La boya
Esvarde
“Quiero saber una cosa…”, me dijo la mujer con la que salgo hace tres meses: “¿Tú te proyectas conmigo?”. Fui honesto. La palabra proyección me suscita la imagen de un arquitecto dibujando sobre una mesa inclinada. No es que jamás haya concebido un futuro con alguien, pero fue en una época en que creía tener mucho tiempo por delante. De cualquier forma, fue una pregunta incómoda.
No solo palabras, sino también fenómenos físicos elementales, aprendidos en el colegio, me generan una zozobra parecida; como, por ejemplo, que distintos puntos de una rueda giren a diferente velocidad o que las olas que viajan bajo una boya no la arrastren consigo y solo hagan que ascienda para después bajar. Peor aún fue enterarme de que ni siquiera esas olas viajaban y que, al igual que la boya, solo oscilaban en el mismo punto. Esta misma inquietud me otorgaba, sin embargo, la mansedumbre para mirar de brazos cruzados a los otros niños golpear inútilmente el agua para que regresara la pelota de playa que había ido a parar al mar.
Aunque la pregunta fue incómoda, me hizo pensar; no en mi futuro con ella ni en la índole de nuestra relación, como quizá pretendía, sino en la imagen de mis seres queridos y de los no tan queridos, pasados y presentes. Los vi flotando a mi alrededor, subiendo y descendiendo en el mismo punto sin que el transcurso del tiempo los arrastrara. Una vitrina de objetos y personas flotantes, sin dirección alguna, sin principio de inercia ni de gravedad. Todo esto le respondí a la mujer con la que salgo hace tres meses. Se quedó dormida.
No solo palabras, sino también fenómenos físicos elementales, aprendidos en el colegio, me generan una zozobra parecida; como, por ejemplo, que distintos puntos de una rueda giren a diferente velocidad o que las olas que viajan bajo una boya no la arrastren consigo y solo hagan que ascienda para después bajar. Peor aún fue enterarme de que ni siquiera esas olas viajaban y que, al igual que la boya, solo oscilaban en el mismo punto. Esta misma inquietud me otorgaba, sin embargo, la mansedumbre para mirar de brazos cruzados a los otros niños golpear inútilmente el agua para que regresara la pelota de playa que había ido a parar al mar.
Aunque la pregunta fue incómoda, me hizo pensar; no en mi futuro con ella ni en la índole de nuestra relación, como quizá pretendía, sino en la imagen de mis seres queridos y de los no tan queridos, pasados y presentes. Los vi flotando a mi alrededor, subiendo y descendiendo en el mismo punto sin que el transcurso del tiempo los arrastrara. Una vitrina de objetos y personas flotantes, sin dirección alguna, sin principio de inercia ni de gravedad. Todo esto le respondí a la mujer con la que salgo hace tres meses. Se quedó dormida.