La ciencia comienza por una buena pregunta
Golondrina
Me levanto y es un día más de clase como profesora de Biología y Geología de secundaria. El día transcurre con normalidad: atención a padres, examen con 3º ESO, clase con 4ºESO…y llega la séptima hora… ¡con 1ºESO!
De repente, un enjambre de preguntas atraviesa mi mente: “¿Cómo estarán hoy?”, “¿qué puedo hacer para que no se les haga demasiado densa la unidad sobre los animales invertebrados?”, “¿asimilarán bien tanto vocabulario nuevo?”.
Entro en la clase. Los alumnos parecen cansados, pero uso la artillería pesada: fotos y vídeos curiosos de los animales que ellos creían que conocían y, ¡magia!, en seguida observo bocas abiertas y miradas de asombro... ¿el motivo? ¡la regeneración!
Dicen que una imagen vale más que mil palabras y puedo asegurar que así es. El detonante de las expresiones de sorpresa de los alumnos era un vídeo sobre la fragmentación en planarias.
Segundos después de finalizar el vídeo, observo una mano levantada. Doy paso a la pregunta y… ¡la asombrada soy yo!
-Profe, si algunos animales son capaces de regenerarse, ¿por qué la medicina no los estudia para que podamos hacer lo mismo nosotros?
Antes de responder a la cuestión escucho susurros diciendo: “eso no se puede hacer, ¿cómo vamos a poder copiarlos?”. Tras ese comentario, al fondo surge uno más:
- Se puede, hay clones.
- ¿Qué dices de clones? Eso no tiene nada que ver.
Ante esta situación, yo me mantenía atónita frente al conocimiento científico de mis alumnos y su afán por aportar soluciones en el ámbito de la medicina. ¡Es en estos momentos cuando se forja la vocación científica! La clase estaba desviándose un poco del temario establecido, teníamos que terminar de hablar de los Platelmintos y comenzar con los Nematodos, pero… ¿cómo iba a parar esa lluvia de ideas?, ¿cómo poner fin a ese debate tan interesante?
En ese momento decidí responder a todas y cada una de las curiosas dudas de mis alumnos. Hablamos de diferentes animales invertebrados con regeneración de tejidos (planarias, estrellas de mar…) y les pregunté:
- ¿Conocéis algún vertebrado con esa capacidad?
- ¡Sí, profe! ¡Las lagartijas, a las que les vuelve a crecer la cola!
Entonces les hablé de los blastemas y las células madre, y surgió la pregunta que esperaba:
- ¿Nosotros tenemos células madre?
Les expliqué que sí, pero que a lo largo de nuestra vida tenemos diferentes tipos, siendo el cigoto una célula totipotente. Tras unos minutos de silencio intentando procesar toda esa información nueva, otra alumna interviene:
- ¿Por qué entonces, si cómo embriones podíamos formar cualquier tipo de célula, ya no podemos?
Ante tal escenario, yo no podía hacer otra cosa que felicitar a mi alumna y decirle:
- Señorita, esa pregunta se la han hecho grandes científicos, y tú, con trece años, estás casi al nivel de un premio Nobel.
- ¿Ah, sí? ¿Quién?
- Shinya Yamanaka, un investigador japonés que en su momento tuvo la misma inquietud que tú y consiguió reprogramar las células adultas para que fuesen pluripotentes.
Hablamos entonces de investigaciones actuales, como el estudio de Hydra vulgaris y el despertar de nuestros mecanismos de regeneración celular dormidos. Si nos remontamos a la primera cuestión que se formuló durante la sesión, en efecto, mis alumnos habían vuelto a pensar como los grandes científicos.
Quedaban diez minutos para que finalizase la clase y les aclaré la duda sobre qué era la clonación y su aplicación en medicina. Y, si bien su nivel académico no les permitía entender algunas de los conceptos a un nivel profundo, todos los niños tenían una cosa en común: la curiosidad, aquella capacidad de observar el mundo que les rodea y cuestionarse el porqué de todo, y que, desgraciadamente, en bastantes casos se pierde en la edad adulta.
No obstante, hay un grupo de personas que nunca la pierde: los científicos. Siempre habrá algo que podamos mejorar, algo que podamos descubrir o que podamos reinterpretar. No sé si alguno de mis alumnos llegará a dedicarse a la ciencia, pero de lo que sí estoy segura es de que, como su profesora, alimentaré su afán por el saber siempre que pueda.
