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El Debate

Ivanchu

Madrid, mayo de 1877. La teoría de la evolución ya llevaba casi dos décadas circulando desde la publicación de El origen de las especies en 1859. El debate científico estaba más encendido que nunca. Nos encontramos en el Ateneo de Madrid, el foro intelectual de la capital. La iluminación era escasa, proporcionada por lámparas de gas. La mayoría de los asistentes eran caballeros con levitas y chisteras, algunos estudiantes ávidos de tomar notas y un moderador del debate.
El ponente se levantó, carraspeó la garganta y dio inicio a su intervención en un auditorio con eco, solemne y acogedor, que olía a polvo y a humedad.
—Como todos ustedes saben —comenzó—, hemos encontrado en África restos fósiles de una nueva especie de homínido. Se trata de una hembra adulta que vivió en épocas muy antiguas, en la Edad de los Hielos. Lo he bautizado como “el cráneo de los Grandes Lagos”. Fue hallado en un yacimiento de África Oriental, cerca del gran lago.
Proyectó fotografías del yacimiento y de los restos fósiles.
—Durante años de estudio, hemos determinado que la evolución de los homínidos se produce por cambios rápidos y drásticos. Con este nuevo hallazgo hemos podido corroborar cómo cambió bruscamente la morfología de este individuo respecto de su antecesor, el Homo habilis, en consonancia con la teoría de la evolución catastrófica. Hemos descubierto cómo se produce. El motor de la evolución repentina no puede ser otro que la modificación externa.
La sorpresa se extendió por el auditorio.
—Esta especie estaba claramente adaptada al trabajo —prosiguió—. Su pulgar oponible, el incremento de la capacidad craneal, la significativa disminución del pelo corporal, el aumento de la capacidad nasal… La hipótesis que hemos desarrollado es que esta especie fue adaptada al trabajo en las minas de oro, en la época de las cavernas. De ahí su nombre: Homo ergaster, del griego, “el hombre trabajador”.
La multitud vociferaba.
—¡Calma, calma, por favor! —pedía el moderador.
—Todas sus adaptaciones no encajan con el medio en el que vivía, la sabana. Eran claramente desfavorables. No podía trepar a los árboles ni sobrevivir en las frías noches. Sin embargo, sí son compatibles con el trabajo en las minas de oro.
Los asistentes tomaban notas y algunos ajustaban sus monóculos. De entre la multitud, un hombre de mediana edad, algo encorvado y despeinado, alzó la voz.
—¿Qué pruebas tienen de lo que afirman?
Un silencio incómodo inundó la sala. La idea de un disidente siempre animaba los debates científicos.
—Bueno —dudó—, la mejor capacidad de asir herramientas, por ejemplo. El incremento de la capacidad craneal para realizar tareas complejas, la disminución del pelo corporal para evitar fugas de las minas… Tenemos muchas pruebas indirectas. Pero creemos que se cometió un error: no eliminaron el instinto de supervivencia. El Homo ergaster consiguió escapar y, gracias a su aumento de inteligencia, dominó el fuego, la caza y la capacidad de vestirse.
—¿Tienen restos de quienes modificaron al individuo que hallaron? —preguntó el opositor.
—No hay evidencias directas de una civilización superior, claro está, pero sí hay indicios. Los grabados en sus cuevas, por ejemplo. Ahí tiene usted la representación gráfica de su civilización, un testimonio directo. Además, no poseían ninguna ventaja adaptativa. ¡Todo lo contrario! Por otro lado, estos seres necesitaban grandes cantidades de oro para su civilización, y el Homo habilis no les servía para este tipo de trabajo. Es un razonamiento puramente deductivo —concluyó.
Los aplausos retumbaron en el auditorio.
—Entiendo lo que dice —rebatió de nuevo el opositor—, pero no lo comparto. Hay evidencias de que tanto la vestimenta como las pinturas rupestres no aparecen hasta estratos más recientes y más cercanos a la superficie. Por otra parte, todos sus argumentos tienen una explicación científica. Por ejemplo, el aumento del cerebro se debió a un cambio de dieta y la pérdida de pelo, a una mejor capacidad de termorregulación. Todo ello sin contar con que no parece haber habido yacimientos de oro cerca de la zona del hallazgo.
Un murmullo creciente recorrió la sala. Varios asistentes se rascaron la cabeza y otros mesaron sus barbas.
—¿Y el pulgar, amigo mío? ¿Qué motor de la evolución baraja usted, mi escéptico colega?
El disconforme dudó un instante.
—Hay evidencias estratigráficas de una evolución mucho más gradual en otros hallazgos, ignorada durante años. La aparición de restos fósiles en distintos estratos contradice la hipótesis del cambio abrupto —comenzó—. Y, por otra parte, no se han encontrado evidencias de una civilización superior, más allá de estudios no concluyentes de unos grabados más cercanos a antiguas embarcaciones que a máquinas imposibles.
La tensión era palpable.
—Si mi colega rechaza, entonces, la hipótesis de la gran modificación, ¿qué sugiere?
—La selección natural —concluyó.
Y, de repente, un silencio gélido e incómodo se apoderó de la sala.