Cada mirada
Daniel Oliván
La consulta desprendía ese aire de hotel invernal que tanto parece gustar a los diseñadores modernos. Grandes ventanales, madera por todas partes y, sobre todo, esa iluminación cálida que invita a la calma. Me fijé en la estantería con sus gruesos manuales, reliquias de otro tiempo, dos de los cuales parecían tan antiguos que se desintegrarían si alguien osase tocarlos.
La doctora llegó a los pocos minutos y, después de darnos un fuerte apretón de manos, le lanzó un sutil cumplido a mi esposa, quien le respondió nerviosa. Después, nos confirmó que todos los resultados eran correctos y pasó a enumerar las opciones que podía ofrecernos. Lo usual. Todavía no había acabado de enumerar todo lo que nuestro futuro hijo no tendría cuando mi mujer la interrumpió para preguntarle por las opciones “premium”. La miré con desconcierto mientras la doctora le preguntaba, cautelosa, a qué se refería exactamente. Mi mujer especificó que una amiga le había comentado que la clínica era capaz de corregir rasgos de personalidad poco deseables. Me giré hacia ella y le susurré si se había vuelto loca. Me ignoró mientras la doctora le respondía que su amiga jamás debió haberlo divulgado. Nos miró durante unos segundos y, mirando a mi mujer, sentenció: «Algo podemos hacer, por un precio y con una cláusula de confidencialidad que vosotros sí tendréis que cumplir».
A continuación, nos explicó cómo, gracias a su tecnología de última generación, eran capaces de relacionar ciertos genes con rasgos de personalidad. Así, mediante la combinación de la selección de embriones y pequeños ajustes genéticos, podían no solo asegurarnos de que nuestro hijo disfrutaría de las mejores condiciones intelectuales y físicas, sino también optimizar su conducta controlando su impulsividad y su agresividad, a la vez que mejorarían sus actitudes sociales. Añadió que, legalmente, operaban en una zona gris, una práctica que actualmente iba por delante de la legislación vigente. Intenté poner algo de cordura preguntando si alguna agencia reguladora sabía algo al respecto o si alguna clínica más lo estaba haciendo, pero mi mujer me interrumpía constantemente. La doctora ni me miró. Por protocolo, o quizás al ver mi cara de susto, nos dijo que meditáramos bien la decisión antes de volver.
No dijimos nada durante todo el viaje de vuelta a casa. No podía entender cómo me había ocultado esto antes de entrar en la consulta y, sobre todo, cómo era capaz de querer algo así. Al llegar a casa, ya no podía más; la acusé de egoísta, de no entender las consecuencias de lo que estaba haciendo. «Eres un cobarde», dijo, mirándome a los ojos fríamente. «Dentro de poco, todos los niños serán así. Si no aprovechamos esta oportunidad, le estaremos robando su futuro; será un don nadie». Discutimos hasta el agotamiento e, incapaces de alcanzar un mínimo consenso, nos dimos una tregua. «No tenemos por qué decidirlo ya», sentenció.
Durante semanas, seguimos hablando del tema. Al principio nada cambió, pero poco a poco parecía entrar en razón. Un día hasta me dijo que tenía miedo de que la doctora estuviese infravalorando los riesgos y las consecuencias. Quedamos en buscar otra clínica para continuar con los procedimientos. Reconozco que me relajé. Yo estaba preparando la cena aquel día cuando llegó. «Ya está hecho», me dijo sin mediar saludo alguno. Se había realizado la implantación aquella misma tarde. «Lo mejor es que no sepas nada más; será como si fuese natural.» Sin dejarme replicar, se fue al dormitorio. Jamás volvimos a comentar el tema.
Desde que nació mi hijo, vivo observándolo. Analizando cada gesto, cada mirada, cada palabra. Han pasado ocho años y no he sabido la verdad. Mi mujer nunca me lo dijo. Regresé a la clínica un año después, pero la doctora ya no trabajaba allí y nadie recordaba nada. Al poco tiempo, cerraron sin explicación alguna. Aun así, de vez en cuando, lo pongo a prueba. Hoy le quité una bolsa de golosinas sin motivo alguno y observé su reacción. No hubo llantos ni gritos, ni siquiera una ligera mirada de odio. Se limitó a sonreír y a devolverme una mirada lisa, una aceptación tan absoluta de mi autoridad que me heló la sangre. Entonces, volvió a sus juegos.
