Sin que te pase nada
SINTROM16
Soy Jose, tengo 19 años y soy el mayor de tres hermanos. Desde que tengo memoria vivimos solos con nuestra madre. Mi padre nos abandonó hace ya muchos años y cuando cumplí los 15 comprendí que debía empezar a ayudar en casa.
Somos una familia con muy pocos recursos. Cada día buscamos un lugar donde dormir o, al menos, un techo bajo el que refugiarnos de la lluvia y el viento. No siempre es fácil, pero intento mantenerme fuerte.
Mi madre trabaja en un hospital como limpiadora. Gana muy poco y casi siempre hace horas extra para sacarnos adelante. Cuando cumplí los 16 años, conseguí un trabajo como camarero cerca del colegio de mis hermanos. Aún así, entre los dos no era suficiente.
Una tarde, al salir del trabajo, estaba exhausto. Era domingo y había atendido demasiados turistas. Crucé la puerta soltando un suspiro, intentando dejar allí todo el cansancio. Entonces, vi un cartel pegado en una farola: "Se necesita participante para probar unos nuevos antibióticos. Compensación: 36.000 euros."
Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba... y lo arranqué.
Cuando nos reunimos con nuestra madre, le enseñé el papel. Me miró en silencio, con el rostro tenso. Aquella noche hablamos largo y tendido. Sabíamos que era arriesgado, pero también que podía cambiar nuestras vidas.
Al final, llegamos a un acuerdo: ella preguntaría en el hospital para informarse mejor y, después tomaríamos una decisión.
Al día siguiente salí del trabajo, inquieto. Al pasar delante de la misma farola, vi otro cartel. La recompensa había aumentado. Aquello no me gustó.
Ya en casa, mi madre me explicó lo que había averiguado: el experimento trataba sobre un antibiótico llamado NexNanoCilín. Sólo funcionaba en una pequeña parte de la población, personas con un tipo específico de neuronas asociadas a un genotipo llamado Nexina, presente en el cromosoma 13.
Al escucharlo, dudé. Pero cuando le comenté que la recompensa había subido en 20.000 €, su cara cambió. Abrió los ojos con sorpresa y al instante, dice con voz temblorosa: - "Jose, sé que quieres lo mejor para nosotros, pero sin que te pase nada."
La miré, pero no respondí. Esa noche no dormí.
Al día siguiente, al salir del restaurante, me anoté al experimento.
Al entrar en el consultorio me recibe el doctor Mateo Romín Cilín. Me estrechó la mano y me explicó el proceso: me inocularían una bacteria llamada Nanothera infectus y debería seguir el tratamiento durante un mes. La primera semana iría a revisión cada tres días, la segunda diariamente y las dos últimas tendría que permanecer ingresado.
Acepté.
El doctor salió de la consulta y volvió con una jeringuilla enorme llena de un líquido verde fluorescente que parecía sacada de una peli de terror. Sin avisar, me la inyectó en el brazo derecho.
-En tres días te veo, -dijo
Esos tres días fueron un infierno, no porque me sentaran mal las pastillas ni la inyección, sino por ocultárselo a mi madre. El día de la revisión la vi salir del hospital, mientras yo bajaba del autobús, me pareció extraño pero no le di importancia.
Ya en consulta me sacaron sangre y me fui rápido. Al volver al albergue en el que estábamos esos días, le dije a mi madre que tendría que ausentarme dos semanas por trabajo. Me miró y me dijo:
-No hay problema. La recepcionista me ha dicho que podemos quedarnos aquí todo el tiempo que queramos.
Eso me tranquilizó.
Tres días después vuelvo al hospital, y mi madre está de nuevo allí. Empecé a sospechar, la noté algo extraña, se movía como si estuviese tomando algo. Entré en consulta y salí pronto: todo estaba perfectamente.
Al llegar al albergue, le pregunté a mi madre que le estaba pasando, y me contestó:
-"Nada Jose, sólo un resfriado".
En ese momento pensé que si era un resfriado normal no iría al consultorio tantas veces ni los mismos días que yo. No la creí pero no dije nada.
Cuando llegó el momento de ingresar, preparé una pequeña maleta. Me llevaron a una habitación con una cama, una máquina de diálisis y un baño. El doctor me explicó que la máquina de diálisis era para analizarme la sangre en tiempo real.
Durante esas dos semanas estuve bien siempre, no tuve ningún síntoma.
Llegó el momento de salir, el doctor me entregó un maletín con el dinero. Lo cogí sin decir nada.
Corrí hacia el albergue para contárselo a mi madre... pero no estaba.
-Lleva dos días sin aparecer. - me dijeron mis hermanos.
