Daulaptur-Saturia

Miraba al cielo con los ojos cerrados, intentando imaginarse la sensación de libertad enjuagada con vértigo que tan solo conocían los pájaros. Él era un joven bangladesí de unos 16 años, de tez morena y ojos débiles con tonos ámbar. Desde mi mirar parecía un indigente, con la ropa hecha harapos y unos pocos huesos por cuerpo; pero es cierto que, entre los suyos, era uno más, otro pobre desgraciado con el que se había cebado el destino. Se encontraba tumbado en una cama de cartón concentrado en el agujero que había en el techo de hojalata de su estrecha habitación. Se asustó de golpe al oír la voz de su abuela llamarle desde fuera y fue corriendo a su llamada.

— Ahmed, hijo mío — le dijo la anciana sentada en una silla de playa.

Tenía un tono de piel parecido al del joven y llevaba un pañuelo rojo que le cubría el cabello y parte de los hombros. Algún pelo travieso de color negro apagado escapaba de la tela dándole un toque más familiar a su cara. Unos finos labios y unos ojos almendrados se curvaban en la sutileza de una sonrisa, la cual resistía compasiva y con fuerza enfocada en el menor.

— Dime abuela, ¿me has llamado? — respondió Ahmed.

— Sí, ¿sabes qué día es hoy?

— Claro, domingo.

— Me refiero a número pequeño listillo.

— Pues todavía no he encontrado un calendario desde que empezó el 1998, pero estoy seguro de que estamos en abril.

— ¡Veintiséis! ¡Veintiséis de abril! — dijo la abuela con infeliz exaltación — Ya van nueve años.

Las palabras de la abuela causaron un efecto en Ahmed, quien no supo mostrar indiferencia ante ellas y empezó a llorar mientras, estremeciéndose, se sentaba en el suelo.

Habían pasado ya nueve años desde el 26 de abril de 1989, el día en que medio Bangladesh vio sus vidas paralizadas. La muerte, en forma de columna de aire de 80 km de embudo, decidió visitar a las 12:30 las ciudades de Daulatpur y Saturia e hizo su mayor jugada, llevándose consigo 1300 vidas, entre las que se encontraban los padres y los dos hermanos pequeños del joven Ahmed. Eso sin contar las tantas que se vieron perturbadas tras el incidente. Los expertos en meteorología calificaron el tornado de F3 en la Escala Fujita-Pearson; esta tiene en cuenta tanto la velocidad del tornado como los daños visibles ocasionados, pero hicieron una excepción esa vez a la hora de tratar el daño, pues las inestables chabolas se consideran malas construcciones y la escala no está diseñada para las únicas cuatro paredes que las familias como la de Ahmed podían y pueden permitirse.

En la cabeza del perspicaz Ahmed solo cabía un culpable, y era él mismo. No lograba comprender su finalidad como ser, el por qué él tuvo que seguir vivo y sus seres más preciados morir. Su abuela le repetía constantemente que era un milagro del cielo que él pudiera estar ahí con ella para poder abrazarle, pero él en el cielo solo veía pájaros dotados de una milagrosa inconsciencia que no volarían si supieran lo que pasó un 26 de abril. Podría elegir como culpable al viento, que decidió mostrar una corriente fría y seca a la vez que su cara más cálida; pero también serían culpables las nubes, que se rebelaron en una tormenta portadora de un mesociclón. Parecía que aquel día todo se había predispuesto a que se abrieran las puertas al hombre de la guadaña. Yo, sin embargo, desde mi cómoda posición me considero en parte culpable. Si aquel tornado hubiera atacado una ciudad como la mía hubiera sido mucho menos devastador, pero fue a por los más débiles. El haberme acostumbrado a dividir la realidad y centrarme solo en la mía me rompe cada vez que veo estas situaciones. Si aquellos bangladesíes hubieran tenido unos conocimientos o unos mínimos recursos estructurales cientos de familias seguirían completas. No podré nunca devolver su madre a Ahmed, pero, entre tanto, puedo luchar por la igualdad para que no haya más veintiséis de abril en ningún calendario.
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