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Inanis

Ogalo

El maldito vacío. Fue instalándose lentamente en su vida, hasta hacerse con todo. A una cenicienta infancia bajo la sombra de la fábrica donde sus padres se morían cada día, le siguió una adolescencia igualmente encadenada a aquel monstruo de hormigón y acero donde aún hoy, más cerca de los treinta que de los veinte, continuaba alienando y vendiendo su espíritu a cambio de cinco miserables chelines semanales. Una fábrica que lo único que había aportado a su vida, todo lo que le había traído, eran Simone y la promesa de su luz. Hasta que ambas se esfumaron, harta ella de esa gris, asfixiante, mugrienta urbe, según decía en la carta que hubo de enviarle, culminada con un conmovedor “te quiero” que sencillamente nunca alcanzaría a comprender. A saber dónde habrá ido a parar, quizá también de algún modo haya conocido la nada.

El insoportable vacío. Tenía que quitárselo de encima como fuera, acabar con esa rueda de desesperación que parecía girar al compás de los engranajes de la factoría, pero que contrariamente a éstos no se detenía al terminar la jornada, sino que continuaba mantenida por su inercia, inagotable, perpetua. Urgía por tanto huir de allí, despistar a su memoria y encontrar un empleo que requiriese una mayor dedicación mental. Así que se dispuso a ojear los anuncios del diario vespertino, buscando una inspiración, que -como esperándolo- llegó prácticamente con el primer golpe de vista: el departamento de Física de la Universidad buscaba un bedel que además de gestionar las entradas y salidas ayudara con el mantenimiento y limpieza de los artilugios del laboratorio, así como mostrarse dispuesto a asumir otras pequeñas tareas para facilitar el trabajo de docentes e investigadores. Antes de que el diario descansara de nuevo sobre la mesa del pub, ya estaba entrando por la puerta del edificio principal, donde un engalanado ujier le indicó que podría ser entrevistado la mañana siguiente por el señor Benedict Johnson, en la segunda planta del mismo edificio. De nuevo allí a primera hora, el Sr. Johnson -hombre dotado de una notoria perspicacia y bondad- pudo percibir en aquel joven no sólo la disposición e inteligencia que fácilmente se le intuían, sino también la profunda desesperación que germinaba en su interior y que -de no ser ayudado- enraizaría para siempre, de modo que no dudó ni un segundo a la hora de contratarlo.

El aterrador vacío. Al fin había desaparecido. Cada día que despuntaba, el pasado se escurría un poco más por las grietas de su memoria, y tras casi dos años la angustia apenas zumbaba sobre él alguna que otra noche, como un mosquito que finalmente renunciase a aguijonearlo. Mientras, en la Universidad todo marchaba sobre ruedas. Escuchándolo todo, cuestionando y leyendo cuanto caía en sus manos, había descubierto en la física un mundo fascinante, plagado de preguntas y respuestas que mantenían su cabeza constantemente ocupada y lo integraban plenamente en un departamento que en esa época vivía con entusiasmo lo que se anunciaba como experimento crucial: se trataba de desentrañar la naturaleza más elemental de la materia, vislumbrar el interior de los átomos, bombardeando unas finísimas láminas de oro con partículas de origen radiactivo bautizadas como radiación alfa. En ese contexto, espoleado por una creciente seguridad en sí mismo y por el clima general de optimismo que se respiraba, se animó a interpelar al profesor Rutherford, eminente director del experimento en cuestión, a fin no sólo de satisfacer su curiosidad, sino también de hacer notar su capacitación y conocimientos. Así, tras lo que para él fue un emocionante primer intercambio de palabras, tuvo claro que además de haber captado perfectamente el objetivo del experimento, también había comprendido las conclusiones que de él se extraían: resulta que los átomos -en este caso los que conforman la lámina de oro- constan de un núcleo central contra el cual rebotan los rayos alfa cuando se topan con él, y alrededor del mismo se hallan unos diminutos electrones tan solo capaces de desviar la trayectoria de dichos rayos unos cuantos grados. Sin embargo, algo se le escapaba, ¿qué sucedía con todos los que no se habían desvíado?, ¿cómo era posible?, ¿es que había aire dentro de los átomos?. “Imposible, amigo mío, pues el aire es un conjunto de gases que a su vez contiene átomos. Si el experimento es correcto, querrá decir que los átomos, es decir, la materia, todo lo que nos rodea y por supuesto también nuestros propios cuerpos, están mayoritariamente ocupados por…”. Antes de que el broche final al circunloquio del Sr. Rutherford alcanzara sus oídos, se dibujó en su boca una amalgama de ironía, escepticismo y desesperanza, mientras unos centímetros más arriba, contra las paredes de su cráneo, retumbaba -salvaje, ensordecedora- la que sabía sería la respuesta: “El maldito, insoportable, aterrador…”