relato cientitfico

Cuando mi hermano cumplió cinco años, nuestra madre nos hizo el primer truco de
ciencia. Sobre la mesa del salón colocó un vaso de cristal, una botella llena de un
líquido transparente y viscoso y una varilla de vidrio. Se puso su bata blanca y empezó
a verter el líquido en el vaso, llenándolo de una transparencia mullida. Mientras nos
hablaba de la luz, trazó un arabesco en el aire con aquella varilla de vidrio que, de
pronto, se había convertido en una varita mágica. Pronunció las palabras “índice de
refracción” y la introdujo en el vaso. Como en la magia más auténtica, a medida que se
sumergía, la varita iba desapareciendo ante nuestros ojos. Por más que mirábamos y
remirábamos, a pesar de que la tocábamos y oíamos como chocaba contra el fondo
del vaso, la luz la atravesaba sin inmutarse. La varilla se había vuelto invisible.
Cuando mi hermano cumplió diez años, nuestra madre nos enseñó los colores que
vivían dentro de aquel rayo luminoso que entraba por la ventana de nuestro cuarto.
Nos habló de la velocidad insuperable de la luz y de que a veces se frenaba, como
cuando atravesaba un vaso lleno de glicerina con una varilla de vidrio dentro. Sólidos y
líquidos igualados ante la luz por el índice de refracción. A pesar de no entender muy
bien lo que nos contaba, intuíamos que lo que antaño nos habían parecido palabras
mágicas, en realidad significaban algo más. Ese día, nos llevó a su laboratorio donde
nos desveló los secretos de las auroras boreales. Un cañón que lanzaba electrones
dentro de una esfera de vidrio rellena de gas, creaba una línea azul verdosa. Los
electrones golpeaban los átomos de gas, los átomos se excitaban, los átomos
descargaban la energía. Un baile perfecto para crear luz, color, felicidad. Fue el mejor
cumpleaños de todos.
Conforme fuimos creciendo, nos acostumbramos a que nos explicara nuestras
relaciones familiares en su propio lenguaje. Ella, que para nosotros era toda luz, se
veía a sí misma y a su hermana como protones que sólo habían podido convivir bajo el
mismo techo y en la misma habitación gracias a la fuerza que ejercía mi abuela. De mi
padre no nos hablaba mucho y, cuando lo hacía, se apagaba un poco. Alguna vez nos
contó que había sido el mejor de todos, el más guapo, el más valiente. Que había
luchado en muchas batallas. Y que, antes que dejarse vencer, había decidido irse,
quién sabe si a la nebulosa de Orión. O incluso mucho más cerca, a un lugar en el que
podía moverse a tal velocidad que era imposible saber dónde se encontraba. Yo
siempre supe, positivamente, que las fuerzas que habían actuado entre mi madre y mi
padre habían sido atractivas.
Hace mucho que mi hermano no quiere celebrar sus cumpleaños. Dice que está muy
liado, que tiene muchos compromisos. Pero yo sé que le entristece visitar a nuestra
madre. Casi siempre consigo convencerlo para que nos acompañe a mi hija y a mí a
mostrarle nuestros trucos. Son los mismos que ella solía hacernos (“mira mamá, mira
cómo desaparece la varilla en el vaso lleno de glicerina”, “Abuela, mira cuántos colores
viven en la luz”). Mi madre sonríe un poco, y alarga una mano delgada que se ilumina
al rozar el arco iris. Sonríe más y alza la vista hacia nosotros. Esos ojos que tienen
algo de aurora boreal y algo de nebulosa, asombrados y risueños por el truco de
ciencia que acabamos de hacer.
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