El timbre sonó, mientras recogía mis cosas un par de alumnos se acercaron a decirme que la clase les había parecido muy interesante. Les di las gracias y, con una sonrisa, me fui a casa con la satisfacción de haber elegido bien mi profesión.
De repente, un enjambre de preguntas atraviesa mi mente: “¿Cómo estarán hoy?”, “¿qué puedo hacer para que no se les haga demasiado densa la unidad sobre los animales invertebrados?”, “¿asimilarán bien tanto vocabulario nuevo?”.
Entro en la clase. Los alumnos parecen cansados, pero uso la artillería pesada: fotos y vídeos curiosos de los animales que ellos creían que conocían y, ¡magia!, en seguida observo bocas abiertas y miradas de asombro... ¿el motivo? ¡la regeneración!
Dicen que una imagen vale más que mil palabras y puedo asegurar que así es. El detonante de las expresiones de sorpresa de los alumnos era un vídeo sobre la fragmentación en planarias.
Segundos después de finalizar el vídeo, observo una mano levantada. Doy paso a la pregunta y… ¡la asombrada soy yo!
-Profe, si algunos animales son capaces de regenerarse, ¿por qué la medicina no los estudia para que podamos hacer lo mismo nosotros?
Antes de responder a la cuestión escucho susurros diciendo: “eso no se puede hacer, ¿cómo vamos a poder copiarlos?”. Tras ese comentario, al fondo surge uno más:
- Se puede, hay clones.
- ¿Qué dices de clones? Eso no tiene nada que ver.
Ante esta situación, yo me mantenía atónita frente al conocimiento científico de mis alumnos y su afán por aportar soluciones en el ámbito de la medicina. ¡Es en estos momentos cuando se forja la vocación científica! La clase estaba desviándose un poco del temario establecido, teníamos que terminar de hablar de los Platelmintos y comenzar con los Nematodos, pero… ¿cómo iba a parar esa lluvia de ideas?, ¿cómo poner fin a ese debate tan interesante?
En ese momento decidí responder a todas y cada una de las curiosas dudas de mis alumnos. Hablamos de diferentes animales invertebrados con regeneración de tejidos (planarias, estrellas de mar…) y les pregunté:
- ¿Conocéis algún vertebrado con esa capacidad?
- ¡Sí, profe! ¡Las lagartijas, a las que les vuelve a crecer la cola!
Entonces les hablé de los blastemas y las células madre, y surgió la pregunta que esperaba:
- ¿Nosotros tenemos células madre?
Les expliqué que sí, pero que a lo largo de nuestra vida tenemos diferentes tipos, siendo el cigoto una célula totipotente. Tras unos minutos de silencio intentando procesar toda esa información nueva, otra alumna interviene:
- ¿Por qué entonces, si cómo embriones podíamos formar cualquier tipo de célula, ya no podemos?
Ante tal escenario, yo no podía hacer otra cosa que felicitar a mi alumna y decirle:
- Señorita, esa pregunta se la han hecho grandes científicos, y tú, con trece años, estás casi al nivel de un premio Nobel.
- ¿Ah, sí? ¿Quién?
- Shinya Yamanaka, un investigador japonés que en su momento tuvo la misma inquietud que tú y consiguió reprogramar las células adultas para que fuesen pluripotentes.
Hablamos entonces de investigaciones actuales, como el estudio de Hydra vulgaris y el despertar de nuestros mecanismos de regeneración celular dormidos. Si nos remontamos a la primera cuestión que se formuló durante la sesión, en efecto, mis alumnos habían vuelto a pensar como los grandes científicos.
Quedaban diez minutos para que finalizase la clase y les aclaré la duda sobre qué era la clonación y su aplicación en medicina. Y, si bien su nivel académico no les permitía entender algunas de los conceptos a un nivel profundo, todos los niños tenían una cosa en común: la curiosidad, aquella capacidad de observar el mundo que les rodea y cuestionarse el porqué de todo, y que, desgraciadamente, en bastantes casos se pierde en la edad adulta.
No obstante, hay un grupo de personas que nunca la pierde: los científicos. Siempre habrá algo que podamos mejorar, algo que podamos descubrir o que podamos reinterpretar. No sé si alguno de mis alumnos llegará a dedicarse a la ciencia, pero de lo que sí estoy segura es de que, como su profesora, alimentaré su afán por el saber siempre que pueda.
El timbre sonó, mientras recogía mis cosas un par de alumnos se acercaron a decirme que la clase les había parecido muy interesante. Les di las gracias y, con una sonrisa, me fui a casa con la satisfacción de haber elegido bien mi profesión.