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¿Aventura insuperable?



—¡Chicos, chicos, no puede ser cierto! —nos gritaba Alma desde el otro lado del parque. Echamos todos a correr para ver qué era lo que exaltaba a mi amiga de aquella manera. Pocas veces a lo largo de nuestra extensa amistad, Alma había manifestado ese entusiasmo. Aquella mañana, contagiados por la pasión de nuestra profesora en clase de arqueología, decidimos coger las brochas de un juego que los Reyes Magos habían traído a mi hermano y juntarnos los seis aventureros. Desde que tengo uso de razón, habíamos compartido y disfrutado tantas aventuras, que esta sólo prometía ser una más en nuestra lista. Mi madre se ofreció como taxista y nos llevó a Peñafiel. Si Padilla tenía yacimiento, Peñafiel, el pueblo que me estaba viendo crecer, no podía ser menos.

Cuando Alma nos llamó, llevábamos siete largas horas trabajando duro y comenzábamos a desesperar. Sorprendentemente, aquello tenía pinta de ser algo importante. Unimos las escasas fuerzas que nos quedaban para poder desenterrar lo máximo posible antes de que el sol terminara ocultándose.

Eran las ocho de la tarde cuando mi madre regresó a por nosotros. El mundo arqueológico siempre había despertado, desde pequeña, mucho interés en ella. No entendimos la importancia de lo que habíamos hallado hasta que vi cómo sus ojos se llenaban de una luz indescriptible según se acercaba. — ¡Imposible! —exclamó. —Pero, ¿cómo no me habéis llamado? ¿Sois conscientes de lo que tenéis aquí? Increíble, increíble… —no paraba de decir mientras intentaba encontrar la fórmula para salir de ese estado que no lograba controlar.

Tras unos minutos nos explicó que, si su imaginación no le jugaba una mala pasada, aquello que nosotros estábamos desenterrando no era otra cosa que unas auténticas termas romanas. Todos nos miramos con unas caras cuyos gestos desconocíamos. Recordamos aquella excursión a las termas de Aguilar de Campoo.

Decidió llamar a Rebeca. Esta trabajaba como guía turística en el Castillo de Peñafiel y era una fiel amiga de la familia. Había terminado ya su jornada laboral por lo que tardó pocos minutos en llegar al lugar donde todos nos encontrábamos. Tenía grandes conocimientos en la materia y sabíamos que rápido corroboraría la opinión de mi madre. Así fue. Debíamos llamar a la policía para que acordonaran y vigilaran la zona durante la noche hasta que llegara el grupo de expertos a la mañana siguiente.

Un gran nerviosismo y emoción nos delató cuando Noa sugirió a mi madre el pasar la noche allí. Era nuestro descubrimiento y no podíamos dejar ese tesoro en manos ajenas por mucho que se tratara de la policía. ¿Quién nos aseguraba a nosotros que no les entraría hambre a media noche y se irían a cenar algo o a tomar un café dejando todo ese tesoro desprotegido? No hizo falta insistir porque, cuando quisimos mirar a mi madre, ya estaba dentro del coche ordenándonos que no nos moviéramos de allí y que permaneciéramos al lado de Rebeca. Tras media hora y con algo de frío y mucha hambre, llegaron los refuerzos. Allí estaba ella, sacando mantas, bocadillos, zumos, agua, dos tiendas de campaña y varios sacos de dormir.

A aquel día tan maravilloso, le siguió una noche de risas, aventuras anteriores relatadas por Noa y miradas cómplices compartidas. Era el mejor grupo de amigos que podía tener. Creo que la última vez que miré el reloj eran las tres de la mañana. Para entonces, Ángela, Alejandra, Jorge y Alma ya estaban dormidos y Noa y yo notábamos como un peso se apoyaba en nuestros párpados obligándolos a caer para entrar en un profundo sueño.

Las fuertes luces y el gran alboroto de voces nos despertaron sobresaltados. Allí estaban los verdaderos arqueólogos. Era increíble que un grupo de expertos se dedicaran a elogiar el trabajo de unos niños como nosotros. Su agradecimiento y admiración hacia el grupo no fue sólo personal.

Dos semanas después, estábamos sentados en un plató de televisión con todos ellos, contando nuestra hazaña y enseñando la gran placa con nuestros nombres que iba a presentar aquellas maravillosas termas. El programa se emitiría dos meses después en Arqueomanía

Ninguno de nosotros creíamos que esto pudiera superarse y que el destino nos tuviera una aventura más emocionante esperando, pero, pensándolo bien, ¿estábamos seguros de ello? La última vez también lo creímos insuperable y ¡sorpresa!
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