Odio ir al laboratorio

A ver, no me malinterpretéis, me gusta la clase de ciencias y tal, pero odio con toda mi alma ir al laboratorio. Tenemos que ir de forma obligatoria, pues está incluido en el bloque de química de la asignatura. Pero cada vez que vamos, intento boicotearlo como sea.
Para empezar, tenemos que ponernos por grupos de cuatro, porque no hay material para tantos. Yo pongo mi mejor cara de enfado y aviso a mis compañeros.
—Yo veo como lo hacéis —les digo antes de entrar—, pero no pienso ponerme ni las gafitas, ni la bata.
Yo siempre opino que los elementos químicos quedan mejor en las páginas del libro. La última vez que fuimos, mi grupo echó demasiado bicarbonato en el vinagre, y no me preguntéis cómo ni por qué, pero ahora mi estuche huele permanentemente a vinagre. Y creerme, eso no sale con nada.
Bueno pues aquel día fue la guinda. El profesor estaba emocionadísimo con enseñarnos cuál iba a ser la gasolina del futuro, o algo así, porque no me quedó muy claro.
—Juntaos por aquí chicos. —Se sentía muy solemne con la bata puesta y la sensación de saber de lo que hablaba— Mirad esto bien, porque cuando se acabe la gasolina, el hidrógeno puede ser lo que impulse los coches en el futuro.
Y luego vino el rollo de que nosotros en el futuro podríamos dedicarnos a eso, y que teníamos ese peso en nuestras manos y blablabla. Ya os imagináis el resto. También nos habló de la explotabilidad y de lo útil que podía ser. Ya, pues eso solo era el principio. Había montado todo un experimento con gel de lavavajillas a mano y burbujas de hidrógeno.
—Ya veréis lo que pasa cuando el hidrógeno entra en contacto con el fuego. —Y así lo hizo el tío.
Las burbujas de líquido verde con hidrógeno explotaban haciendo un sonido peculiar dentro del matraz. Eso me fascinó, tengo que reconocerlo, no os creáis que siempre voy de escéptica. Pero se me borró la sonrisa al instante cuando el tapón de corcho que tapaba el frasco empezó a vacilar, empujado por el gas que hacía presión. Ninguno de nosotros sabía exactamente las consecuencias, sólo teníamos seis palabras en mente: eso seguro que no se respira. Retrocedimos varios pasos de forma instintiva.
—Alex —el profesor llamó a uno de mis compañeros, el que estaba más cerca de la puerta—, ve a abrir la puerta de incendios por si tenemos que salir.
Y eso ya fue el colmo, no tuvo que pedirnos dos veces que saliésemos por la puerta (y para nada de forma ordenada) y viésemos la escena desde el pasillo.
Al final todo se quedó en una falsa alarma, aunque el susto nos lo llevamos. Fue divertido, desde luego, es una buena anécdota. Pero sigo odiando ir al laboratorio, que conste.
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