Herencia mitocondrial
Lynn Margulis
Herencia mitocondrial
Seudónimo: Lynn Margulis
He cambiado nombres y he puesto iniciales falsas, para preservar el anonimato de todo relato que se presenta a un concurso. Aún así, aunque haya datos fingidos, les contaré al menos cinco verdades. La primera, que soy un hombre. El asunto, al final trataré de que sea patente, tiene su importancia. La segunda, que acabo de abrir un álbum familiar de fotografías antiguas, y he visto a mi abuela junto a otras chicas posando con sus útiles de costura. Áurea te punto, eme punto, con la mirada despierta que siempre tuvo, y una especie de flequillo al que no renunció con los años. Las cintas métricas caen por ambos lados del cuello de las jóvenes, y hay peinados al estilo de Farah Diba, como el que aparece en la imagen de una portada de la revista Hola pegada contra la pared. Al ver esa fotografía, me han venido a la memoria historias que oí contar a mi tía Puri. Que su madre, mi abuela, iba de joven a una academia de corte y confección con otras muchachas de su pueblo. Y que, como era la que leía con más fluidez, sus compañeras hacían una colecta, le compraban novelas y luego ella, en las interminables horas que compartían en el taller, les contaba las historias que previamente había leído. Imagino a unas mujeres ávidas de peripecias, metiendo dobladillos y dejándose llevar por la voz de cuentacuentos de Áurea te punto, eme punto. Sumergidas en las tramas amorosas de Corín Tellado, o viajando al antiguo Egipto siguiendo los pasos de Sinhué. Todo mientras fantaseaban con ser Rita Hayworth, o Grace Kelly posando en la portada de una revista. ¿No me digan que no es una anécdota tierna? La lectora empedernida, haciendo de intermediaria literaria y alimentando sueños y fantasías en la cabeza de sus compañeras.
La tercera verdad es que yo, aunque obviamente nunca estuve en ese taller de costura, fui testigo de esos momentos en que mi abuela refería sus historias. Lo digo porque en Navidades ella o mí tía Puri nos congregaban a los jóvenes en el salón y solían contarnos una película. Los mecanismos para mantener el interés del auditorio son exactamente iguales si estás desgranando el argumento de un novelón de mil páginas, o una obra cinematográfica. Así que es como si yo mismo hubiese acudido a ese taller en el que se mostraba cómo tejer con hilo de seda una deslumbrante construcción discursiva. Recuerdo haber visto, a través de las palabras de ambas, Los cañones de Navarone, o Dersu Uzala. Y haber seguido sus narraciones hipnóticas con un interés que dudo que hubiera puesto si hubiese estado viendo las imágenes en una pantalla. Falsos pescadores griegos escalan el acantilado en el que están instalados los cañones alemanes; un cazador siberiano salva la vida a un capitán ruso construyendo una cabaña improvisada en medio de una ventisca. Escuchando aquellos relatos, sufría por no saber cómo iba a terminar la escena. Esa habilidad para comunicar, pasó de mi abuela, a mi tía Puri, y de esta a mi prima, que escuchaba junto a mí estas historias. Se hereda a través de los cuentos que las madres leen a sus hijas antes de dormir, o (sostengo esa teoría que explicaré ahora) a través de los genes. Años después, mi prima publicó su primera novela. La segunda fue un best seller traducido a varios idiomas.
No sé si se habrán fijado, pero excepto yo que la estoy narrando, todas las protagonistas de esta historia son mujeres. Y ahí va la cuarta verdad. Existe una cosa que se llama herencia mitocondrial. Unos genes que solo se heredan por vía materna pasando de madres a hijos (no importa de qué sexo), pero que solo pueden transmitirse a la siguiente generación a través de las mujeres. Me hubiese gustado heredarlos, pero yo soy hijo de mi padre, y no de su hermana Puri. La quinta es que soy biólogo y entiendo como funciona ese mecanismo, pero resulta obvio que no es propio contarlo en un texto que se pretende narrativo. Mi teoría es que en esa treintena de genes quizás se encuentre la capacidad de tejer ese hilo de seda del que hablé antes y que te mantiene pegado a la trama. No solo en la costumbre de que mujeres cuenten historias a mujeres, sino en moléculas de ADN que pasan de madres a hijas. De mi abuela, con flequillo y ojos despiertos mirando a la cámara, a tía Puri y, finalmente, a mi prima.
