El hambre de un dios

Un anciano despedaza a su hijo. Apenas quedan restos del muchacho, un cuerpo exánime en manos de su progenitor, que lo sostiene en el aire. Se lo está comiendo. La mirada del anciano está perdida en el infinito, sus ojos son la locura hecha carne; a su alrededor, todo es oscuridad.
El anciano y el niño no están solos en la habitación. Frente a ellos, observándolos, hay un hombre: el creador de la escena. Da dos pasos atrás, pincel en mano, para contemplar la imagen en su totalidad. La visión le hace fruncir el ceño y torcer el morro en un gesto de insatisfacción.
- Más dramatismo - suelta en voz baja, para sí mismo.
Se acerca a una pared lateral y se agacha para abrir una de las tinajas que hay arrimadas contra el muro. El esfuerzo le hace soltar un bufido: ni la edad ni el sobrepeso le ayudan ya demasiado en su tarea. Al abrir el recipiente de arcilla, los vapores del vinagre suben densos, inundando la estancia. Él apenas es capaz ya de olerlos, y pese a ello, abre el recipiente aguantando la respiración sin darse cuenta, por simple costumbre, por esa habituación que proporciona la rutina. Saca del recipiente unas láminas de plomo y lo vuelve a cerrar. El metal, medio corroído por los vapores del vinagre, está cubierto de un polvo blanco, que el hombre procede a rascar. Con él producirá una pasta blanca, el pigmento conocido como albayalde.
Mientras está agachado elaborando la pintura, el hombre levanta la vista hacia la imagen del anciano. Ambos cruzan las miradas, creación y creador. No es esta una obra corriente: está pintada directamente sobre la pared, a pinceladas gruesas, bastas, sin detalles. A su alrededor no hay lujos, ni grandes pasillos ni salas magníficas; al contrario, se encuentran en una casa humilde, situada en mitad de la nada, rodeada de campo. Están cerca de Madrid, es 1823.
De pronto, las luces de la habitación cambian, lo que hace que el pintor se gire de espaldas al mural. Se trata de su mujer, que ha subido y está abriendo las ventanas para airear la habitación. Por el gesto de ella, apostaría que está refunfuñando de nuevo, protestando por el olor del vinagre y las pinturas, que habrán apestado la casa otra vez. Tanto da, no puede oírla; por él que proteste lo que quiera.
Aprovechando que nadie le presta atención, la pintura empieza a cobrar vida; y con ello, a sembrar muerte. Poco a poco, como una especie de nebulosa invisible, la pintura comienza a abandonar el mural y diluirse en el aire.
Mientras tanto, el pintor continúa rascando el metal mientras observa a su mujer alejarse después de abrir las ventanas. La puerta se cierra con un golpe. Vuelve la vista al mortero y mezcla el polvo del óxido con los aceites. No es consciente de que, a sus espaldas, el anciano de la pared ha tomado cuerpo en el mundo de lo real.
El viejo renace de la pintura en contra de su voluntad; aunque a decir verdad no tiene alternativa, está en su naturaleza hacerlo. Si fuese capaz de recordar sabría que, milenios atrás, fue él quien mató a su padre para ocupar su lugar, y que devora hoy a sus hijos para que no hagan lo mismo con él. Recordaría que él es Saturno, rey de los titanes, padre de todos los dioses. Pero todo eso queda en el olvido. Lo único que sabe es que, ahora, su objetivo es el pintor.
Saturno lo inunda todo con su presencia. No solo está en el aire: igual que la escultura que aguarda en el mármol antes de que este sea tallado, también él reside en la pintura con la que el artista dibujará sus ojos.
El pintor ha acabado ya de preparar el pigmento. Chupa inocentemente el pincel para afilarlo, lo empapa de albayalde, y se gira para encontrarse de frente con... nada; con el mural tal y como lo había dejado un instante atrás. Saturno está ya dentro de su cuerpo.
Rápido, como si el tiempo corriese en su contra, Saturno empieza a recorrer las venas del pintor: penetra en su hígado y sus riñones, empapa sus dientes y sus huesos; corroe su tejido neuronal. Obsesionado por devorar al pintor desde dentro, se interna en sus tejidos y los destruye, arrebatándole el poco oído que le queda, nublando su mente y agriando su carácter. Matando, poco a poco, a quien le ha dado cuerpo.
***
Cuando, siglos después, analicemos el cuerpo de Francisco de Goya y Lucientes, veremos cómo fue corroído por el saturnismo. Aunque hoy, al causante de sus males le hemos cambiado el nombre. Para nosotros ya no es Saturno. Su nombre hoy es plomo.
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