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Mi sueño era ser astronauta

Irina Freitag Berenguel

Siempre he soñado con ser astronauta. Lo típico, ¿no? Ves las estrellas cuando eres pequeñita y sueñas a lo grande. Llegar a la Luna. Llegar al infinito y más allá. Lugares que parecen imposibles, pero a los que, sin embargo, hemos sido capaces de llegar diseñando cohetes. Hacer posible lo imposible. Siempre he soñado con ser astronauta. Y creo fielmente que los sueños se cumplen. Esta, es mi historia.

Los veranos en Barcelona siempre han sido calurosos. Bien temprano por la mañana, los primeros rayos de sol ya te provocan las primeras gotas de sudor, y no hay nada mejor que ir a la playa o bañarse en la piscina. Pero una de las suertes que tenía cuando era pequeña era poder ir a ver a mis abuelos a Alemania.

Mis abuelos alemanes siempre han tenido una cultura distinta a la mía. Viniendo de padres andaluces, el contraste en la forma de hablar, de organizarse y hasta de entender el mundo era enorme. Pero lo que más me marcó fue que, desde que tengo memoria, mi abuelo ha tenido abejas. Era apicultor, una palabra que probablemente no conocería si no fuera por él. Se encargaba de cuidar a las abejas, de observarlas, de recoger la miel que producían y de devolverles agua con azúcar para que siguieran fuertes. Desde pequeña, mis desayunos favoritos han sido pan tostado con mantequilla y miel. Miel de mi abuelo, por supuesto.

Pero ese no era su único trabajo. Mi abuelo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial siendo apenas un niño, y cuando creció decidió ser profesor. Y lo fue: profesor de inglés y de historia. Quería entender qué había llevado al mundo a una guerra y transmitirlo a sus alumnos para que aprendieran, para que no se repitiera. Y, aun así, nunca dejó las abejas. Le fascinaban sus bailes, esa forma tan precisa de indicar dónde encontrar comida.

Mi abuela, en cambio, no hacía miel. Pero tenía otro tipo de sabiduría. Era psicóloga. Nació en una época en la que a las mujeres se les esperaba casarse pronto, tener hijos y dedicarse a la casa. Pero ella decidió estudiar primero. Quería una carrera, quería entender la mente humana, quería ayudar. Y también quería ser madre. Así que tuvo a mi padre, pero nunca dejó de ejercer. Le apasionaba su trabajo. Gracias a ella aprendí que no existe una única manera de entender los problemas de las personas, que cada trauma tiene su forma de expresarse y que cada persona lleva una mochila invisible a la espalda. Ella me enseñó a escuchar, a mirar más allá de lo que se ve, a ser empática.

A excepción del verano, el resto del año lo pasaba con mis abuelos maternos, que eran andaluces. Ellos no hacían miel, ni eran psicólogos, ni profesores. De hecho, no sabían leer ni escribir. Pero eran las personas más sabias que he conocido.

Mi abuela andaluza me enseñó a cocinar desde lo más simple hasta lo más complejo. Su cocina era su forma de querer. Y era una forma creativa, caótica e increíble de conocer los alimentos y sus propiedades. Y mi abuelo… mi abuelo tenía una manera muy particular de enseñarme cosas. Recuerdo que un día me dijo: “¿Sabes que las gallinas no pueden mirar hacia arriba?”. Yo me reí, pensé que era una broma. Pero no: su cuello no tiene la rotación necesaria, así que para mirar al cielo tienen que girar todo el cuerpo. Él me enseñaba así, con pequeñas curiosidades que me hacían mirar el mundo con más atención. También me enseñó a querer a los perros, a los gatos y a cualquier ser vivo. Decía que lo que nos hace humanos no es solo poder llegar a la Luna, sino también saber cuidar de nuestro planeta.

Siempre he creído que mi sueño era ser astronauta. Lo típico, ¿no? Ves las estrellas cuando eres pequeñita y sueñas a lo grande. Y creo fielmente que los sueños se cumplen. Por eso soy investigadora. Porque mi abuelo alemán me enseñó que incluso los seres más pequeños, como las abejas, tienen un lenguaje complejo y fascinante. Porque mi abuela psicóloga me enseñó a entender a las personas y a mirar más allá de lo evidente. Porque mis abuelos andaluces me enseñaron que la sabiduría no siempre viene de los libros, sino de la vida, del cariño y de la curiosidad. Investigo porque quiero comprender. Porque quiero aportar. Y porque, aunque no haya llegado a ser astronauta, mi sueño es seguir mirando al cielo con la misma ilusión que cuando era pequeña.