REINICIO
Lucía Maynau
Enzo abrió los ojos, era un paisaje de montaña precioso, carecía de humanos pero se podían observar mariposas batiendo sus alas de hermosos colores, el susurro de los pájaros cantando, era un paraíso. En cambio Enzo no recordaba nada, ni de dónde venía, solo que se llamaba Enzo.
No pasaron más de 10 segundos cuando sonó un fuerte pitido. Seguido de eso escuchó una voz humana. Era grave y neutra, no mostraba ninguna emoción, sin embargo no había nadie, era solo naturaleza. Sintió como si le hablasen desde un micrófono, eran instrucciones: “Bienvenido a Reinicio, el sitio más desafiante jamás visto en la historia, aquí encontrarás desafíos. Deberás llegar al destino asignado en 24 horas, si no lo consigues perderás. Será una distancia de 96 kilómetros, suerte”.
Flotando en el aire apareció un reloj, era un temporizador de 24 horas. Enzo no dudó y se preparó. Delante apareció un mapa virtual que le indicaba a medida que se movía, junto a una calculadora, una hoja y un lápiz. Sin más dilación emprendió camino.
Mientras caminaba se puso a pensar cómo haría para llegar a tiempo. Se sabía cada fórmula que debía utilizar. Para asegurarse usó la fórmula de la velocidad e hizo cálculos. Comenzó a contar con sus dedos y sin esperarlo empezaron a pixelarse. Se llenó de miedo, pidió ayuda, pero estaba despoblado.
Cuando volvió a mirar todo había vuelto a la normalidad, no le dio importancia pero nada era normal, demasiado pacífico. Sacó la calculadora y pensó: “Tengo que recorrer 96 kilómetros en 24 horas”. Finalmente concluyó que debía recorrer 4 kilómetros por hora.
Al cabo de tres horas llevaba 12 kilómetros y decidió descansar, eso significaba ir más rápido después, pero estaba agotado. Mientras descansaba volvió a escuchar la voz: “Has llegado al punto de guardado 1”. Enzo no entendió y se quedó dormido.
Cuando despertó miró el tiempo. ¡Habían pasado dos horas! Se le había pasado volando. Si quería compensarlo necesitaba recorrer 6 kilómetros en una hora.
El mapa mostró un nuevo camino con un dibujo de árboles, indicaba que debía recorrer 2 kilómetros, era un atajo. Sin embargo era el primer desafío. Enzo decidió ir por el atajo.
En cuanto puso un pie el cielo cambió de color, no se escuchaban pájaros, ahora era un ambiente de terror. Apareció un panel con coordenadas. Enzo anotó todo. No había avanzado cuando cayó un pájaro muerto enfrente de él. Quiso salir, estaba aterrorizado. Pero al darse la vuelta se estampó contra algo invisible.
Buscó el obstáculo pero no había nada. Levantó la mano y chocó contra una pared invisible. Hizo fuerza y por un instante se volvió pixelada. Mostraba a un tipo enmascarado frente a un ordenador. Enzo estaba atónito. La figura se giró y lo miró. Tenía una expresión de enfado y miedo. Volvió a su ordenador y pulsó una tecla. El paisaje volvió pero él ya sabía que nada era real.
Leyó las instrucciones: debía pasar el atajo en 2 horas o perdería. Había un botón, debía pulsarlo. Lo hizo.
Las primeras coordenadas eran “5, 8”, buscó el número, los árboles comenzaron a moverse y todo cambió.
Media hora después vio una cámara en un árbol, entonces lo entendió. No era un paraíso, todo era un juego. Todo estaba siendo controlado por alguien, el jefe supremo. Enzo sabía que era aquel señor misterioso.
No lo detuvo, decidió mostrar sus habilidades.
Quedaban 5 minutos, “8,3”, “7,4”, escapó.
Volvió al campo, todo era colorido. Siguió caminando, se topó con osos y minijuegos hasta llegar al último tramo.
Esta vez no había elección. Pero ya no tenía miedo. “Tercer punto de guardado”, se escuchó.
El juego consistía en cruzar un puente de 50 metros en 12 segundos, no podía ir ni muy rápido ni muy lento. Enzo hizo el cálculo, distancia partido de tiempo, 3,3 metros por segundo, y empezó.
Avanzó con precisión. Le quedaban tres metros cuando volvió a ver la cámara. La odiaba.
Llegó al final, pero apareció otra puerta a su izquierda. La puerta misteriosa parecía llamarle. La abrió.
No había nada más que una caída al vacío, pero un rayo de luz se asomaba, saltó.
Cayó en una sala oscura. Había un espejo, se miró. Era abstracto y dibujado. Una luz se encendió detrás. Se giró y vio una figura idéntica. Tenía subtítulos: “NPC 1, personaje de prueba”.
No gritó, no dijo nada, se sentía vacío.
No sentía dolor, no tenía conciencia. Enzo había sido creado como personaje de prueba para un juego virtual.
Se inició un cronómetro. No hizo nada, cerró los ojos y desapareció.
