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Ananké

Dandy Border

La primera vez que Ananké mostró un futuro posible nadie aplaudió. En la pantalla quedó congelada la última escena, como el final de una película. Dentro del escáner, la voluntaria permanecía inmóvil con la boca entreabierta. No parecía sorprendida. Parecía cansada.
Ananké había sido diseñada para asistir en la toma de decisiones. A partir de la actividad cerebral, datos estadísticos, memoria autobiográfica e información básica del entorno, podía predecir —con un 99,9% de precisión— qué decisión tomaría una persona frente a distintos escenarios y mostrar una simulación audiovisual de su consecuencia a mediano plazo. Podríamos decir que extrapolaba el futuro.
Eso creíamos.
La voluntaria salió del escáner sin decir una palabra. Le ofrecimos agua. Asintió, pero no bebió. Su mirada estaba perdida en un punto en el infinito, como si el video volviera a reproducirse en algún lugar que solo ella podía ver.
—Necesitamos repetir la prueba, configurando un punto de partida alternativo —dijo un miembro del equipo.
Asintió, aún shockeada.
En la simulación había visto algo sencillo: un trabajo estable, una pareja, un departamento pequeño y luminoso, un perro viejo durmiendo en una alfombra. Nada extraordinario. Nada terrible. Un futuro razonable.
Configuramos un escenario alternativo: en este, no aceptaría ese trabajo. Ananké procesó los datos. Todos mirábamos nerviosos, como mirando a un jugador de fútbol que está a punto de patear un penal en la final de la copa del mundo. Al cabo de unos minutos comenzó el video.
Al no aceptar el trabajo, tuvo más tiempo para especializarse y poder postularse a un trabajo mejor pago. Mientras veíamos en la pantalla a nuestra voluntaria firmando, junto a su esposo, las escrituras de su nueva casa, el video se cortó. La voluntaria se había quitado los electrodos y salió enfurecida.
—No me gusta —dijo—. Falta Garufa.
La mirábamos tratando de entender.
—Garufa, mi perro —insistió.
Nadie quiso responder. Los miembros del equipo nos miramos sabiendo que todos lo acabamos de entender: saber el futuro lo vuelve irreversible, porque renunciar a él se vive como una pérdida.
Garufa estaba en una línea temporal paralela echado sobre una alfombra en un pequeño departamento céntrico. En la segunda línea, ella tenía un pequeño caniche llamado Nietzsche corriendo por el enorme parque detrás de su casa.
—Quiero el primer video —dijo.
—No podemos volver a ese, el punto de partida ya es diferente.
Me miró como si no hubiera entendido nada.
Descubrimos algo inquietante: renunciar a un futuro visible resultaba más doloroso que aceptar uno mediocre.
Ananké no decía qué hacer. Mostraba. Y mostrar era suficiente.
Decidimos suspender la prueba.
Me quedé solo en el laboratorio. Ananké estaba en reposo, pero la consola seguía encendida. Bastaba con sentarme en el escáner, conectarme los electrodos y activar el protocolo. Nadie me lo prohibía. Era parte del equipo. Podía ver mi futuro.
Pensé en la voluntaria. En su cara al descubrir que no quería un mejor trabajo, sino la calma de esa primera predicción.
Apagué el sistema.
Unos días después, el comité anunció la cancelación del proyecto.
Nadie protestó.
Mientras firmábamos el acta, entendí que no habíamos creado una nueva tecnología, sino una nueva forma de obediencia. No al destino, sino al miedo. Al miedo de abandonar algo que ya conocíamos, aunque todavía no hubiera sucedido, aunque no fuera lo mejor.
Desde entonces, cada vez que tomo una decisión, siento una incomodidad extraña. Como si estuviera traicionando algo. Como si estuviera rompiendo una promesa.
Tal vez ese sea el último resto de libertad que nos queda: elegir sin saber qué estamos perdiendo.