En la frontera de la vida y a muerte

Me encontraba en el final del túnel de prueba cuando vi que el auto arrancaba cien metros por delante mío. Eso no debía ocurrir. Tampoco que yo estuviera solo en ese momento allí. Por una cuestión de seguridad, ningún investigador entraba al túnel si no había previamente un técnico preparado para activar el mecanismo de frenado en caso de emergencia ¡Y vaya que esta lo era! Un vehículo, completamente autónomo, conducido en base a algoritmos de inteligencia artificial se dirigía a gran velocidad hacia mí. El túnel de prueba, tenía el espacio justo para albergar los dos carriles que había entre sus paredes de concreto. Usualmente en cada carril se ponían los maniquíes de las personas que utilizábamos para probar el sistema de visión automática del auto que le permitía identificar las características de los peatones que se cruzaban en su trayectoria. En base a esa información, se activaba el algoritmo IA de decisión ética que resultaba en la elección del carril de circulación en pos de causar el menor daño posible ante el inevitable arrollamiento de las personas que tenía por delante. Normalmente en cada carril debía haber maniquíes, pero en este caso solo uno de ellos los tenía. En el otro, estaba yo, con mi pie atascado en la fosa donde se encastraban los maniquíes previo a recibir el impacto. Mientras intentaba desesperadamente liberar mi pie, pensaba que la elección del auto en este caso no sería difícil. Entre arrollar a un hombre de casi 70 años, como yo, o una mujer embarazada que además llevaba un niño en brazos, el algoritmo sin duda elegiría la primera opción. Claro que había algo muy importante que la inteligencia artificial a cargo de la conducción del auto no estaba considerando. De un lado había una persona viva y del otro solo maniquíes. Por la dirección que tomaba el auto, estaba claro que la decisión del impacto ya había sido hecha y si no lograba destrabar mi pie en ese preciso momento, no quedaría nada por hacer. Junté todas mis fuerzas e hice un último intento, pero nada, estaba completamente atorado sin capacidad de poder salir del carril con un auto que se acercaba a gran velocidad directo hacia mí. Cerré los ojos para esperar lo inevitable y dos segundos después sentí el viento del auto pasando a gran velocidad, apenas unos centímetros a mi lado. Seguido de eso, sentí el golpe de los pedazos de tela y plástico que despidieron los maniquíes del carril vecino al ser impactados. No entendí que había ocurrido hasta que abrí los ojos y vi una mariposa de un color amarillo intenso revoloteando justo frente a mí. La materia viva, al menos la de la mariposa, finalmente fue reconocida como tal y priorizada por la inteligencia artificial del auto. Dicen que, dada la sensibilidad del sistema climático, un aleteo de más o de menos de una mariposa en un lugar del mundo puede causar un huracán en otro. Quizás el revoloteo de esa mariposa que me salvo hoy, derivo en la muerte de miles de personas por un terrible temporal en otro lado. Lo cierto, es que nadie ni nada, ni siquiera el mejor algoritmo de IA que podamos crear, puede darnos la seguridad de que se ha tomado la mejor decisión entre los que deben morir o vivir.
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