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RECUPERA

Dafne

I

Iván intenta seguir la conversación, pero su mano deja de escribir. Moscas negras invaden la sala de repente. Moscas que se multiplican y vuelan con violencia. Desde la corbata del tipo que habla de la inflación actual, hasta las sudorosas manos del becario que aprieta el puntero aterrorizado. Parpadea agitado. Siguen ahí. El vítreo sigue tirando, la retina termina de ceder. La sala estalla en relámpagos sin trueno. Los rombos azules de la corbata sobre el cinturón de cuero son lo último que recuerda haber visto con claridad.

Las palabras que Paula mira fijamente en el ordenador se vuelven más y más borrosas. "Migraña", piensa, "qué fastidio". Pero la niebla no cesa tras el ibuprofeno de rescate. Avanza desde el borde temporal, paciente, como si conociera el camino a la perfección. Presión silenciosa, náuseas repentinas. El oftalmólogo hablará luego de glaucoma agudo; ella solo recordará el color exacto del fondo de escritorio de aquel día.

Eduardo estrena hoy su casco rojo. Siente el mundo inclinarse cuando el coche lo roza a ciento treinta kilómetros por hora. No hay un golpe grande; casi parece que no haya ocurrido nada. El rojo del acero se estrella contra el del casco sin ruido perceptible. Lesión traumática, dirán. Por ahora, solo un conjunto de luces que ya no obedecen.

Nerea avanza por la acera con la mochila llena de libros, repasando en su cabeza las doscientas hojas que ha conseguido memorizar. Acelera el paso nerviosa, pero un mareo súbito la detiene. “Tengo tiempo para unos minutos de descanso”, piensa, “el examen no empieza hasta y cuarto”. Su mirada queda fija en un Seat Ibiza esperando un semáforo, cuando la imagen se apaga de golpe. Los capilares que la diabetes llevaba años tejiendo en silencio acaban de romperse.

La alarma de las siete despierta a Ricardo como cualquier mañana. Pero hoy algo es distinto. Al abrir los ojos, una mancha negra ocupa el centro del cuarto. Mueve la cabeza y pestañea; no termina de despertar. Busca el marco donde solía encontrar la sonrisa de sus dos hijas. La arteria se ha cerrado sin aviso y, aunque sabe que los rostros siguen allí, envueltos en cabellos de oro, él ya no consigue dibujarlos en su cabeza.

II

Los rayos de luz se escurren con la rapidez de la tragedia. Último sol, última imagen, último instante del mundo tal y como se había conocido hasta entonces. Apenas hay aviso, y no parece haber marcha atrás. La biología hace de las suyas: células que se rompen, tejidos que ceden, defensas que no distinguen enemigos, presiones que se disparan. El cuerpo reacciona como puede, y, con el tiempo, la caída completa. La sombra termina de cerrarse. Hay que aprender a medir la vida con sonidos, con tacto. Acostumbrarse al negro constante. Algunos lloran, otros se resignan. Nadie, sin embargo, vuelve a vivir igual. Tampoco se olvida la última imagen, que queda atrapada en un lugar extraño de la memoria, borrosa pero insistente.

Y entonces, todas las escenas se mueven hacia el mismo punto, como si alguien tirara de ellas con fuerza. Un pasillo blanco. Las suelas chillonas de zapatos apresurados. El latido de una máquina que poco tiene de poético. No hay magia, pero sí técnica: movimientos precisos, láser que sella, suturas invisibles… y un fármaco nuevo que entra en sangre humana por primera vez tras años viajando entre laboratorios. Una molécula que, de forma discreta, les recuerda a los fotorreceptores que aún no es momento de rendirse.

Los ojos vendados primero. Luego, la luz que vuelve tímida y desconfiada. De fondo, una voz pausada repite:

Paciente 1760, recupera.
Paciente 1762, recupera.
Paciente 1763, recupera.

Cada número, una vida que regresa al color de la independencia, al amor de ver a un hijo crecer, a la paz de una noche de estrellas, al asombro de un sol que sale de nuevo. Cada “recupera”, un gesto de alivio en padres que aprietan manos, hijas que sonríen incrédulas, maridos que vuelven a disfrutar del destello de alegría en los ojos que los miran cada mañana al despertar.

Paciente 1764, recupera.

El quirófano respira emoción. Los que lo abandonan llevan la mirada cargada de gratitud.

Paciente 1765, y último del ensayo clínico, recupera.

III

Silencio contundente en la sala. Las hojas se apilan, los datos se ordenan. Los porcentajes comienzan a tomar forma. Y con ellos, corbatas azules, Seats Ibiza, cascos rojos, fondos de escritorio y cabellos rubios.

¿Cuál es el total? —pregunta el médico.

La joven investigadora, que lleva años memorizando nombres de células y fármacos, y también los de muchas personas, levanta sus ojos verdes. Dice, con la emoción contenida de quien ve años de profesión merecer la pena:

—El noventa y dos por ciento… recupera visión.