De perder y ganar el control

Sobre leer y devorar libros, - que no es lo mismo-, la poeta argentina Alejandra Pizarnik decía “[no es sino] por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho”.

Yo leo porque me evado, aprendo, río y lloro, me traslado a otros mundos que ni tan siquiera podría haber empezado a imaginar; porque a veces una historia me sitúa una realidad desconocida y me da una hostia en la cara, como diciendo “ey, no estás sola en la Tierra, amplía tus perspectivas”. Porque todo es mejor cuando entras en los universos de otras personas con las que compartes sólo existencia y aún así parece que sois almas gemelas.

Y sobre todo, leo porque me ha salvado la vida. Bueno, si contamos bien, hay dos cosas que me la salvaron: la medicina y la literatura. La primera garantizó mi llegada al mundo cuando decidí que me apetecía nacer en julio en vez de en septiembre, y me dio días, meses y años de ventaja con las vacunas. Pero principalmente, me curó cuando me empezó a doler la vida. De los 12 a los 17 pasé mi día a día en hospitales, urgencias y centros de día, intentando cumplir a rajatabla un tratamiento que odiaba porque le quitaba alas a mi trastorno, la anorexia. Al final, lo que me impulsó a cambiar el chip y lo que me alivió el sufrimiento fueron las horas de lectura obligatoria después de las comidas, cuando tenía que hacer reposo para garantizar que esos alimentos iban a seguir permaneciendo en mi cuerpo. La anorexia es una enfermedad que te va consumiendo poco a poco, hasta que no queda nada de ti, excepto tú con tus pensamientos cíclicos y autodestructivos y un mundo donde sólo existe el control, la comida y el cuerpo.

Por eso mismo, la literatura complementó el tratamiento médico y me ayudó a recuperarme, porque hizo posible que viviera otras historias y que me alejara de mi propio eje, porque dejé de tener el poder, al no ser capaz de escoger qué pasaba con los personajes, por dónde iba la historia o cuál era el final.

Ahora, 20 años más tarde, completamente recuperada y con una carrera en medicina, intento trasladar esta pasión a mi profesión. Me consideran un poco un bicho raro, porque hay una disonancia social que nos dictamina que eres de ciencias o de letras, pero bajo ningún concepto te pueden interesar las dos. Y precisamente, creo que es la conjunción de estas dos la que nos hace crecer.

Con la intención de empoderar a los pacientes con sus tratamientos médicos y darles un espacio con voz, en el hospital en el que trabajo, hace unos meses pusimos en marcha la biblioterapia, un recurso terapéutico con un enfoque interdisciplinario destinado a ayudarlos en su recuperación a través de la literatura. Justo recién estrenamos un club de lectura complementario, porque lo mejor no es leer una novela, sino compartirla después con gente de tu alrededor, debatir impresiones, opiniones. El grupo de pacientes de VIH, por ejemplo, este mes lee “Jenisjoplin”, de Uxue Alberdi, mientras que las mujeres del área de muerte perinatal han escogido “Tienes que mirar”, de Anna Starobinets.

Por último, hemos añadido al carrito de sugerencias, para quien quiera leerlos, dos libros que me han conmovido profundamente pero fueron esenciales para afrontar el duelo por la muerte de mi madre. En “Tan poca vida”, Hanya Yanagihara narra cómo Jude, a modo de terapia para superar la muerte súbita de su marido, dosifica la lectura de los mails que se envió con él durante años. Algo parecido cuenta Gabriela Wiener en “Huaco retrato”, aunque en su caso se trata de la correspondencia con su padre, y más un juego consigo misma que una cura como tal. Ambos decidieron no leer los correos del tirón, sino ir consumiéndolos poco a poco, para que el efecto anestésico durara un poquito más, hasta la siguiente sesión. Y eso creo que es lo que necesitan mis pacientes, un espacio seguro en el que puedan encontrar herramientas para afrontar los siguientes meses o años, donde puedan contar cómo se sienten conviviendo con una patología determinada y no haya juicios ni críticas.

Porque a veces, sólo con medicinas no tenemos suficiente y necesitamos un suplemento. Una charla con las amigas, -que lo son todo -, un paseo por la playa, una visita a los abuelos, un buen libro. Que estas cosas también nos curan un poco el alma y hacen el camino más fácil, y es imprescindible compartir luchas y demonios, porque juntos todo pesa menos.
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