Seudónimo: Lynn Margulis
He cambiado nombres y he puesto iniciales falsas, para preservar el anonimato de todo relato que se presenta a un concurso. Aún así, aunque haya datos fingidos, les contaré al menos cinco verdades. La primera, que soy un hombre. El asunto, al final trataré de que sea patente, tiene su importancia. La segunda, que acabo de abrir un álbum familiar de fotografías antiguas, y he visto a mi abuela junto a otras chicas posando con sus útiles de costura. Áurea te punto, eme punto, con la mirada despierta que siempre tuvo, y una especie de flequillo al que no renunció con los años. Las cintas métricas caen por ambos lados del cuello de las jóvenes, y hay peinados al estilo de Farah Diba, como el que aparece en la imagen de una portada de la revista Hola pegada contra la pared. Al ver esa fotografía, me han venido a la memoria historias que oí contar a mi tía Puri. Que su madre, mi abuela, iba de joven a una academia de corte y confección con otras muchachas de su pueblo. Y que, como era la que leía con más fluidez, sus compañeras hacían una colecta, le compraban novelas y luego ella, en las interminables horas que compartían en el taller, les contaba las historias que previamente había leído. Imagino a unas mujeres ávidas de peripecias, metiendo dobladillos y dejándose llevar por la voz de cuentacuentos de Áurea te punto, eme punto. Sumergidas en las tramas amorosas de Corín Tellado, o viajando al antiguo Egipto siguiendo los pasos de Sinhué. Todo mientras fantaseaban con ser Rita Hayworth, o Grace Kelly posando en la portada de una revista. ¿No me digan que no es una anécdota tierna? La lectora empedernida, haciendo de intermediaria literaria y alimentando sueños y fantasías en la cabeza de sus compañeras.
La tercera verdad es que yo, aunque obviamente nunca estuve en ese taller de costura, fui testigo de esos momentos en que mi abuela refería sus historias. Lo digo porque en Navidades ella o mí tía Puri nos congregaban a los jóvenes en el salón y solían contarnos una película. Los mecanismos para mantener el interés del auditorio son exactamente iguales si estás desgranando el argumento de un novelón de mil páginas, o una obra cinematográfica. Así que es como si yo mismo hubiese acudido a ese taller en el que se mostraba cómo tejer con hilo de seda una deslumbrante construcción discursiva. Recuerdo haber visto, a través de las palabras de ambas, Los cañones de Navarone, o Dersu Uzala. Y haber seguido sus narraciones hipnóticas con un interés que dudo que hubiera puesto si hubiese estado viendo las imágenes en una pantalla. Falsos pescadores griegos escalan el acantilado en el que están instalados los cañones alemanes; un cazador siberiano salva la vida a un capitán ruso construyendo una cabaña improvisada en medio de una ventisca. Escuchando aquellos relatos, sufría por no saber cómo iba a terminar la escena. Esa habilidad para comunicar, pasó de mi abuela, a mi tía Puri, y de esta a mi prima, que escuchaba junto a mí estas historias. Se hereda a través de los cuentos que las madres leen a sus hijas antes de dormir, o (sostengo esa teoría que explicaré ahora) a través de los genes. Años después, mi prima publicó su primera novela. La segunda fue un best seller traducido a varios idiomas.
No sé si se habrán fijado, pero excepto yo que la estoy narrando, todas las protagonistas de esta historia son mujeres. Y ahí va la cuarta verdad. Existe una cosa que se llama herencia mitocondrial. Unos genes que solo se heredan por vía materna pasando de madres a hijos (no importa de qué sexo), pero que solo pueden transmitirse a la siguiente generación a través de las mujeres. Me hubiese gustado heredarlos, pero yo soy hijo de mi padre, y no de su hermana Puri. La quinta es que soy biólogo y entiendo como funciona ese mecanismo, pero resulta obvio que no es propio contarlo en un texto que se pretende narrativo. Mi teoría es que en esa treintena de genes quizás se encuentre la capacidad de tejer ese hilo de seda del que hablé antes y que te mantiene pegado a la trama. No solo en la costumbre de que mujeres cuenten historias a mujeres, sino en moléculas de ADN que pasan de madres a hijas. De mi abuela, con flequillo y ojos despiertos mirando a la cámara, a tía Puri y, finalmente, a mi prima.