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Aquella tarde de sol.

El sol lucía todos los días, pero nunca tanto como aquella tarde de abril en Princeton.

Todo aquella primavera era bello, como si estuviera en un cuadro naif, enmarcado en pan de oro. Las gentes se saludaban entre ellas, y todos parecían felices.

Un edificio grande se erguía desde el centro de la ciudad universitaria, en aquel campo de juventud que soñaba con suspiros cambiar el mundo. Ese edificio grande, blanco y bello era el hospital de Princeton, uno de los más importantes de la zona.
Dentro, en sus pasillos, enfermeras y médicos andaban y trabajaban concentrados en sus quehaceres diarios. Parecía que aquel día de abril la vida sonreía por igual a todos, sembrando en ellos la semilla de una felicidad de desconocida procedencia.
En la cafetería, el ambiente era igual de animado.

— ¿Sabéis quién es el enfermo de la 152? — dijo una enfermera mientras fumaba un cigarrillo.
— Creía que se usaba para experimentación — contestó otra.
—¡No te enteras, idiota! Esa era la 131.
— Mirad quién entra — susurró una.

Por la puerta entraba una chica joven, como ellas, pero había una gran diferencia entre ellas: la joven que acababa de entrar era negra. Julie Anderson era joven, alta y de pelo negro y rizado como un mar tempestuoso, y llevaba una carpeta en la mano. Sus ojos mostraban como espejos el cansancio del alma.
— Vaya, vaya, Julie. — dijo con voz de pito la enfermera que acababa de hablar — ¿No sabes leer ahora?
— Mira fuera de la sala, tonta ¿Ves qué pone? — continuó otra.
Julie suspiró por lo bajo y salió. A la entrada, había un cartel blanco y grande, en el que estaban grabadas letras negras que decían “Cafetería Hospital Princeton: No se permiten personas de color”.

— Parece que te tendrás que quedar fuera, cariño. Tampoco tendrías mucho dinero para comprarte un café, ¿no? — finiquitó una enfermera.
Los que estaban en la sala se rieron a carcajadas fuertes, como aplausos que tapaban el sonido de las lágrimas. Julie Anderson sabía que se iba a enfrentar a eso cuando llegó a Princeton, sin embargo, la fuerza en ella le hacía querer enfrentarse, querer darles una torta a quienes la insultaban. Pero no sería así.

— Bueno, bueno. Silencio, por favor — dijo una voz imponente. Todos le miraron. Era el doctor Fleischmann, de la junta directiva, uno de los más prestigiosos del hospital. — ¿Es usted Julie Anderson?
— Sí, soy yo. — contestó tímidamente Julie.
Fleischmann le sonrió y la sacó de la cafetería amablemente, mientras le susurraba:
— Tenemos a un enfermo que está a punto de fallecer. No porque sea inevitable, sino porque elige morir, como cualquier hombre. Necesito que vayas y le acompañes hoy, querida. ¿Podrás?
— Claro — contestó con cierta alegría Julie, ya que le encargaban algo importante.
— Habitación 151. — le ofreció las llaves el doctor — Y mucha suerte.

La joven Julie estaba emocionada junto a la puerta de la 152. Era la primera vez que debía afrontar sola una situación de ese calibre, y no sabía muy bien qué sentir. Su corazón marcaba el rápido ritmo de sus nervios acelerados. Dando una respiración fuerte, abrió la puerta.
La habitación era blanca y grande, cubierta por la añeja luz del sol. En la cama, reposando, había un anciano, de bigote y pelo largo, blanco y despeinado, cuya figura rozaba incluso lo esperpéntico.
A Julie se le sobresaltó el corazón. Reconocía esa cara, la había visto en periódicos. Ese hombre era ni más ni menos que Albert Einstein.
Einstein la miró cuando entró. Esbozó una sonrisa triste y nostálgica.
— Hola, niña. Ven, ya no muerdo.
Julie, muerta de nervios, se colocó al lado de la cama.
— Es usted Albert Einstein, ¿no? — preguntó sorprendida, sin creérselo.
— Ante todo soy un ser humano. Lo que venga después es secundario ¿Y tú?
— Mi nombre es Julie Anderson, señor.
— Bonito nombre. — le respondió, y se quedaron un rato en silencio. — Se te nota triste.
— Bueno, señor, alguien de su inteligencia sabría por qué.
— ¿Sabes? En mi vida he descubierto muchas cosas, hablado con mucha gente y visto demasiado horror.— sus ojos se oscurecieron cuando dijo eso.
— Yo nunca podré hacer eso, señor. Soy mujer y soy de color.
— Se te ve inteligente. Mira, cuando era joven, tuve una idea. Todo es relativo, sentencié. Nada debe juzgarse por lo que parece ser. Tú puedes ser la estrella más brillante, que los hombres siempre mirarán el brillo de una moneda.
— ¿Y qué hago? — preguntó.
— Sigue brillando. Que esa moneda no apague tu luz.
— Perdone, señor Einstein. — interrumpió Fleischmann, que estaba en la puerta — Julie, te has equivocado. Esta es la 151.
— Ah — se levantó Julie, y se despidió con una sonrisa del genio, que reposaba tranquilo y en paz, como un roble centenario. —- Adiós, señor Einstein.
— Que no se apague tu luz, Julie. Que nunca lo haga. — contestó él.
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