La química en/de la historia

Terminó de lavarse la cara y, al coger el frasquito, todo se paró en seco. Movía el recipiente de un lado al otro, como tratando de reafirmar sus propiedades con sólo su observación. Vivía en un mundo rápido, precoz, donde las modas y tendencias iban y venían y ella, sin ser más ni menos que nadie, había sucumbido al uso de ese líquido amarillo para tratar de mejorar su piel, no para ser más joven -más de lo que ya era-, ni para eliminar arrugas -algo que no se encontraba en su rostro debido a la juventud-, sino por tendencia, por hacer algo que la uniera a la comunidad joven de la época, pero de pronto la historia la paró de un golpe para cederle un espacio donde pensar en paz.

En medio de esa vida acelerada mediada por la ausencia de semáforos donde descansar se lanzaba todas las mañanas al baño para, después de lavarse la cara, aplicarse aceite de ricino en los pómulos y la nariz, cumplir con su cometido de chica joven del 2022 cuya obsesión actual era la skin care. Sin embargo, esa mañana no tenía prisa, la vida parecía haberse pausado y por ello sentía una felicidad serena, una calma que, de repente, desapareció para dejar paso a la voz de un hombre mayor y sabio que no paraba de repetir unas cuantas frases inconclusas y casi inaudibles entre las que se distinguían dos: ‘agua de carabaña’, ‘aceite de ricino’. Era la voz de su padre, su padre contando cómo no hace tantos años el ricino también se utilizaba, pero para fines menos agradables, para fines de tortura. Cómo pueden cambiar las cosas tanto en unas décadas, cómo pueden cambiar tanto las cosas en un cuarto de baño.

Ella, que tenía la suerte de tener conocimientos amplios de química, jamás había gozado de la oportunidad de parar, de descansar y pensar en lo que el ritmo social hacía en y con ella, sabía de química pero no pensaba en la química, sabía la historia de la química pero no en la química en la historia, pensaba y sabía de los grande hombres de la química pero no pensaba -aunque sabía- de los hombres que han utilizado a la química, en el sentido belicoso y aterrador del verbo. Cuánta diferencia hay entre dejar huellitas en la ciencia porque reflexionas, y pisar, simplemente formular compuestos sin un interés real en la vida.

Seguía mirando el frasquito de cristal que contenía el líquido amarillo mientras recordaba a todas las mujeres de su vida, a esas mujeres que, con cierto miedo y una voz que se movía a causa de ese sentimiento, recordaban los chupitos de aceite de ricino que estuvieron obligadas a beber. Chupito tras chupito tras chupito, aceite de ricino para todas para después ir en un carro montadas por todo el pueblo para avergonzarse por lo que ese aceite hacía en su interior para sufrir para pasarlo mal para que ahora se use en la piel. Por un momento ella estaba también avergonzada, tenía miedo.
Cuán poderosa es la química, tenía en sus manos un trozo de historia y nunca lo pudo ver, sentía angustia y a la vez estaba envuelta en una fascinación propia de los libros que leía, porque las cosas que más la apasionaban se mezclaban en un recipiente: la química se mezclaba con la historia y eran sustancias indisolubles, la historia llevaba heridas hechas por la química y la química nacía de nuevo con cada día que pasaba y con cada persona que nacía, las personas que hacen historia con sólo su existencia.

Se sentía profundamente colmada de entusiasmo y curiosidad al ver de forma tan nítida el poder de su ciencia favorita, cómo las manos que la sostienen son el factor más importante, cómo la química tenía el poder de sanar y destruir, nunca lo había visto tan claro, nunca lo tuvo tan cerca y, a la vez, en su corazón siempre habían vivido esas mujeres y sus paseos de la descomposición. En sus pulmones se instalaba ahora la que sería su mayor ilusión el resto de su vida, expandir estos conocimientos, esta evolución de usos, reivindicar el daño que hizo el aceite de ricino -y otras sustancias – para que nadie pudiera olvidarlo, para que se pensara críticamente, para que se hiciera ciencia crítica, para que en su corazón y en el de todas las personas del mundo vivieran esas reacciones y vivieran las personas que habían sufrido de ellas, se propuso llevar el mensaje de la relación inseparable entre ciencia e historia. Sólo le hizo falta terminar de lavarse la cara y mirar el frasquito, parar en seco dentro de toda esta aceleración.
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