Un error (des)ordenado
Noether
Arthur se despertó a las 08:00h, con el cambio de marea termodinámica. Durante las próximas doce horas, el Universo se comportaría educadamente: la energía se dispersaría, el café se enfriaría y su habitación se desordenaría.
-Ah, la dulce libertad del caos- susurró Arthur, viendo cómo una mancha de humedad se expandía caprichosamente por el techo.
Arthur era un “agente de nivelación” en el Ministerio del Desorden. Su trabajo era vital: durante la fase de entropía creciente, debía asegurarse de que las cosas se rompieran de manera esperada, que el Universo siguiera su curso natural. Arthur desayunaba tostadas que se desmigajaban con una predictibilidad reconfortante. Era el momento de la creatividad, del libre albedrío y de las manchas de grasa sin intención de quitarse.
Pero a las 20:00h, llegaba la marea negentrópica. A esa hora, la flecha del tiempo no cambiaba -la causalidad seguía existiendo-, pero la probabilidad estadística se invertía. El Universo se volvía obsesivo-compulsivo. El calor fluía de los cuerpos fríos a los calientes. Los fragmentos de tazas rotas saltaban desde el suelo para reconstruirse en la mesa.
Arthur llegó al Ministerio justo cuando las luces parpadearon, señalando el cambio de fase. El estrépito de la ciudad se transformó en un zumbido armónico. Vio a un barrendero apoyado en su escoba, bostezando, mientras la basura callejera volaba por sí misma hacia el interior de su recogedor, clasificándose eficientemente por tamaño y composición química.
En la fase de entropía decreciente, la información se recuperaba. Si escribías una carta de amor y, arrepentido, la quemabas durante el día, a las 21:00 las cenizas se elevaban, el humo se condensaba y el papel se reensamblaba con cada coma en su sitio. No había secretos. No había olvido.
Tenían que vigilar que la disminución de entropía no fuera demasiado eficiente. Si la entropía bajaba a cero, se alcanzaría la muerte térmica inversa: un cristal perfecto, estático y eterno. El orden absoluto era tan letal como el caos total.
A las 21:00h, saltó un aviso.
Arthur miró el monitor. Un ciudadano llamado Jenkins había intentado suicidarse saltando desde un décimo piso. Había sido un desastre estrepitoso de huesos y fluidos (entropía máxima, un éxito estadístico). Pero ahora, en la fase negentrópica, los átomos de Jenkins estaban “recordando” su estado anterior.
El cuerpo de Jenkins levitaba mientras sus moléculas se reorganizaban con una precisión matemática. Pero había un error: un huevo frito que Jenkins había desayunado se estaba reensamblando dentro de su fémur porque los campos de probabilidad se habían solapado.
Necesitaba el demonio de Maxwell portátil: un dispositivo que utilizaba láseres para separar partículas manipulando la entropía localmente, a costa de un ingente gasto energético. Arthur llegó al lugar y, con la destreza de un cirujano, logró que el huevo volviera a la sartén de Jenkins y que este volviera a estar íntegro.
-Gracias- dijo Jenkins, ahora vivo y ordenado-. Supongo que lo intentaré mañana de nuevo.
-Usted verá -respondió Arthur-. Pero hágalo antes de la hora del almuerzo, o tendrá que pensar en la cena.
Al final de su turno, a las 07:55h, Arthur se sentó en un banco a ver el amanecer. El orden terminaba. El sol, que durante la noche absorbía radiación para concentrarla en su núcleo, se preparaba para empezar a irradiar y desgastarse de nuevo.
Sin embargo, nada sucedió a las 08:00h.
Arthur miró a su alrededor. El polvo no empezaba a dispersarse. Las grietas de las aceras no se abrían. Al contrario, todo se volvía más nítido, más joven, más... simple.
Abrió su comunicador y llamó al Ministerio.
-Aquí agente de nivelación 42. El ciclo no ha cambiado. Repito, la entropía sigue bajando. ¿Qué está pasando?
La voz al otro lado sonaba extrañamente calmada, casi mecánica.
-Arthur, no hay ningún ciclo. Fue solo una anomalía estadística de diez mil millones de años. Una fluctuación en el vacío.
Arthur sintió un escalofrío.
-¿Qué quieres decir?
-La tendencia natural del Universo es el orden. El caos que conocemos, la libertad de que las cosas se rompan, fue solo un error de cálculo del Big Bang. Un error que el Universo finalmente está corrigiendo. Estamos regresando al punto cero. A la unidad.
Arthur miró su mano. Sus huellas dactilares empezaban a borrarse, una piel perfecta, sin marcas, sin historia. Comprendió que el libre albedrío solo existe donde las cosas pueden salir mal. En un Universo que solo sabe ordenarse, el futuro ya está escrito porque es la única opción posible.
-Bueno -susurró Arthur mientras sus recuerdos se archivaban en carpetas perfectamente etiquetadas en su mente-, al menos no tendré que fregar los platos.
