
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