Amores modernos (o de la vida de Mel)

Mel no lucía particularmente sorprendida de ver a Román en la puerta de su casa, aunque ella nunca lucía particularmente nada. Sin embargo, el instinto policial de Román le repetía la escena del inicio de turno, cuando su compañero Sánchez y él fueron al negocio de María, buscando un buen café servido por Mel. Recordaba perfectamente la expresión de desagrado en Sánchez tan pronto probó el café e incluso recordaba que dejó un tercio del café servido.
Tras el obligado interrogatorio sobre el café de la mañana, y sin culparla directamente de nada, el ortodoxo policía que era Román se despidió de manera muy profesional, pero Mel pareció notar algo diferente en su expresión porque, pese a sus esfuerzos, parecía algo más amable que de costumbre. Ella lo invitó a seguir un momento para disfrutar de una buena taza de café en compañía de su familia, que se podía ver reunida en torno a la mesa disfrutando de su desayuno. Román casi cede ante el aroma del café, pero el temor de que Sánchez hubiera sido intoxicado por Mel, lo hizo declinar la invitación.
Regresó a la patrulla, reporto que todo estaba bien y se dirigió a la estación a entregar su turno. Dos horas después, se dirigía a su apartamento, pero un impulso lo llevó a girar su auto hacia otra dirección; ya de civil y sin arma de dotación, volvió a la casa de su amiga Mel para dar un segundo vistazo.
Una vez llegó, pensó que su presencia allí no tenía ningún sentido y cuando se disponía nuevamente a irse a su casa, para descansar y llamar a Sánchez, Mel apareció por la ventana y le sonrió directamente a Román. Él respondió a la sonrisa e incluso agregó un insulso y rápido gesto con la mano, que denotaba familiaridad, pero también algo de desconfianza. Acto seguido, y de manera automática, Román bajó de su auto y se dirigió hacia la puerta de la casa, que fue rápidamente abierta por Mel. Ella lo invitó a seguir y se notaba algo nerviosa y distante... ¡Esa mujer era muy difícil de leer! Aún para un agente de policía tan aguzado como él. Tal vez por ese misterio que proyectaba o tal vez por la promesa de un buen café, Román confrontó por primera vez y de un solo golpe la realidad: Estaba enamorándose de Mel e incluso se sintió correspondido.
Con esta novedad, Román se comportó lo más natural que pudo, pero sabía que era evidente su aturdimiento. En ese momento reparó en que estaba sentado en la mesa de comedor de esa casa, pero ya ninguno de sus habitantes parecía estar allí; salvo, claro, la propia Mel, que traía dos tazas de café; las dejó sobre la mesa y Román le comentó que cuando estaba en servicio siempre lo tomaba sin azúcar, pero que fuera de servicio lo prefería con una cucharadita. Mel se levantó, hizo un gesto algo gracioso, y giró hacia la cocina para buscar el azúcar. En ese momento Román cambió rápidamente las tazas de lugar y se quedó con la que estaba destinada para Mel. Cuando ella regresó, él tomó el azúcar y, muy a su pesar, endulzó su café al tiempo que lamentaba arruinar un café que olía mejor que cualquiera que hubiera olido antes, pero que había de sacrificar previniendo una posible intoxicación como la de Sánchez, o tal vez algo peor...
Todo cambió mientras tomaban el café; desde el primer sorbo, ambos cambiaron la actitud y se fueron relajando y por vez primera ambos hablaron abierta y relajadamente; hablaron de café y de la vida. Así, Mel supo que Román era soltero, apegado a su madre y distante de su melliza; Román se enteró que Mel vivía con un grupo de autómatas, que ella misma era un robot llamado кофе мел робот (Algo así como “Robot del café de tiza”) y que fueron todos construidos por un ingeniero ruso como elementos promocionales de la "Cafetería Tiza" de Kazán, que funcionan con café y que fueron abandonados a su suerte tras la muerte del ingeniero.
Finalmente, Román pensó: “Si puedo amar el café, ¿Por qué no a Mel? Para como están las cosas hoy en día ¿Qué es el amor? Voy a amar a un robot”. Se despidió de su novia y se fue a visitar a Sánchez.
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