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Una última luz

Jorge Gil

Nunca me había gustado mucho la física y la química. No es que no la entendiera, era más bien que no le veía sentido. Había fórmulas, letras raras, números que no me servían para nada fuera del instituto. Pero todo eso cambió el día que mi abuelo me pidió que le explicara por qué las estrellas que vemos ya están muertas en realidad.

Estábamos sentados en la terraza de su casa, como siempre cuando llegaba el verano e íbamos al pueblo. Él en una silla de madera que llevaba ahí desde que tengo consciencia, y yo apoyado sobre la barandilla. Era verano, y la poca contaminación lumínica del pueblo hacía que el cielo estuviese muy iluminado.

—Me ha dicho el médico, que lo que veo no siempre es lo que está ahora. Que a veces es lo que era antes.

No entendí muy bien a qué se refería al principio.

—Me dijo que mi memoria ahora funciona como la luz de las estrellas.

Ahí lo entendí, en el instituto habíamos aprendido que la luz tarda en viajar. Que cuando miramos una estrella que está, por ejemplo, a cien años luz, en realidad la estamos viendo como era hace cien años, porque su luz ha tardado todo ese tiempo en llegar hacia donde estamos nosotros.

—Es porque la luz no llega de un momento para otro. Tiene una velocidad, aunque es muy rápida. Lo más rápido que existe, de hecho, pero aun así tarda.

Mi abuelo asintió.

—Entonces, si una estrella desaparece, ¿la seguimos viendo?

—Sí, durante un tiempo sí.

No dijo nada más, solo siguió mirando hacia arriba. Mi abuelo había empezado a olvidar cosas hacía unos meses. Al principio eran cosas sin importancia, como dónde había dejado las llaves, qué era lo que había comido ese mismo día o el nombre de un vecino. Luego empezó a olvidar cosas más importantes.

Una vez me llamó por el nombre de su hermano. Su hermano había muerto hacía más de treinta años, ni siquiera mi hermana mayor lo había conocido. Otra vez me preguntó qué cómo me iba en el trabajo, a mí, que no sabía ni a qué iba a presentarme en la Selectividad. Pero lo que más me dolió fue el día que no reconoció la casa en la que había pasado toda su vida entera.

—Es extraño, hay recuerdos que siguen ahí, brillando, los veo perfectamente. Puedo ver a tu abuela riéndose en la cocina, y puedo ver el día que aprendiste a andar. Pero hay otros que han desaparecido.

No supe qué decir exactamente.

—Es como si mi cabeza fuera como el cielo, algunas estrellas siguen brillando, otras ya se han apagado, pero yo todavía veo su luz.

Me quedé en silencio. En clase también habíamos aprendido otra cosa, que las estrellas no duran para siempre. Nacen, viven y mueren. Algunas explotan y otras simplemente se enfrían hasta apagarse, pero su luz sigue viajando, y incluso cuando ya no existen.

—¿Sabes? No creo que eso sea algo malo ─afirmó.

Lo miré.

—¿El qué?

—Que la luz siga ahí.

No entendí lo que quería decir.

—Significa que algo ha existido. Que ha ocurrido de verdad y que me ha importado.

Señaló el cielo.

—Esa estrella, a lo mejor ya no está, pero su luz ha llegado hasta nosotros, y la estamos viendo. Entonces, de alguna manera sigue con nosotros.

No respondí. Pero por primera vez, la física me pareció algo más que una asignatura que aprobar, me pareció algo humano. Pasamos un rato más sin hablar, en la tranquilidad de la noche.

—Explícame otra cosa —dijo de repente.

—¿Qué?

—¿La luz desaparece alguna vez?

Tuve que pensarlo un poco.

—No exactamente, puede hacerse más débil o puede dispersarse, pero no desaparece sin más.

Sonrió un poco.

—Me gusta eso.

Esa fue la última conversación que recuerdo tener con él antes de que su memoria se "apagara" casi por completo.

Ahora, a veces, salgo por la noche y miro el cielo, sé que algunas de esas estrellas ya no existen, sé que lo que veo es solo su luz, viajando a través del tiempo. Pero también sé que eso no significa que no sean reales, porque estuvieron ahí. Y, de alguna forma, todavía lo están, como mi abuelo.