Antes de que se diera cuenta, Arthur ya no era un hombre; era una idea perfectamente organizada en la mente de un Universo que, por fin, lo tenía todo bajo control.
-Ah, la dulce libertad del caos- susurró Arthur, viendo cómo una mancha de humedad se expandía caprichosamente por el techo.
Arthur era un “agente de nivelación” en el Ministerio del Desorden. Su trabajo era vital: durante la fase de entropía creciente, debía asegurarse de que las cosas se rompieran de manera esperada, que el Universo siguiera su curso natural. Arthur desayunaba tostadas que se desmigajaban con una predictibilidad reconfortante. Era el momento de la creatividad, del libre albedrío y de las manchas de grasa sin intención de quitarse.
Pero a las 20:00h, llegaba la marea negentrópica. A esa hora, la flecha del tiempo no cambiaba -la causalidad seguía existiendo-, pero la probabilidad estadística se invertía. El Universo se volvía obsesivo-compulsivo. El calor fluía de los cuerpos fríos a los calientes. Los fragmentos de tazas rotas saltaban desde el suelo para reconstruirse en la mesa.
Arthur llegó al Ministerio justo cuando las luces parpadearon, señalando el cambio de fase. El estrépito de la ciudad se transformó en un zumbido armónico. Vio a un barrendero apoyado en su escoba, bostezando, mientras la basura callejera volaba por sí misma hacia el interior de su recogedor, clasificándose eficientemente por tamaño y composición química.
En la fase de entropía decreciente, la información se recuperaba. Si escribías una carta de amor y, arrepentido, la quemabas durante el día, a las 21:00 las cenizas se elevaban, el humo se condensaba y el papel se reensamblaba con cada coma en su sitio. No había secretos. No había olvido.
Tenían que vigilar que la disminución de entropía no fuera demasiado eficiente. Si la entropía bajaba a cero, se alcanzaría la muerte térmica inversa: un cristal perfecto, estático y eterno. El orden absoluto era tan letal como el caos total.
A las 21:00h, saltó un aviso.
Arthur miró el monitor. Un ciudadano llamado Jenkins había intentado suicidarse saltando desde un décimo piso. Había sido un desastre estrepitoso de huesos y fluidos (entropía máxima, un éxito estadístico). Pero ahora, en la fase negentrópica, los átomos de Jenkins estaban “recordando” su estado anterior.
El cuerpo de Jenkins levitaba mientras sus moléculas se reorganizaban con una precisión matemática. Pero había un error: un huevo frito que Jenkins había desayunado se estaba reensamblando dentro de su fémur porque los campos de probabilidad se habían solapado.
Necesitaba el demonio de Maxwell portátil: un dispositivo que utilizaba láseres para separar partículas manipulando la entropía localmente, a costa de un ingente gasto energético. Arthur llegó al lugar y, con la destreza de un cirujano, logró que el huevo volviera a la sartén de Jenkins y que este volviera a estar íntegro.
-Gracias- dijo Jenkins, ahora vivo y ordenado-. Supongo que lo intentaré mañana de nuevo.
-Usted verá -respondió Arthur-. Pero hágalo antes de la hora del almuerzo, o tendrá que pensar en la cena.
Al final de su turno, a las 07:55h, Arthur se sentó en un banco a ver el amanecer. El orden terminaba. El sol, que durante la noche absorbía radiación para concentrarla en su núcleo, se preparaba para empezar a irradiar y desgastarse de nuevo.
Sin embargo, nada sucedió a las 08:00h.
Arthur miró a su alrededor. El polvo no empezaba a dispersarse. Las grietas de las aceras no se abrían. Al contrario, todo se volvía más nítido, más joven, más... simple.
Abrió su comunicador y llamó al Ministerio.
-Aquí agente de nivelación 42. El ciclo no ha cambiado. Repito, la entropía sigue bajando. ¿Qué está pasando?
La voz al otro lado sonaba extrañamente calmada, casi mecánica.
-Arthur, no hay ningún ciclo. Fue solo una anomalía estadística de diez mil millones de años. Una fluctuación en el vacío.
Arthur sintió un escalofrío.
-¿Qué quieres decir?
-La tendencia natural del Universo es el orden. El caos que conocemos, la libertad de que las cosas se rompan, fue solo un error de cálculo del Big Bang. Un error que el Universo finalmente está corrigiendo. Estamos regresando al punto cero. A la unidad.
Arthur miró su mano. Sus huellas dactilares empezaban a borrarse, una piel perfecta, sin marcas, sin historia. Comprendió que el libre albedrío solo existe donde las cosas pueden salir mal. En un Universo que solo sabe ordenarse, el futuro ya está escrito porque es la única opción posible.
-Bueno -susurró Arthur mientras sus recuerdos se archivaban en carpetas perfectamente etiquetadas en su mente-, al menos no tendré que fregar los platos.
Antes de que se diera cuenta, Arthur ya no era un hombre; era una idea perfectamente organizada en la mente de un Universo que, por fin, lo tenía todo bajo control.