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Los hombres y las mujeres de plástico.

Érase una vez un planeta hermoso y azul, en donde vivían dos mujeres internadas en el bosque, que cantaban y bailaban en su honor, sanaban con plantas, y cosechaban su alimento, en su tiempo libre se dedicaban a contarse los sueños y hacerse preguntas. Así transcurría la vida para ellas, hasta que un día, una gran hoguera gris que realmente las alarmó apareció en el cielo. Quizá era un incendio, supusieron, pero llegaron a la conclusión de que no podía ser, pues ningún pájaro había salido huyendo, tal vez se trataba del nacimiento de un volcán, sin embargo ellas no eran ajenas a la tierra y lo hubieran sabido. A falta de respuestas, las mujeres decidieron salir a ver qué estaba pasando, caminaron durante mucho tiempo, cuando finalmente se detuvieron se toparon con cosas que nunca habían visto, y nada las habría preparado para ello, la tierra estaba cubierta por algo gris y endurecido, y había torres que se elevaban hasta el infinito, además, todo el mundo caminaba con la cabeza gacha, ignorando los saludos y peticiones de las recién llegadas. Después de un rato consiguieron que alguien les hiciera caso, se trataba de un muchacho joven, todo en él parecía agradable.

—¿Sabes qué causa el humo? —Le preguntaron.

—¡Claro!, la fábrica de plástico, puedo llevarlas, si quieren —Ofreció.

—¿Plástico? —Se extrañaron ellas, él les explicó de camino.

El plástico era un material extremadamente maleable, hecho de unas cositas diminutas llamadas polímeros, todo el mundo lo usaba en casi cada aspecto de su vida, pero tenía un pequeñísimo inconveniente, la tierra no podía “digerirlo” como a otras cosas, además esos polímeros podían entrar en el cuerpo de las personas por accidente y causarles daños severos. De hecho, añadió el muchacho, si aquel periodo de tiempo llegaba a aparecer en los libros de historia, en lugar de la humanidad de piedra o la humanidad de bronce, aparecería como la humanidad de plástico.

—¿Y lo aceptan así nada más? —Se horrorizó una de las mujeres.

—Sí, lo usamos para comer, para trabajar, es incluso lo que llevamos encima —Respondió el chico.

—Pero... ¿Qué nunca se preguntan qué podría pasar?

—¿Preguntas?, no, me parece que ya nadie hace de esas por aquí.

—Pero... ¿Qué no sueñan con algo mejor? —Intervino la segunda.

—¿Soñar?, No, ya nadie tiene tiempo para eso.

Las mujeres pensaron, que aquel material no se metía solo al cuerpo, sino también al corazón y la cabeza, efectivamente, allí habitaban las y los auténticos hombres y mujeres de plástico. Cuando vieron la enorme fábrica sintieron deseos de tirarla, sin embargo, sabían que las personas nunca las dejarían hacerlo, había que hacer algo con tanto plástico en el ambiente, y en el interior de la gente también.
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