En ese mismo instante recibo una llamada del doctor.
y..., lo entendí todo.
Desde ese momento, supe que tendría que hacerme cargo de mis hermanos para siempre.
Somos una familia con muy pocos recursos. Cada día buscamos un lugar donde dormir o, al menos, un techo bajo el que refugiarnos de la lluvia y el viento. No siempre es fácil, pero intento mantenerme fuerte.
Mi madre trabaja en un hospital como limpiadora. Gana muy poco y casi siempre hace horas extra para sacarnos adelante. Cuando cumplí los 16 años, conseguí un trabajo como camarero cerca del colegio de mis hermanos. Aún así, entre los dos no era suficiente.
Una tarde, al salir del trabajo, estaba exhausto. Era domingo y había atendido demasiados turistas. Crucé la puerta soltando un suspiro, intentando dejar allí todo el cansancio. Entonces, vi un cartel pegado en una farola: "Se necesita participante para probar unos nuevos antibióticos. Compensación: 36.000 euros."
Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba... y lo arranqué.
Cuando nos reunimos con nuestra madre, le enseñé el papel. Me miró en silencio, con el rostro tenso. Aquella noche hablamos largo y tendido. Sabíamos que era arriesgado, pero también que podía cambiar nuestras vidas.
Al final, llegamos a un acuerdo: ella preguntaría en el hospital para informarse mejor y, después tomaríamos una decisión.
Al día siguiente salí del trabajo, inquieto. Al pasar delante de la misma farola, vi otro cartel. La recompensa había aumentado. Aquello no me gustó.
Ya en casa, mi madre me explicó lo que había averiguado: el experimento trataba sobre un antibiótico llamado NexNanoCilín. Sólo funcionaba en una pequeña parte de la población, personas con un tipo específico de neuronas asociadas a un genotipo llamado Nexina, presente en el cromosoma 13.
Al escucharlo, dudé. Pero cuando le comenté que la recompensa había subido en 20.000 €, su cara cambió. Abrió los ojos con sorpresa y al instante, dice con voz temblorosa: - "Jose, sé que quieres lo mejor para nosotros, pero sin que te pase nada."
La miré, pero no respondí. Esa noche no dormí.
Al día siguiente, al salir del restaurante, me anoté al experimento.
Al entrar en el consultorio me recibe el doctor Mateo Romín Cilín. Me estrechó la mano y me explicó el proceso: me inocularían una bacteria llamada Nanothera infectus y debería seguir el tratamiento durante un mes. La primera semana iría a revisión cada tres días, la segunda diariamente y las dos últimas tendría que permanecer ingresado.
Acepté.
El doctor salió de la consulta y volvió con una jeringuilla enorme llena de un líquido verde fluorescente que parecía sacada de una peli de terror. Sin avisar, me la inyectó en el brazo derecho.
-En tres días te veo, -dijo
Esos tres días fueron un infierno, no porque me sentaran mal las pastillas ni la inyección, sino por ocultárselo a mi madre. El día de la revisión la vi salir del hospital, mientras yo bajaba del autobús, me pareció extraño pero no le di importancia.
Ya en consulta me sacaron sangre y me fui rápido. Al volver al albergue en el que estábamos esos días, le dije a mi madre que tendría que ausentarme dos semanas por trabajo. Me miró y me dijo:
-No hay problema. La recepcionista me ha dicho que podemos quedarnos aquí todo el tiempo que queramos.
Eso me tranquilizó.
Tres días después vuelvo al hospital, y mi madre está de nuevo allí. Empecé a sospechar, la noté algo extraña, se movía como si estuviese tomando algo. Entré en consulta y salí pronto: todo estaba perfectamente.
Al llegar al albergue, le pregunté a mi madre que le estaba pasando, y me contestó:
-"Nada Jose, sólo un resfriado".
En ese momento pensé que si era un resfriado normal no iría al consultorio tantas veces ni los mismos días que yo. No la creí pero no dije nada.
Cuando llegó el momento de ingresar, preparé una pequeña maleta. Me llevaron a una habitación con una cama, una máquina de diálisis y un baño. El doctor me explicó que la máquina de diálisis era para analizarme la sangre en tiempo real.
Durante esas dos semanas estuve bien siempre, no tuve ningún síntoma.
Llegó el momento de salir, el doctor me entregó un maletín con el dinero. Lo cogí sin decir nada.
Corrí hacia el albergue para contárselo a mi madre... pero no estaba.
-Lleva dos días sin aparecer. - me dijeron mis hermanos.
En ese mismo instante recibo una llamada del doctor.
y..., lo entendí todo.
Desde ese momento, supe que tendría que hacerme cargo de mis hermanos para siempre.