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¿Era real?

LK

Una gélida noche de invierno de 2015, en vísperas de Navidad, el magnate Scrooge celebró en su mansión la ya tradicional cena anual. Llevaban años repitiéndola, siempre con los mismos rostros y las mismas sonrisas fingidas. Nadie acudía por afecto, pero todos asistían: algunos por negocios, otros por interés, otros por simple costumbre. Aquella noche, como las anteriores, nadie pensaba romper la tradición. Sin saberlo, uno no saldría con vida.
Los invitados fueron llegando poco a poco, envueltos en abrigos oscuros y saludos mecánicos. El señor y la señora Smith, habituales de la casa, aparecieron primero con su dóberman, que quedó al cuidado de Marilyn, la asistenta. Ella se movía con naturalidad entre el recibidor y la cocina, observando sin llamar la atención, como si conociera cada rincón de la mansión y cada gesto de quienes la habitaban. Después llegó el sobrino de Scrooge, siempre puntual cuando había promesas implícitas de dinero, con una sonrisa nerviosa y la mirada inquieta. Más tarde apareció Viktor, socio ruso del magnate, acompañado de Lucía, su asistenta personal, silenciosa y aparentemente distante.
Tomaron asiento alrededor de la mesa, como cada año, ocupando casi los mismos lugares, respetando una disposición que nadie había cuestionado nunca. La cena comenzó con cortesías forzadas y recuerdos vagos de encuentros pasados. Viktor hablaba de negocios con voz firme, los Smith asentían sin demasiado interés, y el sobrino evitaba la mirada de su tío, concentrado en su plato. Scrooge escuchaba en silencio, con una copa en la mano, observándolos a todos con atención calculada.
Marilyn entraba y salía del comedor sirviendo platos y rellenando copas. A veces retiraba una y dejaba otra en su lugar, con movimientos rápidos, casi nerviosos, como si temiera ser observada. En más de una ocasión, Scrooge frunció el ceño al verla cambiar copas que parecían intactas. Nadie más pareció notarlo. Lucía, sentada junto a Viktor, seguía cada gesto de Marilyn con el rabillo del ojo, sin decir palabra.
La cena se alargó más de lo habitual. El ambiente se volvió denso, cargado de silencios incómodos. Hubo una discusión velada entre Viktor y Scrooge por las pinturas, frases medidas que escondían amenazas. La señora Smith lanzó una mirada cargada de reproche al anfitrión, y el sobrino soltó una risa fuera de lugar que nadie celebró. Marilyn seguía sirviendo, siempre atenta, siempre cerca de las copas, como si aquel fuera su verdadero centro de atención.
Llegó el postre. Scrooge sostuvo su copa con firmeza, la observó unos segundos y se levantó lentamente, pidiendo silencio con un gesto de la mano.
—Hoy os he reunido para…
Un trueno estalló con violencia. La luz se apagó de golpe, sumiendo la sala en una oscuridad absoluta. En la penumbra se oyeron ruidos confusos: un objeto cayendo, un golpe seco, un forcejeo, un grito ahogado y el ladrido furioso del dóberman. Luego, silencio.
Cuando volvió la electricidad, Scrooge yacía en el suelo, inmóvil. Su copa estaba volcada a pocos centímetros de su mano. Nadie gritó. Nadie pareció sorprendido. El aire estaba cargado de un olor extraño, amargo.
Entonces apareció un hombre que ninguno había visto llegar.
—Mi nombre es Leonard Cross. Están todos bajo sospecha.
El detective examinó el cuerpo con calma y aspiró con cautela.
—Cianuro —dijo—. Pero también hay signos de agresi…
—¡Eh, eh, para! —interrumpió una voz, rompiendo de golpe la tensión.
La escena se congeló en un instante, todo permanecía inmóvil, Scrooge permanecía en el suelo, el dóberman que se encontraba recostado junto a la chimenea mostraba sus colmillos con expresión amigable, Marilyn con una copa suspendida en mitad del gesto cuyo líquido estaba a punto de derramarse. Todo quieto.
—Siempre pasa lo mismo en los juegos de rol. Siempre aparece alguien de la nada que lo sabe todo. Ya nadie se esfuerza en hacer un guion y una historia de peso, aparece de la nada y nos dice que estamos todos bajo sospecha, menudo “deus ex machina” falto de recursos
Abrió la nevera y sacó una lata de refresco que Marilyn, el asistente virtual del propio juego, le había indicado que tuviera a mano antes de empezar la partida. Un detalle extraño que en su momento no había cuestionado. Mientras abría la lata, buscó en el móvil la respuesta que confirmara su sospecha: el giro del detective no tenía ningún sentido. Tras la búsqueda se tranquilizó y se puso las gafas para disponerse a jugar a otro juego diferente, antes de iniciar el juego le dio un sorbo al refresco noto un cargado olor extraño y amargo.