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Seré misterio

Chang

En la gran ciudad de Los Ángeles (o al menos lo que queda de ella), se oyen gritos y quejas. Provienen de un punto bastante alejado del centro: el JPL, el laboratorio de la NASA donde diseñan y construyen las naves espaciales.
Al acercarse, se ve un grupo bastante numeroso de manifestantes, que gritan y levantan carteles hechos con la poca madera que queda en la ciudad.
Cuando la mayoría de la gente empieza a cansarse de la espera, una persona sale al balcón del edificio para oír el griterío.
—¡Está allí! ¡Es el presidente de la NASA! —chilla la multitud. El director, el señor Jared, ni se inmuta y espera a que la gente haga sus preguntas. —¿Dónde se encuentran los astronautas? ¿Nos han abandonado? ¿Acaso están muertos?
Jared apoya la cabeza sobre su mano, pensativo.
—Eso es información confidencial. —La gente entra en cólera y se retoman las protestas. —Pero si tenéis más preguntas, estaremos encantados de responderlas.
Nadie dice nada.
—Bien, si solo tenéis eso que decir, me voy. —El director se esconde dentro del edificio, mientras la gente tira todo tipo de objetos por los aires.
En el interior del laboratorio, un científico se acerca a Jared.
—Señor, debemos decirles la verdad… —Su tono de voz resulta convincente.
—¿Y de qué serviría? De nada. —Lo dice con una afirmación que hace que el científico se sonroje—. Bueno… Dime cómo van nuestros queridos astronautas…
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—La situación es crítica —dice el fastidioso robot que vigila que todo esté bien. —Ya casi se han terminado las provisiones y parece que nadie ha recibido vuestros mensajes. —Intento parecer que no estoy tenso.
—¿Tienes alguna buena noticia? —pregunto al robot. El resto de los compañeros se me quedan mirando con cara de pocos amigos. Todos menos Jinny, que me mira con compasión.
—¿Que yo seguiré vivo mientras vosotros os comeréis entre vosotros? —Deberíamos bajarle el sentido del humor al 30%. Intento ignorar los comentarios de la máquina y me acerco a la ventana. Nos estamos aproximando a un planeta que, para mi sorpresa, tiene agua; eso sí, agua verde.
—¡En ese planeta hay agua! —grito para que todos me oigan.
Mientras nos aproximamos al planeta, decidimos revisar provisiones y todo el material necesario para explorarlo. Agua, comida, material de exploración, seguridad y combustible.
—Podría ser peor. —Opina John. Todos estamos de acuerdo con él.
El planeta es más bonito una vez atraviesas su atmósfera gaseosa. Aunque empiezo a dudar que pueda ser habitable, ya que solo hemos visto dos islas bastante pequeñas. Todo lo demás es una especie de líquido verde.
—¡Gente! No hay sitio donde aterrizar la nave. —Dice el robot. Nadie responde. Intentamos descender a una de las islas. Al llegar, no parece que haya nada malo, pero de repente la isla empieza a moverse. La “isla” se despliega. Nos hundimos.
—Creo que esto no es una isla de verdad. —Dice Andrew.
—No me digas. —Los intento ignorar. Entonces veo un cuerpo amarillo enorme que se acerca hacia nosotros.
—¡UN GUSANO GIGANTE! —grito—. ¡Robot, activa la nave! —No obtengo respuesta. Voy corriendo hasta la sala de control y veo que la IA se ha desconectado. ¡No tenemos Robot!. Genial. Intento poner en funcionamiento la nave, pero el agua lo impide.
—¡John!, ¡Tira todo el combustible por las toberas!
—¿¡Pero te has vuelto loco!?
—¡Tú hazlo! —El gusano ya ha arrancado un propulsor. El contacto entre el combustible y el fuego, incluso bajo el agua, provoca que la nave salga disparada, atravesando su atmósfera y escapando del planeta y su enorme gusano.
Pasan los días, y nadie me dirige la palabra. Las provisiones se terminan.
Entonces Michel me grita desde el cuarto de mandos. Al llegar, veo que todos están reunidos.
—Hemos meditado en volver a casa con las cápsulas de escape. —Me da vergüenza pensar que hemos fracasado con la misión.
Esa misma tarde, después de que ellos revisen las cápsulas y comprueben que están en buen estado, decidimos partir al día siguiente.



Al despertarme, me dirijo a la sala principal, pero me sorprende el hecho de que no haya nadie. Corro hacia las habitaciones de mis compañeros. Nadie. Voy al cuarto de mando. Nadie. Es como si todos hubiesen desaparecido. Me paralizo al llegar a la sala de cápsulas. Vacía!. Se han ido sin mí.
Abrumado, me precipito hacia la cocina y reviso los armarios. Es cuando entiendo la cruda realidad: me han dejado solo, en medio del espacio, sin provisiones, sin combustible y sin ninguna posibilidad de volver a casa.
Ya lo único que puedo hacer es esperar. Esperar la llegada, quizás, de otros astronautas y que me encuentren en esta nave abandonada. Que se pregunten qué pasó, cómo terminé así y qué le pasó al resto de la tripulación. Seré un misterio.



FIN
O no…