¡Como Magia!
Flor Rivera
Cuando Mimi entró a la escuela de magia, se imaginó transformando gotas de lluvia en chocolate, sacando aves de colores de sombreros, o creando copos de nieve en verano. Pero lo que encontró fue diferente.
Esperaba magos recitando hechizos, no leyendo libros. Los imaginaba convirtiendo plomo en oro, no discutiendo sobre reactivos, revisando fórmulas y elaborando cálculos complicados. Pensó que dibujarían círculos mágicos, no que medirían trazos, o anotarían cientos de puntos en una pizarra para analizar los patrones.
Estaba decepcionada. Su maestro lo sabía, pero seguía enseñándole con paciencia, buscando alentarla.
—Vamos de nuevo. Al cantar un hechizo, hay que considerar sus parámetros: modulación, entonación, y volumen. Luego, revisaremos las variables.
Todos los días, lo escuchaba pronunciar palabras que hacían que le doliera la cabeza y aumentaban su frustración. ¡La magia debía ser divertida! ¡No gráficas, fórmulas y palabras raras!
—Ya aprendí los hechizos. ¿Cuándo podré hacer magia de verdad?
—Memorizaste, no aprendiste.
—¿No es lo mismo?
— No. Aprender requiere comprender “cómo” y “por qué”. ¿Sabes cuál es el hechizo para invocar fuego?
—¿Fogoranda?
—¿Sabes por qué es “fogoranda” y no “fogorandá” o “fogoh-randa”?
—La verdad, no.
—Ahora lo descubrirás. Mira la vela y grita: ¡Fogoranda!
Así lo hizo Mimi y un chorro de fuego salió de sus manos, derritiendo la vela hasta que solo quedó el pabilo en un charco de cera. Asustada, retrocedió, pero el mago, con un ademán y un conjuro, restauró la vela sin más.
—Ahora, dilo como un murmullo.
Mimi obedeció y saltó un hilillo de chispas que se extinguieron antes de llegar a la vela.
—Por eso el volumen es importante, así cuantificas la magia aplicada.
A Mimi se le iluminó el rostro, aunque también se molestó. ¡Pensar que desperdició tanto tiempo memorizando conceptos difíciles cuando era tan sencillo! Por primera vez desde que llegó a la escuela, volvía a sentirse llena de curiosidad.
—¿Y si digo el hechizo de otra forma?
El mago asintió. Por suerte aplicó conjuros protectores en el aula, así que su aprendiza podría experimentar a sus anchas. La escuchó jugar con las vocales, enfatizando más una que otra, y pronunciar de distintas maneras: enojada, seria o triste. Cambió el ritmo e inflexión de su voz y, cada vez, obtenía un resultado diferente. Al marcar más la primera sílaba, la llamarada salía con fuerza, aunque no tardaba en extinguirse. Por el contrario, al enfatizar más la última, la potencia de la llama aumentaba al final. Cantar cada sílaba por separado generaba llamitas que se movían como si bailaran, antes de unirse y encender la vela. Maravillada, Mimi comunicó sus deducciones:
—Si cambio la emoción, el efecto del hechizo cambia. Enojada, es desordenado y fuerte. Contenta, es un poquito más fácil de controlar. Y si lo digo cantando o con un ritmo diferente, pasan otras cosas.
—Has descubierto que son la “modulación” y “entonación”, y como modifican los hechizos.
—¿Entonces ya me puedes decir cómo hacer llover chocolate?
El mago sonrió.
—La magia es más que memorizar y lanzar hechizos. Es observación, planeación y experimentación. Es un proceso que requiere un objetivo y un método.
—Suena difícil…
—Pero si acabas de hacerlo.
Mimi se sorprendió. Para ella, eso no había sido más que un juego, y bastante divertido, además. Tanto, que deseaba hacerlo de nuevo. Aunque le surgió una preocupación.
—¡Son muchas cosas! ¿Cómo me acordaré de todo?
El mago apareció un pergamino, una pluma y un tintero.
—Puedes registrar tu proceso, examinar que funcionó y que no, comparar los resultados, revisar si fue algo de una sola vez, o una constante. Así es como los magos de la antigüedad crearon los hechizos que usamos hoy.
—¿Podría crear mis propios hechizos también?
—¡Por supuesto! Aunque para eso debes aprender y estudiar. Compartir tus hallazgos igualmente sería útil. Quién sabe, podrías hallar a alguien interesado en transformar la lluvia en chocolate.
Sin que se lo dijeran, Mimi tomó uno de los pesados libros que había ignorado y lo abrió. Aquellos complicados conceptos cobraron otro sentido. Estaba ansiosa por conocer, por descubrir cuánto podía a hacer con la magia. Sin embargo, un atisbo de duda cruzó por su rostro.
—¿Y si no entiendo algo?
—Entonces puedes preguntarme, intentaré guiarte lo mejor posible.
El mago se retiró. Era importante darles espacio a sus estudiantes para que aprendieran por su cuenta. Más que memorizar un libro, quería que comprendieran que tenían el poder de cambiar la magia, y que ese proceso no era exclusivo de los maestros o magos mayores, sino que también ellos podían participar. Solo de la mano de estudiantes, como Mimi, la magia perduraría y seguiría enriqueciéndose. Y él, como su maestro, estaba emocionado por acompañarla a ella, y a sus otros pupilos, en su camino, y ver hasta dónde podrían llegar.
