Lola y los electrones
Hormiguilla
Lola, frente a la pared de espejos de su estudio, mira cómo su trenza morena se balancea mientras baila. Mueve sus manos y se gusta. Ella no entiende de electrones. No sabe que la vibración de esas diminutas partículas, que se genera por la incidencia de los rayos de luz, es la responsable de la imagen reflejada por la superficie plateada del espejo. Es decir, del reflejo de su imagen. No entiende de física. No, pero ese reflejo es su maestro. Es quien le indica sus errores y quien la refuerza cuando un zapateado es como tiene que ser.
Hoy está sola; quiere ensayar unos nuevos pasos para una bulería que está montando. A medida que el sonido de la guitarra llega a sus oídos, su cuerpo, poco a poco, despierta. Comienzan sus manos, que mueven levemente los dedos; sus brazos, que levantan suavemente un vuelo grácil. Le siguen sus pies, que se desplazan lentamente, y su espalda, que se mantiene erguida, conectando la tierra con su mente. Hasta que su rostro, serio pero feliz, comienza el baile. Ella se observa. En el espejo contempla cómo todo su cuerpo vibra a compás. Curiosamente, para que se proyecte la imagen, todos los electrones de esa superficie plateada tienen que bailar al compás de una misma música. Una música cuyo ritmo lo marca la luz que, reflejada por Lola, llega hasta el espejo. Me imagino a todos esos electrones formando un corro. Tarareando juntos: “un, dos; un, dos, tres; cuatro, cinco, seis; siete, ocho; nueve, diez”.
Hoy está sola; quiere ensayar unos nuevos pasos para una bulería que está montando. A medida que el sonido de la guitarra llega a sus oídos, su cuerpo, poco a poco, despierta. Comienzan sus manos, que mueven levemente los dedos; sus brazos, que levantan suavemente un vuelo grácil. Le siguen sus pies, que se desplazan lentamente, y su espalda, que se mantiene erguida, conectando la tierra con su mente. Hasta que su rostro, serio pero feliz, comienza el baile. Ella se observa. En el espejo contempla cómo todo su cuerpo vibra a compás. Curiosamente, para que se proyecte la imagen, todos los electrones de esa superficie plateada tienen que bailar al compás de una misma música. Una música cuyo ritmo lo marca la luz que, reflejada por Lola, llega hasta el espejo. Me imagino a todos esos electrones formando un corro. Tarareando juntos: “un, dos; un, dos, tres; cuatro, cinco, seis; siete, ocho; nueve, diez”.