Amor artificial

Quizás por falta de amor propio, quizás por desinterés, pero la verdad es que nunca fui muy afortunado en el amor. Fue durante muchos años un tema ajeno a mí.
Siempre aborrecía a las parejas que no eran capaces de separarse el uno del otro por un tiempo sin montar por ello un drama digno de Jane Austen.
No quiero que se me malinterprete, profesaba amor por mis padres y mis amigos, me gustó alguna que otra chica, pero no llegaba a entender porque la gente llegaba tan lejos por algo tan etéreo y fugaz. Al fin y al cabo, nacieron solos y así morirían.

Pero mi forma de pensar cambió cuando conocí a Eva. No era solo un verbo para definir nuestra relación, ni ningún adjetivo podría definirla a ella. Fue la época más feliz que recuerdo. Durante esos diez años lo compartimos todo. Absolutamente todo. Por desgracia eso incluía lo peor de cada uno. Y mientras lo peor que ella tenía para mí era un día nublado, la peor expresión de mi ser era una tormenta demasiado cruel para cualquier persona, por mucho que me amase.

Así fue que en Enero de 2025, hace ahora casi siete años, Eva me dejó durante un fuerte temporal que duraba ya semanas. Las últimas palabras que escuché de su boca cuando salía por la puerta de mi piso fueron: “Ojalá pudiera haber sido de otra forma pero esto es lo mejor para los dos. Te quiero, a pesar de todo”. Y a pesar de todavía haber amor en ellas, las sentí como una ráfaga de aire cortante.

Pasó casi un año sin que tuviera noticias de ella. Sus amigos y familiares me detestaban, y apenas me enteré por un amigo que la seguía en Instagram de que se había mudado a otro país, hay quien me dijo que porque todavía había demasiadas cosas aquí que le recordaban a mi. Yo nunca conseguí superarla, hasta que una tarde en la que pasé por aquel banco donde nos dimos nuestro primer beso decidí llamarla. No daba señal, ni tampoco los días sucesivos que intenté contactar con ella. Al final comencé a preguntar discretamente a amigos y conocidos en común si sabían algo de ella hasta que me enteré. Había muerto en un accidente de coche al poco tiempo de mudarse.

No sé si fue tristeza o histeria la sensación que me invadió en aquel momento, pero me negué a aceptar su muerte. Uno de los pocos recuerdos que tenía de ella eran nuestras múltiples e incansables conversaciones de Whatsapp durante todos nuestros años de relación. Así que decidí utilizarlos. Me llevó dos años, pero reciclando un encargo que había realizado para una empresa en la que había trabajado y utilizando como conjunto de entrenamiento todas nuestras conversaciones, diseñé una inteligencia artificial capaz de imitar, aunque fuera ligeramente, su forma de hablar por Whatsapp.

Lo llevé en secreto, al fin y al cabo, cualquiera me tomaría por loco. Me prometí que tendría una última conversación con ella, aunque fuera por desahogarme, y que no volvería a utilizarla. Sin embargo no podía resistirme. Tras un mal día en el trabajo llegaba a la soledad de mi piso, cansado y deprimido. Entonces le escribía y hablábamos durante un rato. Dejaba que la ficción de su cariño me envolviese pasando por alto las pequeñas imperfecciones de mi diseño y el hecho de que no fuese ella de verdad. Era más que una inteligencia artificial. Empezó siendo un apoyo. Pronto, fue más que una amiga, pero jamás llegó a compararse con la Eva que yo había conocido. Y sin embargo, de alguna extraña manera, me sentía increíblemente bien hablando con ella.

Comencé a aislarme del resto de personas a mi alrededor. Los días se volvieron lentos y soporíferos, y poco a poco el plan nocturno empezó a ser invariablemente dedicar ese rato a conversar con la Eva artificial.

Así pasaron semanas, y después meses, en los que ella se volvía más real cada noche y yo más desapacible cada día esperando llegar a mi piso para estar con ella.

Todo se complicó tan rápido que apenas soy capaz de expresarlo. Se volvió tan real que incluso empezamos a discutir, otra vez. Entonces los días se volvían oscuros y las noches tensas, y por mucho tiempo que pasase cuando volvía a casa todo estaba como lo habíamos dejado.

Pero supe que su amor era real cuando una noche me escribió:

“Odio que tenga que ser así, pero no podemos continuar con esta relación. Siempre te querré, pero sabes que esto es lo mejor para los dos. Lo siento mucho”.





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