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Sin honores

La espera en aquella sala de palacio se hacía eterna. Alejandro Malaspina empezó a morderse las uñas mientras apretaba el sombrero contra su costado. José de Bustamante y Guerra, que caminaba de un lado a otro sin parar, se acercó a él y le dio un manotazo. En ese momento, se abrió la puerta y les hicieron entrar. Malaspina se levantó rápidamente, ambos se estiraron los uniformes y entraron. Allí les aguardaba el mismísimo Carlos III junto a Antonio Valdés, ministro de la Marina de España. ¿Cómo no iban a estar nerviosos? Sus sueños dependían de aquella reunión. Se sentaron, aparentando tranquilidad, y comenzaron a exponer su plan.

Malaspina se puso la mano en la boca, carraspeó, y empezó a narrar en qué consistiría el viaje que querían hacer. Aclaró que sería una expedición político-científica y que estaría comandada por él mismo y su acompañante. Primero expuso la parte política, la que más interesaba a los altos cargos, y la más peliaguda de plantear. Convenció al rey de que estudiarían la manera de reducir el gasto en las colonias dejando que fueran los propios habitantes los que gobernaran su territorio, pero bajo el mando de la Corona Española. Malaspina afirmó, con seguridad, que no había nadie mejor que los lugareños para dirigir su propia tierra. Contra todo pronóstico, el rey asentía mientras escuchaba, con atención, a Alejandro hablar. Bustamante, desde su asiento, dirigía gestos al ponente indicándole que todo iba como la seda. Ahora tocaba encajar la parte científica. Malaspina tragó saliva, respiró profundo, y empezó el discurso que acabó de convencer al ministro y al rey. Se dirigió a Carlos III con convicción. ¿Cómo podía ser que España, un gran imperio con tierras en América y Asia, quedara detrás de Inglaterra y Francia? Ambos países fletaron grandes expediciones de exploración a sus territorios de ultramar, al mando de James Cook y La Pérouse, y España ninguna. Cuando Alejandro reveló que este viaje sería para emular y eclipsar a países enemigos, el rey se emocionó, miró al ministro, y le hizo un signo afirmativo con las manos. Además, éste, sabiendo que su estado de salud no era el mejor, estaba decidido a firmar los papeles y costear la gran expedición que acababan de presentar los dos marines. Pensó que de este modo, pasaría a la historia.

Al salir de la sala, y de palacio, Malaspina y Bustamante sonrieron, resoplaron con alivio y tiraron sus sombreros al aire estallando de júbilo. Lo lograron, ellos comandarían el viaje y, además, elegirían a toda la tripulación.

En los meses siguientes a la audiencia, pusieron a punto los navíos, La Descubierta y La Atrevida, y seleccionaron a todos los marineros y científicos que les acompañarían. Después de un duro casting, digno de un reality show del siglo XXI, lo tenían todo para zarpar. Desde Cádiz, partieron a las américas el 30 de julio de 1789. No volvieron a pisar la península hasta 1794, y aunque no pudieron circunnavegar la tierra, como Cook o La Pérouse, por los numerosos problemas en la navegación, su expedición fue un éxito científico. Regresaron a casa y el pueblo les recibió como héroes, pero los actores en el poder habían cambiado y no eran favorables a Malaspina. Ahora reinaba Carlos IV que tenía como secretario de estado a Godoy, el que sería su enemigo público número uno.

El 23 de noviembre de 1795, mientras Malaspina escribía los diarios del viaje en su casa de Buenavista, Madrid, sonó la puerta. Cogió el candil y se levantó a abrir. Los soldados de la guardia real se abalanzaron sobre él, y en tono alterado, mientras le ataban las manos en la espalda, Malaspina, se dirigió a uno de los oficiales: ¿dónde me llevan? Entonces, le taparon la boca y salieron de la casa intentando hacer el menor ruido posible.
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