Jocelyn Bell Burnell: la auténtica descubridora

Ambos habían estudiado la misma licenciatura y también conocían de cerca lo que significaba escribir una tesis doctoral. Al acabarla, Jocelyn siempre tuvo claro a lo que dedicaría su vida: el estudio de las estrellas de neutrones; y Antony, que nunca había mostrado un interés excesivo por este tipo de astros, también, finalmente, decidió decantarse por ellos. Tanto ella como él empezaron a trabajar en la facultad de Astrofísica. Jocelyn era una investigadora meticulosa, perfeccionista e incapaz de hacer público ningún resultado sin poseer todas sus evidencias. Antony, en cambio, impulsivo y confiado, solía actuar temerariamente, anunciando hallazgos sin las certificaciones definitivas. Una temeridad que siempre había ido acompañada de una suerte increíble. Todos los avances que anunciaba, y que Jocelyn nunca hubiese publicado por falta de pruebas concluyentes, acababan publicados en las revistas más prestigiosas. Esta buena suerte condujo a Antony a una ascensión académica sin precedentes. En cuestión de pocos años, consiguió ser el catedrático de Astrofísica, procurándose una aureola de científico reputado incuestionable, mientras que Jocelyn tuvo que asumir la categoría de profesora asociada.
Lo que nadie sabía, sin embargo, es que el éxito de Antony se debía, en buena parte, al silencioso trabajo de Jocelyn. Ella, la científica prudente, la investigadora discreta y metódica, sí que lo sabía. ¡Y tanto que lo sabía! Llevaba muchos años colaborando con Antony y lo conocía como si fuese su hermano. Detrás de aquel científico ilustro se escondía una persona engreída, sin escrúpulos, un aprovechado. Siempre haciéndose servir de los demás para sacarles beneficio. Cuántas veces Jocelyn, durante las largas noches de invierno, había salvado a Antony ayudándolo y resolviéndole los centenares de problemas en los que su avaricia le había abocado. Y Antony nunca le había dado las gracias. Se aprovechaba de su bonhomía, de su incapacidad por hacerse valer. Jocelyn recordaba con amargura el primer éxito reconocido de Antony: el descubrimiento del primer púlsar, una de las estrellas más incandescentes del universo.
Este resultado teórico, que Jocelyn había sintetizado con tanto esfuerzo, y que resultaba un hallazgo de primera categoría para la comprensión del cosmos, se convirtió en la peor pesadilla de la joven científica. Desde aquel día, no dejó de maldecir el momento en que confió sus primeros resultados a Antony, quien, sin ningún miramiento, los empezó anunciar como si fuesen suyos únicamente. Recordaba también, de manera agridulce, cómo Antony había acabado desarrollando, sin contar con ella, la fotograbadora que Jocelyn diseñó para captar las primeras imágenes del púlsar que había descubierto. Estos recuerdos le corroían las entrañas. Aquel fachendoso, aquel investigador de poca monta, había usurpado todo lo que ella ingenió durante tantas noches en vela. No podía soportar su presencia, lo sorteaba constantemente y, cuando no tenía más remedio que permanecer a su lado, experimentaba la intensidad creciente de una aversión nauseabunda.
Pero Jocelyn tenía un as bajo la manga. Hacía unas semanas que había conseguido hallar, secretamente, el teorema que le permitiría localizar todos los púlsares de la galaxia. Este era un teorema anhelado por toda la comunidad científica. Las mentes más brillantes del planeta llevaban meses deambulando tras él, pero todavía nadie había dado con la llave que lo descifraba, excepto ella. La pequeña Jocelyn dejaría de ser, de una vez por todas, aquella ingenua investigadora que en tantas ocasiones hubo quedado retratada por su supervisor. Ahora iría mucho más allá de la audiencia. Sería la primera mujer en cambiar la visión del ser humano sobre el universo. Así pues, se levantaría a primera hora de la mañana para llegar al paraninfo de la universidad, y una vez allí se esperaría a que todos llegasen para anunciar la gran noticia.
Jocelyn, convertida en la máxima inspiración del mocerío, emprendió desde su despacho el viaje que le llevaría hasta el paraninfo. Allí podría desvelar el misterio del universo y ser inmortalizada en la posteridad. Pero de repente, cuando estaba a punto de llegar, una estructura gigantesca ensombreció el despejado cielo de aquella mañana. Y de seguida supo de qué se trataba. Alguien había recuperado la fotograbadora de púlsares con la intención de fotografiarlos todos. Jocelyn sintió como todos sus miedos empezaban a orbitar a su alrededor y, al despertar de la conmoción que le había aturdido, se dio cuenta de quién se encontraba delante de ella. Como cada martes de la primera semana del mes, Antony exponía sus hallazgos al alumnado de Astrofísica. Los jóvenes lo miraban con expectación, y entre sus rostros fue Jocelyn quien reconoció las intenciones de su viejo compañero. Cuando él se giró y vio los ojos de pez fuera del agua de su querida doctoranda, con mirada escrutadora e inquisitiva al mismo tiempo, recién había apretado el botón de la fotograbadora. Antony acababa de captar la primera imagen de los púlsares de la Vía Láctea.
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