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LA FÍSICA DE LA VIDA

Carlos Storm

Silencio.
Con esta palabra debería empezar cualquier historia digna de ser contada. Un denso y categórico silencio que sirva de preludio para lo que se ha de contar. Al menos esta es mi opinión: para que algo brille debe permanecer en la oscuridad, del mismo modo que para que haya ruido debe haber un silencio que lo preceda.

Estas abstracciones que, desde pequeño se habían acumulado en mi cerebro, se veían ahora abruptamente sacudidas por la salvaje hipótesis de que la energía no era creada ni destruida, simplemente se transformaba. Aquella idea me asediaba y trataba de convencerme de algo que siempre había negado con rotundidad. No podía, no quería creerlo, rechazaba cualquier opción que pudiese demostrar que era cierto. Si la energía nunca se veía afectada, ¿cuál era el motivo que nos impulsaba a emplearla en algo? La cabeza me daba vueltas y las náuseas recorrían cada célula de mi cuerpo.

Decidí meterme en la cama, pues la instructora del orfanato así lo exigía cuando llegaba la hora. Acomodado sobre la almohada, el pensamiento más temible hizo acto de presencia, ese indeseable sentimiento que me hacía respirar con un nudo en la garganta. Si lo que declaraba aquella ley era cierto, ¿qué había sucedido con la energía de mamá, la que la hacía sonreír y proponer planes cada vez más disparatados los fines de semana? ¿Acaso su energía simplemente se había desvanecido? ¿Se la llevó papá consigo a donde quiera que fuese? Caí dormido, sobrecogido por el dolor del recuerdo, con una duda que me rompía el alma, ¿se desvanecería también mi propia energía?

Viví años con esas ideas recorriendo de manera incansable lo más profundo de mi mente. Me sentía atrapado en una jaula de cristal que me asfixiaba. Sucedió un día como cualquier otro, un día demasiado exacto a los anteriores. Caminaba hacia el instituto, el sol sobrevivía cubierto por espesos nubarrones, las flores, ahogadas por el humo de los coches, no desprendían sus aromas. La gente con la que me cruzaba seguía con sus vidas, sin prestar la más mínima atención a nada que no les generase un beneficio económico. Me senté en el mismo sitio de siempre, con los mismos compañeros de siempre. Precisamente ahí, rompiendo la monotonía, en una especie de instante mágico, ella se acercó a mí. Tenía unos ojos hermosos escoltados por una sonrisa que me resultaba extrañamente familiar. Se sentó junto a mí y comenzó a hablarme. Yo la miraba y veía el brillo que manaba de sus bellos ojos, mientras un sinfín de sentimientos me sobrecogían. Era idéntica, la energía con la que me miraba era la de mamá. Entonces todo cobró sentido y el mundo cambió al completo para mí. Me sentía como un recién nacido experimentando vivencias nuevas. Mi corazón latió con fuerza y las manos se me empaparon de sudor. No encontraba palabras para expresar lo que sentía, pero había algo que resaltaba con claridad en mi mente: no quería dejar de sentirlo nunca.

De aquel día descubrí dos cosas que definirían el resto de mi vida. A aquella encantadora chica y a la ciencia, que me había ayudado a entender algo que ni todos los poemas del mundo podrían explicar, porque, si somos sinceros, ¿qué hay más humano que la ciencia? ¿qué hay más humano que el amor?

Hoy, cincuenta años después, escribo estas líneas con la mera intención de ayudar a aquellos que no encuentran su energía. Sé que cuando la mía se desvanezca, todo volverá a ser como era antes. Igual que termina cualquier historia digna de ser contada.

Con silencio.