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Laieta antartica

El rugido del oso desgarró la gélida noche mientras corría huyendo de la bestia. Sabía que en pocos segundos estaría a merced de aquel terrible animal, y que sus posibilidades de supervivencia eran nulas. -Nadie sobrevive al ataque de un oso polar, pensó. Ya que tenía que morir, decidió que mejor hacerlo de cara, luchando. Se detuvo y giró sobre sus talones para enfrentarse al animal que ya había despedazado a dos de sus compañeros. De repente notó como la carne y tendones de su hombro derecho se desgarraban y vio como su brazo salía despedido por los aires, dejando un reguero de sangre en la nieve. Se despertó sobresaltado, con palpitaciones, sudoroso, menuda pesadilla. Al intentar incorporarse se golpeó la cabeza con el techo. ¿Dónde estaba? Los recuerdos fueron llegando lentamente. Estaba en un buque oceanográfico, de campaña en el océano antártico. Llevaban ya 20 días muestreando las aguas del pasaje del Drake, famosas por su mal temperamento. Hasta ayer tuvieron suerte, pero la mañana anterior amaneció con olas de 6 metros que obligaron al barco a refugiarse en el estrecho de Gerlache. Aquella repentina tormenta y el exagerado vaivén del barco lo obligaron a tomar una pastilla contra el mareo, aun a sabiendas de que le produciría somnolencia y pesadillas.
Al abrigo del estrecho de Gerlache la cosa era diferente. El mar parecía una balsa de aceite y el paisaje, abrupto y blanco como un pastel de merengue de infinitas formas y texturas, le abocaba una paz interior como nunca antes había sentido. La señal del desayuno lo extrajo súbitamente de su ensoñamiento. Si bien disfrutaba del paisaje, y sabía que el plato que le esperaba sería insípido y aburrido, no tuvo más opción que activarse y subir las escaleras. Su turno de muestreo ya le obligaba a saltarse la cena, no podía también omitir el desayuno. Al poco después de desayunar, ya enfundado en su mono de trabajo isotérmico, se dirigió hacia popa, donde majestuoso se elevaba el pórtico del que ya colgaba su red de pesca de plancton.
- A ver si no nos dormimos, que a mí me importan tres pepinos tus bichos, le recriminó su compañero de trabajo.
Ignoró el comentario, como hacía siempre. Si bien ambos estaban haciendo su doctorado bajo el mismo proyecto, no existía compañerismo entre ellos. Julián, era ambicioso y continuamente hablaba de trabajo, como si le fuese la vida. En cambio, él entendía que, si bien una tesis doctoral era algo importante, no iba a permitir que su investigación acabase con todas sus aficiones e intereses. A pesar de ello, sus experimentos estaban dando mejores resultados que los de Julián, hecho que crispaba aún más a su colega.
El azar los había reunido en aquella campaña oceanográfica para estudiar la ecología del zooplancton de la zona. Julián se encargaba del microzooplancton, la fracción más pequeña y compuesta mayoritariamente por organismos unicelulares. Él, de los copépodos, pequeños crustáceos, en teoría muy abundantes en todos los mares y océanos del planeta. Pero en aquella campaña los copépodos se mostraban elusivos y rara era la vez que pescaban más de media docena. Su director de tesis, desde las instalaciones del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, lo consolaba asegurando que estas cosas pasan, sobre todo en la Antártida. Él lo entendía, pero igualmente se sentía frustrado por no poder completar su experimentación y estar perdiendo valiosos días de trabajo. Además, añoraba a su novia a la que tanto quería. Se llamaba Laia, pero que él siempre llamaba cariñosamente su Laieta.
La red ya estaba ascendiendo desde los 200 m fijados como profundidad máxima. Pronto sabría si, otra vez, el cubilete estaría vació o si, por contra, tendría más suerte y podría ponerse a hacer experimentos. Los minutos de espera se hacían eternos, en especial por el frío que calaba incluso a través del traje de muestreo. Por fin llegó la pesca.
Al abrir el cubilete le sorprendió un fogonazo de luz azul que quedó paulatinamente sofocada por los rayos solares. La pesca estaba llena de unos grandes copépodos algo extraños, con muchas espinas y expansiones y que emitían destellos de luz intermitentes. Por unos minutos quedó fascinado. Julián lo increpó para que se diese prisa en llevarse “sus bichos” pues ahora le tocaba el turno él.
En el laboratorio examinó su fascinante captura y le sacó fotos y vídeos. Le envió las imágenes a su director de tesis, el cual, tras varias horas debidas al desfase horario, respondió entusiasmadísimo. Le comentó que había hablado con varios expertos y ninguno conocía la existencia de esos copépodos. ¡Seguramente eran una especie nueva! Además añadió, que, ya que los había descubierto él, que pensase en un nombre. No le dio muchas vueltas, a los pocos minutos le respondió: Laieta antartica.
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