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El problema de los cinco soles

Estela Solaris

Cerré el libro recién devorado por mi sed de acabar, con el placer de devolver las páginas a su sitio, como si ese fuera su único estado natural. Del movimiento con las palmas de mis manos, se desprendió un olor a hoja gruesa, que junto con el seco sonido del gesto, me tintinearon el lóbulo temporal, el parietal, y toda zona capaz de procesar los sentidos. Lo terminó por delatar el cosquilleo en mi nuca. ¿Qué se supone que debes hacer cuando acabas una obra? Consulté mis dispositivos electrónicos con el propósito de buscar una satisfacción mayor, pero salvo el breve subidón que sentí al descubrir varias notificaciones que eliminaría de inmediato, no logré mi cometido. Me puse en pie, agitando mis dedos contra el frío y raso mármol, cual un cochino regocijándose en el barro. Y entonces no tuve que forzar una reflexión, mis pensamientos circularon como coches en la autopista, más deprisa de lo que mi memoria de trabajo pudiera asimilar. El libro, en resumidas cuentas, ilustraba algunos horrores y errores que una persona perfectamente en sus cabales podría cometer: el gusto por lo perverso, la repulsión por otras personas, los pequeños actos cotidianos de egoísmo y mentira... A mi mente no tardaron en llegar referencias de esta ola de nuevas generaciones donde se cuestionan los límites de la moralidad: Fleabag, La peor persona del mundo… retrocedí hasta llegar a Así habló Zaratustra. Me reconfortan las historias donde gente aparentemente normal hace cosas peores que yo. Me permite situarme en el lado correcto del baremo y reducir así mis sentimientos de culpa. Me consuelo con que, en balance, soy una buena persona, y lo utilizo de excusa cuando hago cosas que todos sabemos que están mal y que no sintonizan con los principios que promulgo.
Ese día me sentí inspirada y me propuse responder al mensaje que llevaba ignorando desde hacía un par de días, enviado por un chico que estaba conociendo a través de Hinge. Podría llamarlo Tinder, pero me gusta recalcar que yo no uso eso, que sus usuarios y yo no somos de la misma calaña.
Javi me preguntaba:
—¿Y de qué vas a hablar?
Acababa de contarle (en realidad, hacía ya dos días) que decidí participar en un concurso de relatos científicos. Se lo confesé porque no tenía nada más que compartir con un completo desconocido ante la aniquiladora y vacía pregunta “¿cómo te va?”. Además, profesaba la ínfima esperanza de que a otra persona se le ocurriera una idea ensordecedoramente brillante, hallando ese click que yo anhelaba encontrar.
Quise contarle que pensé en un argumento principal y que solo necesitaba pulirlo. Incluso redacté un resumen de la trama que elucubré en mi cabeza. Se trataba de una narrativa interestelar, donde se desarrollaban las historias paralelas de dos personajes que vivían en planetas totalmente antagónicos. Uno, como es de suponer para que tenga chicha, tecnológicamente bastante superior a los humanos. Contaba con un sistema de cinco soles que podían aprovechar de cualquier forma energética y socialmente posible, y donde el tiempo se medía por amaneceres y ocasos. Por un momento coqueteé con la idea de nombrar al relato Cinco soles, lo cual era poco imaginativo, pero estéticamente eficaz. Este planeta desarrollaría una inteligencia artificial tan avanzada que su acceso al conocimiento sería ilimitado y, por consiguiente, la realidad se manifestaría como insoportablemente tediosa y predecible.
Por su parte, el otro planeta, conectado con el anterior por una trama familiar donde, por supuesto, viajaban a través del espacio; albergaba vida inteligente con un avance tecnológico primitivo. Todas las bases del conocimiento quedaban aún por explorar, sostenidas por frágiles andamios de madera. Me pareció la mar de divertido imaginar a una sociedad griega alienígena, con rostros que evocaban el efecto Uncanny Valley, filosofando sobre lo que esconde cualquier cosa mundana, añadiendo la guinda del más allá galáctico. Consideré necesario remarcar la importancia de la hipótesis científica, que la clave estaba en la pregunta y no en la respuesta. Que la curiosidad y el misterio eran el motor de nuestro existir.
Fue solo al volver a leerlo cuando evidencié que mi narración quizás era algo pretenciosa y estereotípica. Por el amor de Dios, anda que relacionar la ciencia con la IA y los extraterrestres, con ese tinte casposo de que los tiempos pasados eran mejores. No soporto ser una autora de pacotilla. Me cuesta discernirlo, pues mi espíritu creativo me envuelve en una óptica que empaña mi juicio. Pero sin ningún titubeo, bendigo el momento en el que reparé en analizar el sumario texto con la crudeza de un examinador, y mi cerebro respondió con la plasticidad suficiente como para decidir desechar esa fantasía con aspiraciones huxleyanas. Supongo que, como una consecuencia lógica, no me puedo culpar por posponer mi respuesta mediante mensajería instantánea un poco más.