Uno infinito
Delta
Existía, simplemente. Desde los albores del tiempo él había estado presente. Era, pero nada más. De pronto, un soplo cálido le dio vida. Y se sintió a sí mismo. Se sintió siendo trazado sobre una tabla de arcilla. Se sintió en las manos de la gente. Se sintió en las ondas que ellos llamaban sonido. En ese momento descubrió lo que era la vida. Y a partir de entonces, estuvo en miles de sitios más.
Poco a poco, descubrió que no había sido el único en despertar. Algunos de sus hermanos también habían recibido ese soplo divino que los había dotado de conciencia. Pasaba el tiempo, los nombres cambiaban, los signos también. Ellos los usaban, los juntaban en grupos, los sumaban, los restaban… Eran herramientas a su servicio. Algunos de ellos los usaban con destreza, y lograban dotar de vida a más de sus hermanos. Les ponían nombres, los mezclaban con las letras. Operaban, los descubrían dentro de la naturaleza, o descubrían que ellos eran la naturaleza. Las espirales, las formas… Hipnóticas para muchos, incomprensibles para otros, pero parte de lo que eran. El mundo estaba siendo descrito en base a lo que eran. Fractales, formas inimaginables…
Aunque, es cierto que ellos también estaban jugando un papel muy importante en el mundo. Lentamente, fueron sacando a sus hermanos más escondidos, más recónditos. Números que eran infinitos dentro del infinito. Empezaron a ponerles nombres: e, 𝜋, ɸ… Ya no los usaban para contar, los usaban para propósitos más grandes. Durante esta época todos cambiaron, incluso él. Parecía que iban a modelar el mundo, mucho más de lo que ya habían hecho.
Pero poco a poco esa grandeza a la que parecían dar forma y en la que participaban fue desapareciendo. ¿Por qué? Él deseaba seguir con ese progreso, esa sensación de ser imparable, de poder con todo. Pero no podía. Y no podía por una razón muy simple: porque ellos no le dejaban. Lo que antes había parecido dotarle de alas, ahora parecía privarle de ellas sin un motivo aparente. Fue terrible, pero no podía hacer nada. Estaba condenado a seguir su camino, a recorrer lo que ellos le marcasen… espera, ¿condenado? ¿Cuándo habían llegado a ese punto? ¿Por qué los que le habían dado la vida ahora le torturaban? ¡Oh, cuán atraído había estado en su momento por aquellos seres! Pero ahora… Ahora les repudiaba. ¿Cómo no iba a hacerlo? Cuando empezaron a usarlos para matar a sus congéneres vio que algo andaba mal, pero nunca imaginó que llegarían tan lejos.
Pero se dice que la esperanza es lo último que se pierde, y así era. A pesar de todo, él pensaba que recapacitarían, que volverían a ser lo que eran, a revivir épocas gloriosas. Pero no fue así. ¿Era entonces la vida que le habían insuflado tanto tiempo atrás un regalo o era una condena? En ese momento había parecido un acto de generosidad inimaginable, pero solo había sido porque les necesitaban, porque tenían que usarlos para progresar. Solamente para eso y nada más. Estaba, por tanto, atado a aquella existencia para siempre.
—Pero hay algo que no entiendo. —dije interrumpiendo por primera vez su relato.
—Di —respondió sin inmutarse.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo que todas aquellas emociones y pensamientos que había estado encerrando y reteniendo desde que él había empezado a narrar se liberaban y salían en tropel.
—Bueno, pensé que eso había quedado más que claro. Si te he dicho que fui de los primeros, te he dicho quienes son mis hermanos, te he contado mi historia… Creo que esa pregunta la debes responder tú y únicamente tú, pues solo entonces comprenderás la magnitud de mi narrativa y el dilema en el cual te he puesto.
—Es que solo una opción tiene sentido después de todo, pero es imposible. Es materialmente imposible. —dije sacudiendo la cabeza.
—Dilo. —animó él, sabiendo que por una vez en mi vida tenía algo claro y cristalino en mi mente.
—Eres el número 1. —solté.
