COMO CÉLULAS
Ladovi
Los humanos somos como células, nos reproducimos, nos alimentamos, convivimos con más especies y finalmente morimos debido a diferentes causas. Prácticamente estamos hechos de células, aunque realmente nos comportamos como tales y emprendemos el mismo viaje que ellas.
Estamos hechos de cada pequeña cosa que nos hace ser nosotros mismos, al igual que estos pequeños organismos. Estamos hechos de nuestra familia, nuestro cuerpo, nuestra alma y de aquello que nos hace sentir emociones. Las células, por otra parte, están formadas por la corteza, que las protege del exterior y las permite nadar en el citoplasma de la vida, por mitocondrias que liberan señales como sentimientos y por encimas que obedecen y respetan al resto de orgánulos para convivir en un estado de paz y armonía
Una célula nace de su célula madre y sufre un proceso de división celular donde se desarrolla internamente y se encuentra preparada para emprender el viaje de la vida y para cumplir con sus funciones vitales.
Ambas, células y personas, nacemos, nos reproducimos y morimos. Pero no siempre por deseo propio. Una célula una vez recibió la llamada de la muerta en su puerta, se coló por su corteza, invadió sus mitocondrias y sus enzimas, pero estas fueron reacias hacia esa imposición de cumplir y respetar las señales.
La célula todavía no estaba lista para la última etapa de su vida, todavía le quedaban viajes por los ríos de sangre, las cumbres de tejido, las selvas de neuronas o las dunas de músculo. Quería seguir reparando aquello que el mundo rompió, quería trabajar, reproducirse y enseñar a su descendencia a hacerle frente a las enfermedades, catarros e infecciones.
Nunca andaba quieta, iba de arteria a arteria fluyendo, transportando oxígeno y amor hacia el resto de células que conocía. Había enfrentado grandes batallas en las cuales la posibilidad de ser derrotada superaba con creces la posibilidad de conseguir la victoria, había peleado con todas sus fuerzas y se había recompuesto una y otra vez.
La insignificante célula sabía que su envejecimiento supondría un error irreversible que nada podría evitarlo o remediarlo. En el fondo sabía que debía morir para no suponer un retraso y manchar el gran legado que dejaba atrás, pero de algún modo, no estaba preparada. Aquel día decidió hacer su maleta y disfrutar del aire fresco de las montañas de tendones y del poco tiempo que le quedaba.
A veces, llena de furia no entendía por qué debía morir si había cumplido bien con su función, su trabajo y su viaje vital. No entendía cómo otras células llenas de rencor, ira y destrucción tenían la libertad y la suerte de contaminar este mundo y siempre salir ilesas ante cualquier tipo de resistencia. Durante mucho tiempo pensó que el problema lo tenía ella, que era débil, insuficiente o simplemente irrelevante e inservible. Pro pronto se dio cuenta de que la vida no es así.
Ella había cumplido con su trabajo, se había desarrollado, se había dividido en miles de pequeñas versiones de ella misma que ahora seguían con ansia y admiración todo su legado. Había viajado, había luchado, batallado, se había recompuesto y había logrado grandes cosas… Pero su camino había concluido.
Quien dice que esta pobre célula no es más que un pequeño y minúsculo organismo que vaga por nuestro cuerpo, será aquel que no vea en esta insignificante célula a un ser humano aterrorizado por el hecho de morir.
Estamos hechos de cada pequeña cosa que nos hace ser nosotros mismos, al igual que estos pequeños organismos. Estamos hechos de nuestra familia, nuestro cuerpo, nuestra alma y de aquello que nos hace sentir emociones. Las células, por otra parte, están formadas por la corteza, que las protege del exterior y las permite nadar en el citoplasma de la vida, por mitocondrias que liberan señales como sentimientos y por encimas que obedecen y respetan al resto de orgánulos para convivir en un estado de paz y armonía
Una célula nace de su célula madre y sufre un proceso de división celular donde se desarrolla internamente y se encuentra preparada para emprender el viaje de la vida y para cumplir con sus funciones vitales.
Ambas, células y personas, nacemos, nos reproducimos y morimos. Pero no siempre por deseo propio. Una célula una vez recibió la llamada de la muerta en su puerta, se coló por su corteza, invadió sus mitocondrias y sus enzimas, pero estas fueron reacias hacia esa imposición de cumplir y respetar las señales.
La célula todavía no estaba lista para la última etapa de su vida, todavía le quedaban viajes por los ríos de sangre, las cumbres de tejido, las selvas de neuronas o las dunas de músculo. Quería seguir reparando aquello que el mundo rompió, quería trabajar, reproducirse y enseñar a su descendencia a hacerle frente a las enfermedades, catarros e infecciones.
Nunca andaba quieta, iba de arteria a arteria fluyendo, transportando oxígeno y amor hacia el resto de células que conocía. Había enfrentado grandes batallas en las cuales la posibilidad de ser derrotada superaba con creces la posibilidad de conseguir la victoria, había peleado con todas sus fuerzas y se había recompuesto una y otra vez.
La insignificante célula sabía que su envejecimiento supondría un error irreversible que nada podría evitarlo o remediarlo. En el fondo sabía que debía morir para no suponer un retraso y manchar el gran legado que dejaba atrás, pero de algún modo, no estaba preparada. Aquel día decidió hacer su maleta y disfrutar del aire fresco de las montañas de tendones y del poco tiempo que le quedaba.
A veces, llena de furia no entendía por qué debía morir si había cumplido bien con su función, su trabajo y su viaje vital. No entendía cómo otras células llenas de rencor, ira y destrucción tenían la libertad y la suerte de contaminar este mundo y siempre salir ilesas ante cualquier tipo de resistencia. Durante mucho tiempo pensó que el problema lo tenía ella, que era débil, insuficiente o simplemente irrelevante e inservible. Pro pronto se dio cuenta de que la vida no es así.
Ella había cumplido con su trabajo, se había desarrollado, se había dividido en miles de pequeñas versiones de ella misma que ahora seguían con ansia y admiración todo su legado. Había viajado, había luchado, batallado, se había recompuesto y había logrado grandes cosas… Pero su camino había concluido.
Quien dice que esta pobre célula no es más que un pequeño y minúsculo organismo que vaga por nuestro cuerpo, será aquel que no vea en esta insignificante célula a un ser humano aterrorizado por el hecho de morir.