Una rareza muy normal

Laura López tuvo 1,2 hijos exactos, ni más ni menos. A primera vista puede parecer un dato inverosímil, pero no solo fue posible sino que, además, fue inevitable. Pues Laura posee una cualidad insólita: su vida ha sido extremadamente normal en todo.
Laura nació puntual cuando su madre salió de cuentas, el día del año en que por estadística se producen más nacimientos. Sus padres escogieron para ella el nombre más común en la década de los 80. Su tamaño al nacer se ajustó a los 3,2 kg del peso promedio en niñas y se desarrolló sin desviarse ni un ápice del gráfico de crecimiento del pediatra.
En el colegio no destacó por ser muy inteligente, ni tampoco presentó dificultades en el aprendizaje. En la lista de clase, ordenada según los apellidos de los alumnos, ocupaba la posición central. Y en los juegos con los demás niños nunca quedaba la última, aunque tampoco lograba ganar.
Se licenció con una nota satisfactoria de 7,5 y ahora trabaja en una oficina ganando un sueldo de 24.000 euros brutos al año, que casualmente (o no) se corresponde al salario medio de su ciudad. Viste una talla M en todas sus prendas y, sin proponérselo, ingiere 1.800 calorías cada día. También el gasto eléctrico de su piso coincide siempre con el consumo promedio del edificio, aunque Laura no se explica cómo llega a ese número preciso de kilovatios cada mes.
A los 30 años, cuando ya era muy consciente de su particularidad, Laura supuso que en el momento de ser madre la cifra media de 1,2 hijos por mujer se redondearía a un número entero. ¿Cómo podría suceder de otra manera? Sin embargo, el destino fue de nuevo caprichoso.
A los 31,1 años y tras 40 semanas de embarazo dio a luz a su primer y único hijo, y los médicos enseguida se interesaron en una extrañeza en la piel del bebé: una región de su cuerpo presentaba una tonalidad rosada diferente al resto. Le propusieron a Laura realizar una prueba genética y, cuando obtuvieron los resultados, le anunciaron que su hijo padecía quimerismo. Ante la cara de espanto de la madre, los médicos se apresuraron a tranquilizarla y le explicaron en qué consiste este raro fenómeno.
El mes que Laura se quedó embarazada, se fecundaron en realidad dos óvulos, cada uno por un espermatozoide distinto, y de esta unión resultaron dos zigotos. Los zigotos enseguida empezaron el proceso de división celular mientras viajaban hacia el útero, pasando por las fases de mórula y blastocisto. Si hubieran prosperado ambos zigotos, Laura habría tenido mellizos, pero no fue eso lo que ocurrió: en un momento dado del proceso, uno de ellos detuvo su desarrollo y el segundo, que continuó creciendo, absorbió algunas células del primero y las asimiló como propias. Como resultado, el hijo de Laura posee ADN de dos individuos distintos. Y los médicos estimaron, según la extensión de la mancha rosada en la piel, que alrededor del 20% de las células del bebé correspondían al mellizo que no prosperó.
Tras unos minutos de estupor, Laura comprendió aliviada que tras aquella complicada explicación se escondía una idea muy sencilla: su hijo no era uno solo, sino 1,2.
Nadie definiría al hijo de Laura como un niño normal. Es más, muchos afirman que es extraordinario, tanto por su condición genética y sus marcas en la piel, como por su talento innato y su vitalidad. Parece ser que la normalidad puede saltarse una generación de tanto en tanto; es un fenómeno muy normal que sucede con otras extrañezas familiares.
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