Y al hacerlo, de repente todo encajó en mi mente. Era como si la historia hubiese pasado a mi mente, como si la comprendiera como parte de mi ser. Era una pieza dentro de mí. Una que estaba seguro que no se desengancharía jamás, por mucho tiempo que pasase o por muchas penurias que se interpusiesen en mi camino. Eso seguiría ahí por siempre. Igual que él viviría por siempre.
Poco a poco, descubrió que no había sido el único en despertar. Algunos de sus hermanos también habían recibido ese soplo divino que los había dotado de conciencia. Pasaba el tiempo, los nombres cambiaban, los signos también. Ellos los usaban, los juntaban en grupos, los sumaban, los restaban… Eran herramientas a su servicio. Algunos de ellos los usaban con destreza, y lograban dotar de vida a más de sus hermanos. Les ponían nombres, los mezclaban con las letras. Operaban, los descubrían dentro de la naturaleza, o descubrían que ellos eran la naturaleza. Las espirales, las formas… Hipnóticas para muchos, incomprensibles para otros, pero parte de lo que eran. El mundo estaba siendo descrito en base a lo que eran. Fractales, formas inimaginables…
Aunque, es cierto que ellos también estaban jugando un papel muy importante en el mundo. Lentamente, fueron sacando a sus hermanos más escondidos, más recónditos. Números que eran infinitos dentro del infinito. Empezaron a ponerles nombres: e, 𝜋, ɸ… Ya no los usaban para contar, los usaban para propósitos más grandes. Durante esta época todos cambiaron, incluso él. Parecía que iban a modelar el mundo, mucho más de lo que ya habían hecho.
Pero poco a poco esa grandeza a la que parecían dar forma y en la que participaban fue desapareciendo. ¿Por qué? Él deseaba seguir con ese progreso, esa sensación de ser imparable, de poder con todo. Pero no podía. Y no podía por una razón muy simple: porque ellos no le dejaban. Lo que antes había parecido dotarle de alas, ahora parecía privarle de ellas sin un motivo aparente. Fue terrible, pero no podía hacer nada. Estaba condenado a seguir su camino, a recorrer lo que ellos le marcasen… espera, ¿condenado? ¿Cuándo habían llegado a ese punto? ¿Por qué los que le habían dado la vida ahora le torturaban? ¡Oh, cuán atraído había estado en su momento por aquellos seres! Pero ahora… Ahora les repudiaba. ¿Cómo no iba a hacerlo? Cuando empezaron a usarlos para matar a sus congéneres vio que algo andaba mal, pero nunca imaginó que llegarían tan lejos.
Pero se dice que la esperanza es lo último que se pierde, y así era. A pesar de todo, él pensaba que recapacitarían, que volverían a ser lo que eran, a revivir épocas gloriosas. Pero no fue así. ¿Era entonces la vida que le habían insuflado tanto tiempo atrás un regalo o era una condena? En ese momento había parecido un acto de generosidad inimaginable, pero solo había sido porque les necesitaban, porque tenían que usarlos para progresar. Solamente para eso y nada más. Estaba, por tanto, atado a aquella existencia para siempre.
—Pero hay algo que no entiendo. —dije interrumpiendo por primera vez su relato.
—Di —respondió sin inmutarse.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo que todas aquellas emociones y pensamientos que había estado encerrando y reteniendo desde que él había empezado a narrar se liberaban y salían en tropel.
—Bueno, pensé que eso había quedado más que claro. Si te he dicho que fui de los primeros, te he dicho quienes son mis hermanos, te he contado mi historia… Creo que esa pregunta la debes responder tú y únicamente tú, pues solo entonces comprenderás la magnitud de mi narrativa y el dilema en el cual te he puesto.
—Es que solo una opción tiene sentido después de todo, pero es imposible. Es materialmente imposible. —dije sacudiendo la cabeza.
—Dilo. —animó él, sabiendo que por una vez en mi vida tenía algo claro y cristalino en mi mente.
—Eres el número 1. —solté.
Y al hacerlo, de repente todo encajó en mi mente. Era como si la historia hubiese pasado a mi mente, como si la comprendiera como parte de mi ser. Era una pieza dentro de mí. Una que estaba seguro que no se desengancharía jamás, por mucho tiempo que pasase o por muchas penurias que se interpusiesen en mi camino. Eso seguiría ahí por siempre. Igual que él viviría por siempre.