La doctora llegó a los pocos minutos y, después de darnos un fuerte apretón de manos, le lanzó un sutil cumplido a mi esposa, quien le respondió nerviosa. Después, nos confirmó que todos los resultados eran correctos y pasó a enumerar las opciones que podía ofrecernos. Lo usual. Todavía no había acabado de enumerar todo lo que nuestro futuro hijo no tendría cuando mi mujer la interrumpió para preguntarle por las opciones “premium”. La miré con desconcierto mientras la doctora le preguntaba, cautelosa, a qué se refería exactamente. Mi mujer especificó que una amiga le había comentado que la clínica era capaz de corregir rasgos de personalidad poco deseables. Me giré hacia ella y le susurré si se había vuelto loca. Me ignoró mientras la doctora le respondía que su amiga jamás debió haberlo divulgado. Nos miró durante unos segundos y, mirando a mi mujer, sentenció: «Algo podemos hacer, por un precio y con una cláusula de confidencialidad que vosotros sí tendréis que cumplir».
A continuación, nos explicó cómo, gracias a su tecnología de última generación, eran capaces de relacionar ciertos genes con rasgos de personalidad. Así, mediante la combinación de la selección de embriones y pequeños ajustes genéticos, podían no solo asegurarnos de que nuestro hijo disfrutaría de las mejores condiciones intelectuales y físicas, sino también optimizar su conducta controlando su impulsividad y su agresividad, a la vez que mejorarían sus actitudes sociales. Añadió que, legalmente, operaban en una zona gris, una práctica que actualmente iba por delante de la legislación vigente. Intenté poner algo de cordura preguntando si alguna agencia reguladora sabía algo al respecto o si alguna clínica más lo estaba haciendo, pero mi mujer me interrumpía constantemente. La doctora ni me miró. Por protocolo, o quizás al ver mi cara de susto, nos dijo que meditáramos bien la decisión antes de volver.
No dijimos nada durante todo el viaje de vuelta a casa. No podía entender cómo me había ocultado esto antes de entrar en la consulta y, sobre todo, cómo era capaz de querer algo así. Al llegar a casa, ya no podía más; la acusé de egoísta, de no entender las consecuencias de lo que estaba haciendo. «Eres un cobarde», dijo, mirándome a los ojos fríamente. «Dentro de poco, todos los niños serán así. Si no aprovechamos esta oportunidad, le estaremos robando su futuro; será un don nadie». Discutimos hasta el agotamiento e, incapaces de alcanzar un mínimo consenso, nos dimos una tregua. «No tenemos por qué decidirlo ya», sentenció.
Durante semanas, seguimos hablando del tema. Al principio nada cambió, pero poco a poco parecía entrar en razón. Un día hasta me dijo que tenía miedo de que la doctora estuviese infravalorando los riesgos y las consecuencias. Quedamos en buscar otra clínica para continuar con los procedimientos. Reconozco que me relajé. Yo estaba preparando la cena aquel día cuando llegó. «Ya está hecho», me dijo sin mediar saludo alguno. Se había realizado la implantación aquella misma tarde. «Lo mejor es que no sepas nada más; será como si fuese natural.» Sin dejarme replicar, se fue al dormitorio. Jamás volvimos a comentar el tema.
Desde que nació mi hijo, vivo observándolo. Analizando cada gesto, cada mirada, cada palabra. Han pasado ocho años y no he sabido la verdad. Mi mujer nunca me lo dijo. Regresé a la clínica un año después, pero la doctora ya no trabajaba allí y nadie recordaba nada. Al poco tiempo, cerraron sin explicación alguna. Aun así, de vez en cuando, lo pongo a prueba. Hoy le quité una bolsa de golosinas sin motivo alguno y observé su reacción. No hubo llantos ni gritos, ni siquiera una ligera mirada de odio. Se limitó a sonreír y a devolverme una mirada lisa, una aceptación tan absoluta de mi autoridad que me heló la sangre. Entonces, volvió a sus juegos.