Esperaba magos recitando hechizos, no leyendo libros. Los imaginaba convirtiendo plomo en oro, no discutiendo sobre reactivos, revisando fórmulas y elaborando cálculos complicados. Pensó que dibujarían círculos mágicos, no que medirían trazos, o anotarían cientos de puntos en una pizarra para analizar los patrones.
Estaba decepcionada. Su maestro lo sabía, pero seguía enseñándole con paciencia, buscando alentarla.
—Vamos de nuevo. Al cantar un hechizo, hay que considerar sus parámetros: modulación, entonación, y volumen. Luego, revisaremos las variables.
Todos los días, lo escuchaba pronunciar palabras que hacían que le doliera la cabeza y aumentaban su frustración. ¡La magia debía ser divertida! ¡No gráficas, fórmulas y palabras raras!
—Ya aprendí los hechizos. ¿Cuándo podré hacer magia de verdad?
—Memorizaste, no aprendiste.
—¿No es lo mismo?
— No. Aprender requiere comprender “cómo” y “por qué”. ¿Sabes cuál es el hechizo para invocar fuego?
—¿Fogoranda?
—¿Sabes por qué es “fogoranda” y no “fogorandá” o “fogoh-randa”?
—La verdad, no.
—Ahora lo descubrirás. Mira la vela y grita: ¡Fogoranda!
Así lo hizo Mimi y un chorro de fuego salió de sus manos, derritiendo la vela hasta que solo quedó el pabilo en un charco de cera. Asustada, retrocedió, pero el mago, con un ademán y un conjuro, restauró la vela sin más.
—Ahora, dilo como un murmullo.
Mimi obedeció y saltó un hilillo de chispas que se extinguieron antes de llegar a la vela.
—Por eso el volumen es importante, así cuantificas la magia aplicada.
A Mimi se le iluminó el rostro, aunque también se molestó. ¡Pensar que desperdició tanto tiempo memorizando conceptos difíciles cuando era tan sencillo! Por primera vez desde que llegó a la escuela, volvía a sentirse llena de curiosidad.
—¿Y si digo el hechizo de otra forma?
El mago asintió. Por suerte aplicó conjuros protectores en el aula, así que su aprendiza podría experimentar a sus anchas. La escuchó jugar con las vocales, enfatizando más una que otra, y pronunciar de distintas maneras: enojada, seria o triste. Cambió el ritmo e inflexión de su voz y, cada vez, obtenía un resultado diferente. Al marcar más la primera sílaba, la llamarada salía con fuerza, aunque no tardaba en extinguirse. Por el contrario, al enfatizar más la última, la potencia de la llama aumentaba al final. Cantar cada sílaba por separado generaba llamitas que se movían como si bailaran, antes de unirse y encender la vela. Maravillada, Mimi comunicó sus deducciones:
—Si cambio la emoción, el efecto del hechizo cambia. Enojada, es desordenado y fuerte. Contenta, es un poquito más fácil de controlar. Y si lo digo cantando o con un ritmo diferente, pasan otras cosas.
—Has descubierto que son la “modulación” y “entonación”, y como modifican los hechizos.
—¿Entonces ya me puedes decir cómo hacer llover chocolate?
El mago sonrió.
—La magia es más que memorizar y lanzar hechizos. Es observación, planeación y experimentación. Es un proceso que requiere un objetivo y un método.
—Suena difícil…
—Pero si acabas de hacerlo.
Mimi se sorprendió. Para ella, eso no había sido más que un juego, y bastante divertido, además. Tanto, que deseaba hacerlo de nuevo. Aunque le surgió una preocupación.
—¡Son muchas cosas! ¿Cómo me acordaré de todo?
El mago apareció un pergamino, una pluma y un tintero.
—Puedes registrar tu proceso, examinar que funcionó y que no, comparar los resultados, revisar si fue algo de una sola vez, o una constante. Así es como los magos de la antigüedad crearon los hechizos que usamos hoy.
—¿Podría crear mis propios hechizos también?
—¡Por supuesto! Aunque para eso debes aprender y estudiar. Compartir tus hallazgos igualmente sería útil. Quién sabe, podrías hallar a alguien interesado en transformar la lluvia en chocolate.
Sin que se lo dijeran, Mimi tomó uno de los pesados libros que había ignorado y lo abrió. Aquellos complicados conceptos cobraron otro sentido. Estaba ansiosa por conocer, por descubrir cuánto podía a hacer con la magia. Sin embargo, un atisbo de duda cruzó por su rostro.
—¿Y si no entiendo algo?
—Entonces puedes preguntarme, intentaré guiarte lo mejor posible.
El mago se retiró. Era importante darles espacio a sus estudiantes para que aprendieran por su cuenta. Más que memorizar un libro, quería que comprendieran que tenían el poder de cambiar la magia, y que ese proceso no era exclusivo de los maestros o magos mayores, sino que también ellos podían participar. Solo de la mano de estudiantes, como Mimi, la magia perduraría y seguiría enriqueciéndose. Y él, como su maestro, estaba emocionado por acompañarla a ella, y a sus otros pupilos, en su camino, y ver hasta dónde podrían llegar.