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Objetos perdidos

Jiwon Choi

– Parece que hoy es tu día de suerte – sonrió Catalina.

Siete años trabajando en el puesto de información de Trinitat Nova eran más que suficientes para saber cuán improbable era que los objetos abandonados en aquellos gusanos de acero regresaran algún día a manos de sus dueños.

Facunda también lo sabía. No por su ocupación, sino porque en las últimas semanas se había dedicado a rebuscar entre objetos perdidos. Siempre sin ánimo de lucro, aunque veía en ello una posible oportunidad de negocio; simplemente no estaba dispuesta a invertir el esfuerzo que aquello requería.

A pesar de descripciones vagas y datos difusos, la respuesta solía ser siempre la misma: “Lo siento, pero no hemos encontrado lo que busca. Quizás lo perdiese en otro lugar.”

Sin embargo, esta vez la búsqueda había dado fruto.

– Gracias de corazón. ¡Ya la daba por perdida! Qué despistada soy –dijo con un alivio perfectamente ensayado.

Aquella mañana, al salir de casa, un hombre trajeado había cruzado a apenas un metro de su nariz. Desde entonces no había podido dejar de pensar en la cartera que llevaba. Una casi idéntica a la que ahora colgaba de su mano derecha.

Era la hora de comer y unos macarrones del día anterior la esperaban en la nevera. Pero al llegar a casa y abrir la cartera por primera vez, lo que encontró la absorbió por completo.

Dentro había una pila de papeles garabateados, desordenados, algunos incluso arrugados. Todos estaban repletos de fórmulas matemáticas: números, letras griegas, diagramas y tachones, muchos tachones. La caligrafía desproporcionada y las manchas de tinta delataban la prisa con la que habían sido escritos, como quien intenta atrapar un sueño antes de olvidarlo.

Decidida a descifrar aquel caos, cuando quiso darse cuenta el sol ya se estaba poniendo. Los macarrones seguían intactos y lo único que había averiguado era nada.

Sin dudarlo, salió a la calle en busca de ayuda. Recorrió pacientemente la línea verde hasta Zona Universitaria con la esperanza de encontrar a alguien capaz de arrojar luz sobre aquellas ecuaciones extraviadas que parecían discutir entre sí, como si intentaran ponerse de acuerdo sobre cómo funciona el universo.

Tras inventarle una historia al conserje de la facultad de física de la Universidad de Barcelona, este levantó la mirada de su partida de solitario y contestó.

– ¡Vaya milongas me cuentas! Estamos a punto de cerrar… Si tan importante es ese experimento que dices, deberías hablar con Ricardo. Estará en su despacho. Siempre está en su despacho... Dicen que es un genio incomprendido, para mi que está chalado… Si en media hora tú y tu amiguito no habéis salido a la acera de la calle, os quedáis a dormir que uno ya tiene una edad para jugar al escondite…

Cuando llamó a la puerta, esta se abrió ligeramente. La interrupción despertó al profesor, que dio un salto en la silla tirando una montaña de papeles y derramando café sobre el portátil. A juzgar por cómo lucía el despacho, no debía ser la primera vez.

– ¡No estaba durmiendo! ¡Lo prometo! ¿Sabes que el ser humano es tres veces más productivo sin estímulos externos? ¡Qué desastre! ¿Qué hora es? ¿Ha jugado ya el Barça? Espera… ¿quién eres tú?

Abrumada por la escena, Facunda tardó unos segundos en responder.

– Soy Facunda. Esta mañana encontré estos apuntes –dijo tendiéndole los papeles– pero no consigo entender lo que pone.

Los ojos de Ricardo se iluminaron.

– ¡Sabía que no era un sueño! ¿Dónde los has encontrado? ¡Qué más da! ¿Sabes qué es esto? ¡Es la solución a todos los problemas! ¿Has oído hablar de la teoría del todo? – preguntó mientras reía histéricamente – ¡Jaque mate Hawking! ¡El Nobel es mío! – gritó a la vez que ponía un pie en la mesa y otro en la silla. – ¡Se acabó dar clase a esos estúpidos críos! ¿Te gusta el bogavante? ¡Esta invito yo! – exclamó mientras lanzaba pilas de papeles por los aires.

Facunda no pudo evitar contagiarse de su entusiasmo y se unió a la celebración.

En pleno frenesí, Facunda agarró uno de los papeles que pisaba Ricardo sobre la mesa. Tiró de él. El profesor resbaló. La silla salió despedida hacia atrás y él cayó de espaldas. La esquina de un archivador impactó en su nuca. Muerte instantánea.

Desplomado en el suelo como un saco de patatas en una exhibición de contorsionismo, sus pupilas húmedas de felicidad quedaron clavadas en Facunda. Sin apartarle la mirada, se agachó para recoger la, ahora suya, cartera negra, dio dos pasos atrás, cerró la puerta sutilmente, y abandonó el edificio.

– Ricardo hoy no se encuentra en su despacho. O al menos no quiere recibir visitas –le dijo al conserje con una sonrisa forzada al salir–. Parece que hoy no es mi día de suerte.