Aullido

En Luna Llena empezó el principio del fin. Ese día es cuando llegué a la Luna para llevar a cabo la misión.
Me apunté al programa Artemisa por aburrimiento, dado que qué hay mejor que hacer mientras estás viendo la televisión un jueves a las cuatro de la madrugada, sin trabajo al que acudir al día siguiente, que apuntarte al anuncio de: “Te quiero a ti para esta misión espacial”.
También influyó la adrenalina al leer esas dos últimas palabras del anuncio: “misión” y “espacial”. No ha habido muchas personas astronautas hasta ahora y que abran la oportunidad a gente como yo es excitante cuanto menos. Al día siguiente, sin haber ni siquiera curioseado sobre adónde me metía, fui a la oficina de reclutamiento más cercana a apuntarme primero y después a que me informaran de la misión.
Según me comentó Greta, la chica que me atendió, el programa Artemisa era un proyecto mixto en que estaban las principales agencias espaciales del mundo juntamente con algunas de las mayores empresas privadas dedicadas a los viajes espaciales y su objetivo era el de la minería de metales raros en la Luna. Estos metales empiezan a escasear en la Tierra y su circuito productivo lleva consigo un proceso demasiado contaminante. Vamos, pensé tras entender la mitad de las palabras que me decía, nada alineado con la visión eco de ahora.
Me continuó describiendo detalles, curiosidades y demás del proyecto, aunque no presté mucha atención al ya haber firmado la inscripción: que si todos los gobiernos se pusieron de acuerdo en la última conferencia sobre el cambio climático de las Naciones Unidas para llegar a esta solución…, que la Luna iba a ser de todos y de ninguno a la vez pero que habría un reparto logari-no-se-qué para los beneficios…
En fin, la solución: enviar a astronautas a la Luna con el propósito de sacar los metales. Entonces fue cuando pensé que quizás lanzar una nave a la Luna y que volviera a la Tierra con las piedrecitas no es que fuera del todo verde, aunque claro, la mayoría de los humos se emitirían en el espacio exterior y así nuestra atmósfera no se vería comprometida. ¡Mírame, solucionando los problemas sin ayuda, solo me falta una bata blanca!
Ya en la Luna, tras un mes de entrenamiento físico para poder aguantar las fuerzas g del despegue de la nave y de conocimiento práctico sobre cómo utilizar las herramientas para arrancar las rocas y después tratarlas en las instalaciones de la agencia espacial en un recóndito pueblo del sureste del país, empecé a percatarme de dos cosas: solamente había subido yo a la Luna, ninguna otra persona me había acompañado para hacer un trabajo tan manual y pesado aunque en la academia de entrenamiento éramos unas cuantas personas las que nos habíamos presentado voluntarias, tal vez se debiera a que la menor gravedad ayudaba en el transporte de los pedruscos (tampoco me habían dejado subirme la televisión aunque no creo que llegara aquí la señal); sin embargo, la otra cuestión fue más sospechosa…
Cuando llegué el primer día, la Luna lucía un brillo plateado en su redonda plenitud (no en vano era Luna Llena), pero a medida que se sucedían los días lunares y nos íbamos interponiendo entre el Sol y la Tierra, porciones de la Luna desaparecían. Era como si alguien le hubiera pegado un bocado a la Luna, y cada día que pasaba el pedazo era mayor.
Más que astronauta debería definirme como kamikaze por aceptar esta misión. ¿Quién iba a saber que, en realidad, lo que en la Tierra llamamos Luna Nueva no es, sino que la Luna desaparece? ¡Debería haber prestado más atención en clase! Mucho repetir que: “La materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma”, pero nunca llegué a atender a la segunda parte de la frase sobre que: “a excepción de la Luna”.
Así, al fin entendí la misión: subes en Luna Llena porque hay más superficie donde minar, extraes los metales raros, los cargas en la nave y conforme te vas quedando sin superficie bajo tus pies la nave vuelve a la Tierra embutida de rocas mientras tú…
Personas ilusas, crédulas, ingenuas, inocentes, soñadoras (incluye tú más adjetivos) seducidas por un anuncio en televisión que sólo aparecía a altas horas de la noche en busca de… kamikazes. Cobayas entusiasmadas por viajar al espacio y ayudar al planeta Tierra, nulo pensamiento crítico, ¿es eso a lo que llaman Inteligencia Artificial?
Después de mí vendrá otra persona, después otra y así hasta que hagamos que la Luna se parezca a un dónut y las mareas ya no sepan hacia dónde han de ir.
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