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Outlier

No tenía previsto morir. Por lo menos, no tan pronto. Tampoco tenía previsto que toda esa movida esotérica de la reencarnación fuese cierta.
Cuando recuperé la consciencia no veía, pero no estaba oscuro. Estaba en un lugar cuyo olor primario reconocía, aunque no sabía ubicarlo, algunas cosas se movían a mi alrededor, y hacía un calor agradable. Ese olor pesado y dulzón…
Algo me dio un manotazo, y su chirrido también me resultó familiar. Una rata. Tenía una rata cerca, pero por el tamaño del manotazo era la rata más grande del mundo. O yo era una criatura muy pequeña. Pequeña, medio ciega y medio inválida. Ah, vale.
No creo que nunca, en la historia de los estabularios, se haya oído un grito minúsculo cargado de tal dramatismo. No. No podía ser una rata de experimentos, si poco antes había estado al otro lado de la jaula, programando esos mismos estudios y decidiendo el destino de criaturas como la que había pasado a ser. Desde luego, si había algún dios, tenía un sentido del humor bastante retorcido.
Como había sido un científico listo, no tardé en darme cuenta de que estaba en el mismo estabulario que proveía de ratas, ratones y peces cebra a nuestros laboratorios. Además, en cuanto mis ojos pudieron enfocar correctamente, leí que éramos una línea de Sprague Dawley como la que utilizaban en mi departamento.
Un día nos cambiaron de lugar. Tuvimos que despedirnos a la fuerza de nuestra madre, a la que había llegado a coger cierto cariño, y algunos de mis hermanos y yo mismo acabamos en otras jaulas, en un laboratorio que me resultaba demasiado familiar. En la sala contigua había sufrido el accidente que me había sacado a la fuerza de este mundo y devuelto en forma de rata albina.
Alguien diferente entró, y ese olor a colonia barata sería la pesadilla de mis compañeros a partir de entonces. Yo ya conocía a aquel hombre, aquel bastardo me había robado varias ideas, había hecho trampas para que me quitasen un proyecto enorme y se lo diesen a él, y se había intentado liar con mi mujer en una fiesta de la empresa. Incluso se me pasó por la cabeza que mi accidente mortal no fuese un accidente. El doctor Moner. El doctor Monster, recuerdo que lo llamábamos los colegas y yo cuando íbamos a tomar algo después del trabajo. Las ratas no sonríen, pero en ese momento estuve a punto de romper la barrera de las limitaciones de mi especie, conforme una idea maquiavélica se iba formando en mi pequeño cerebro.
Desde entonces, dediqué todos mis esfuerzos a falsear los análisis y pruebas que llevaban a cabo con nosotros. Eran los análisis preclínicos de otro fármaco más que pretendía regular el apetito, esperaba que Moner no siguiese con su obsesión por la leptina, aunque de todas formas me dediqué a comer sin hambre hasta casi reventar, o a rechazar la comida y a corretear por la jaula sin descanso para perder peso cuando no estaba bajo los efectos del supuesto medicamento. Mis compañeros creían que me había vuelto loco, y tal vez fuese cierto, pero no pensaba desaprovechar mi corta segunda vida en ser otro número más en un artículo científico, otro triangulito dentro de un grupo de color en un gráfico de componentes principales, sería ese triangulito independiente que está en el extremo opuesto del gráfico. Sería el mayor outlier que se hubiese visto en nuestros laboratorios. Y lo logré.
Así conseguí lo que pretendía, que era que el imbécil de Moner me odiase y se tirase de los pelos cada vez que le fastidiaba un análisis. A ese paso se quedaría calvo antes de tiempo. Sin embargo, también me gané la simpatía de Toño, el becario, que de vez en cuando me ponía en el bolsillo de la bata y me llevaba a ver los laboratorios.
Un día, después de que Moner se marchase temprano echando pestes porque los análisis volvían a salir mal por culpa del outlier, Toño dejó la bata en un perchero, conmigo dentro, y siguió precipitadamente a su jefe para intentar tranquilizarlo. Esa fue mi oportunidad de oro. No fue difícil salir de los laboratorios por los conductos de ventilación. En menos de lo que esperaba salí al mundo exterior y hui bien lejos de aquel lugar, satisfecho por los problemas a medio plazo que causaría.
Ahora que soy rata vieja, con la visión borrosa y el pelaje albino amarilleado por la edad y la vida salvaje, pienso en qué legado dejaré, aparte de un montón de descendientes silvestres con una parte de Sprague Dawley en su ADN. Si pudiera hablar con alguien que supiera lo que significa, solo le transmitiría una cosa: no dejes que los estándares de tu alrededor te definan, sé un outlier.
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