Poder oculto

Estaba viendo la última película de la saga Avengers. Endgame no le estaba defraudando, aunque esto no tenía mucho mérito, cualquier película de Marvel le fascinaba.
Era un ávido lector de cómics y como no, no se había perdido ni un estreno de Marvel.
“Rubén, deja la tele ya, ponte a hacer algo productivo”, reclamo su madre con un tono de voz que indicaba hartazgo.
Rubén ni la escucho, en ese momento estaba luchando con el capitán América codo con codo.
Rubén tenía 14 años y desde bien pequeño había sido un soñador empedernido. Además, tenía una gran virtud, era capaz de co-protagonizar todas las historias que leía o veía. Necesitaba apenas unos minutos para protagonizar la trama
“Rubén, ponte ahora mismo a hacer los deberes. No has hecho nada en todo el fin de semana, me tienes harta, voy a regalar el televisor”.
Salieron los créditos del final de la película y Rubén replicó a su madre.
“Vale, mamá, ya me pongo, no seas pesada, masculló entre dientes”.
“Pesada yo, si no estuviera encima de ti estarías todo el día con esos superhéroes, no sé qué te aportan”.
Qué me aportan, pensó Rubén, vivir unas aventuras increíbles. Ojalá yo tuviera superpoderes como ellos.
Esta última frase retumbó en su cabeza y por primera vez, se planteó una fascinante pregunta: Si pudiera elegir un superpoder, ¿cuál escogería?
Primero pensó en la supervelocidad, como Flash, el personaje más veloz del universo. No le acabo de convencer, ¿dónde iría, si en segundos recorrería la tierra?
Después pensó en la fuerza de Hulk, pero se imaginó repudiado por todos, debido a su poder de destrucción.
Después de cenar cayó rendido, pero la preguntaba de los superpoderes le seguía carcomiendo.
Encantado Rubén, soy Anton, Anton van Leeuwenhoek. Tengo la clave de tu superpoder.
Se despertó, con la sensación de no haber dormido nada. Miró el reloj y eran ya las siete. El único recuerdo que tenía de la noche era el de una voz que le susurraba en el oído un extraño nombre, Anton, Anton van algo, no lo recordaba bien. Lo que si recordaba era la frase que le había dicho repetidas veces y que, para él, no tenía ningún sentido. Tengo la clave de tu superpoder
Se levantó, turbado, y se puso en marcha. Durante todo el día estuvo abstraído con la frase que le había perseguido entre sueños.
Llego a casa y después de hacer los deberes, se puso a leer un comic de capitán America, cenó y se fue a dormir.
Encantado Rubén, soy Anton, Anton van Leeuwenhoek. Tengo la clave de tu superpoder.
De repente se despertó. Raudo y veloz fue a internet a buscar el nombre que lo perseguía: Escribió anton van leugen, anton van leugenjoc y eureka, allí estaba el retrato que lo había acompañado en su sueño: Cabellera rizada y rubia, a todas luces postiza, simulando la época del personaje, un pañuelo blanco abrochado en su cuello y una estampa nórdica de hombre alto y fuerte, acompañado de una mirada inteligente, lógico si pensamos que Anton van Leeuwenhoek fue el inventor del microscopio óptico.
Rubén, se quedó meditabundo y pensó: ¿Por qué me visita en sueños el inventor del microscopio óptico? Mientras divagaba, cayó rendido.
De repente, se le volvió a aparecer Anton, pero esta vez Rubén no estaban en su habitación, sino que se encontraban en una amplia sala, de suelo similar a un tablero de ajedrez, armarios antiguos de madera, una tetera, una mesa con papeles anotados de forma desordenada y nuestro curioso protagonista mirando por un monóculo. Destacaban unas bellas cerámicas pintadas de blanco y azul en algunas estancias de la casa.
Rubén se asomó por la ventana, sin entender donde se encontraba. Vio una bulliciosa ciudad surcada por canales con personajes ataviados con vestimenta antigua ¿Dónde estoy?, se preguntó.
Le contestó una grave voz, con acento holandés, cuyo dueño era Anton van Leeuwenhoek
Señor Rubén se encuentra en Delft, en el año 1675. Le he traído aquí porqué le quiero enseñar esta curiosa imagen ampliada que estoy observando.
Delante de él, vio un curioso instrumento que lejanamente se parecía a uno de los microscopios ópticos de su laboratorio de prácticas. Ante sí, tenía un microorganismo, similar al que había visto en el laboratorio del instituto la semana anterior. Lo que Rubén no sabía, es que estaba viviendo un momento histórico. Estaba viendo las primeras imágenes ampliadas por un microscopio óptico de la historia.
Sonó el despertador y Rubén se levantó más feliz que nunca.
Mientras desayunaba comentó “Mama, he elegido superpoder, tendré el poder de ver lo que quiera de forma ampliada, seré Microscoman.
Su madre, lo miró con cara de no entender nada. ¿Rubén, te encuentras bien?
Microscoman, el héroe que puede ver todo ampliado, repitió risueño Rubén.
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