Cuando abrió los ojos volvía a estar en el inicio, ese campo de flores, pero no recordaba nada.
El juego se había reiniciado.
No pasaron más de 10 segundos cuando sonó un fuerte pitido. Seguido de eso escuchó una voz humana. Era grave y neutra, no mostraba ninguna emoción, sin embargo no había nadie, era solo naturaleza. Sintió como si le hablasen desde un micrófono, eran instrucciones: “Bienvenido a Reinicio, el sitio más desafiante jamás visto en la historia, aquí encontrarás desafíos. Deberás llegar al destino asignado en 24 horas, si no lo consigues perderás. Será una distancia de 96 kilómetros, suerte”.
Flotando en el aire apareció un reloj, era un temporizador de 24 horas. Enzo no dudó y se preparó. Delante apareció un mapa virtual que le indicaba a medida que se movía, junto a una calculadora, una hoja y un lápiz. Sin más dilación emprendió camino.
Mientras caminaba se puso a pensar cómo haría para llegar a tiempo. Se sabía cada fórmula que debía utilizar. Para asegurarse usó la fórmula de la velocidad e hizo cálculos. Comenzó a contar con sus dedos y sin esperarlo empezaron a pixelarse. Se llenó de miedo, pidió ayuda, pero estaba despoblado.
Cuando volvió a mirar todo había vuelto a la normalidad, no le dio importancia pero nada era normal, demasiado pacífico. Sacó la calculadora y pensó: “Tengo que recorrer 96 kilómetros en 24 horas”. Finalmente concluyó que debía recorrer 4 kilómetros por hora.
Al cabo de tres horas llevaba 12 kilómetros y decidió descansar, eso significaba ir más rápido después, pero estaba agotado. Mientras descansaba volvió a escuchar la voz: “Has llegado al punto de guardado 1”. Enzo no entendió y se quedó dormido.
Cuando despertó miró el tiempo. ¡Habían pasado dos horas! Se le había pasado volando. Si quería compensarlo necesitaba recorrer 6 kilómetros en una hora.
El mapa mostró un nuevo camino con un dibujo de árboles, indicaba que debía recorrer 2 kilómetros, era un atajo. Sin embargo era el primer desafío. Enzo decidió ir por el atajo.
En cuanto puso un pie el cielo cambió de color, no se escuchaban pájaros, ahora era un ambiente de terror. Apareció un panel con coordenadas. Enzo anotó todo. No había avanzado cuando cayó un pájaro muerto enfrente de él. Quiso salir, estaba aterrorizado. Pero al darse la vuelta se estampó contra algo invisible.
Buscó el obstáculo pero no había nada. Levantó la mano y chocó contra una pared invisible. Hizo fuerza y por un instante se volvió pixelada. Mostraba a un tipo enmascarado frente a un ordenador. Enzo estaba atónito. La figura se giró y lo miró. Tenía una expresión de enfado y miedo. Volvió a su ordenador y pulsó una tecla. El paisaje volvió pero él ya sabía que nada era real.
Leyó las instrucciones: debía pasar el atajo en 2 horas o perdería. Había un botón, debía pulsarlo. Lo hizo.
Las primeras coordenadas eran “5, 8”, buscó el número, los árboles comenzaron a moverse y todo cambió.
Media hora después vio una cámara en un árbol, entonces lo entendió. No era un paraíso, todo era un juego. Todo estaba siendo controlado por alguien, el jefe supremo. Enzo sabía que era aquel señor misterioso.
No lo detuvo, decidió mostrar sus habilidades.
Quedaban 5 minutos, “8,3”, “7,4”, escapó.
Volvió al campo, todo era colorido. Siguió caminando, se topó con osos y minijuegos hasta llegar al último tramo.
Esta vez no había elección. Pero ya no tenía miedo. “Tercer punto de guardado”, se escuchó.
El juego consistía en cruzar un puente de 50 metros en 12 segundos, no podía ir ni muy rápido ni muy lento. Enzo hizo el cálculo, distancia partido de tiempo, 3,3 metros por segundo, y empezó.
Avanzó con precisión. Le quedaban tres metros cuando volvió a ver la cámara. La odiaba.
Llegó al final, pero apareció otra puerta a su izquierda. La puerta misteriosa parecía llamarle. La abrió.
No había nada más que una caída al vacío, pero un rayo de luz se asomaba, saltó.
Cayó en una sala oscura. Había un espejo, se miró. Era abstracto y dibujado. Una luz se encendió detrás. Se giró y vio una figura idéntica. Tenía subtítulos: “NPC 1, personaje de prueba”.
No gritó, no dijo nada, se sentía vacío.
No sentía dolor, no tenía conciencia. Enzo había sido creado como personaje de prueba para un juego virtual.
Se inició un cronómetro. No hizo nada, cerró los ojos y desapareció.
Cuando abrió los ojos volvía a estar en el inicio, ese campo de flores, pero no recordaba nada.
El juego se había reiniciado.