Calabazas al café
Señor Bicho
La alarma sonó tarde, media hora más tarde que normalmente, pero aún así muy temprano. Ayer había sido un día largo y, entre un desastre habitual y otro, se había acabado acostando a la una de la madrugada. Antes de tener completamente abiertos los ojos ya se encontraba en la ducha quitándose un poco del sudor acumulado por el cobijo de las colchas en la noche y las toneladas de sueño acumulado.
Se secó rápidamente, huyendo del frío, recurrió al "ambientador" de axilas para prevenir las sustancias volátiles generadas cuando la indiscreta microbiota se pusiera a degradar su cuasi inodoro sudor y se puso lo primero limpio que encontró.
El salón estaba bien, bueno todo lo bien que lo había dejado el día anterior. La montaña de ropa por doblar llevaba demasiado tiempo sin ser doblada e iba cogiendo un tamaño digno de mención. Convirtiéndose sin quererlo en una titánica tarea.
Hoy no desayunaría, aunque eso era casi un sacrilegio para él. Esa media hora de sueño le había condenado a no poder sentarse en frente de la tan amada tostada y su enorme taza de café. Estaba claro que tendría que renunciar a la comida, pero no pensaba, ni siquiera era una opción, irse sin tomar esa valiosa extracción acuosa de los granos tostados de las plantas del género Coffea. Su determinación estaba clara, pero había un problema, uno que ya había experimentado una decena de las mañanas que había sido vencido por la cama: no tenía termo para llevar la preciada bebida; solo una de esas botellas metálicas que dan en los eventos y que recuerdan a un termo, aunque fueron diseñadas para achicharrar las manos.
Al encender la cafetera su mente se inundó de escenas pasadas, donde con cara de idiota, se pasaba de una mano a otra la botella entre pequeños microalaridos y resoplidos sin sentido, mientras daba un sorbo de café en los kilométricos atascos de entrada en la ciudad.
Caminó de nuevo al baño, dejando a la cafetera hacer lo suyo y con el café ardiendo inundándole la mente, cuando lo vio: el calcetín desparejado con dibujos de calabazas de Halloween. En medio de aquella montaña de ropa, a medio camino a la cumbre, tendido como el alpinista más cansado, se encontraba aquella prenda incompleta y solitaria desde hacía casi eones emocionales de tiempo. No recordaba cuando lo compró, solo que fue lejos de la fecha destinada a la festividad de su diseño. Eran calentitos cuando estaban los dos. Una idea cómoda al tacto se encendió en su mente.
Olvidó para qué iba al servicio, cosa que ya recordaría luego cuando le entraran ganas de hacer pipí en medio del atasco, y volvió a la cocina con el calcetín desparejado en la mano. Sin duda, era perfecto. Todo a su alrededor se borró un instante: solo existía la cafetera echando humo, el falso termo y su calcetín. Si la economía fuera mejor, pensó, quizá podría haber usado alguna tela de lana, pero el calcetín parecía ser una mezcla de algodón y poliéster y por tanto no era mala opción.
Vistió la botella con el precioso estampado de calabazas, como si se hubiera pasado la vida jugando a los médicos. Con la otra mano, sabiendo que usar dos manos a la vez no era lo suyo, cogió el asa de la cafetera y derramó, con sumo cuidado, el preciado y aromático líquido dentro. Contó en silencio hasta que le pareció que estaba haciendo el tonto y casi salta de alegría. Su mano no estaba gritando, notaba el calor, pero era algo cálido y agradable que le llegaba poco a poco, no como la caricia de una brasa recién soplada.
La tela y sobre todo el aire atrapado dentro de ella conducían fatal el calor, baja conductividad térmica creía recordar que se llamaba eso. La piel de su mano, con sus receptores nerviosos, no entraba en contacto directo con el metal, evitando que éste le transfiera toda su energía térmica de golpe… sin abrumar sus nervios. Y no solo eso, el café no se quedaría helado nada más sentir las primeras brisas de invernalia que le llegaran al abandonar el hogar. Nada tocaría el metal quedando su preciado calor a la custodia del aire inmóvil.
Ese fue el motivo por el que lo miraron mal al llegar a la oficina: fichó y se fue al baño con urgencia, dejando una botella adornada con un calcetín de Halloween en la mesa del despacho compartido. Parecía tonto y quizá lo era un poco, pero no un tonto normal, sino de esos que piensan en paralelo y suelen estar más en su mundo que en este.
Se secó rápidamente, huyendo del frío, recurrió al "ambientador" de axilas para prevenir las sustancias volátiles generadas cuando la indiscreta microbiota se pusiera a degradar su cuasi inodoro sudor y se puso lo primero limpio que encontró.
El salón estaba bien, bueno todo lo bien que lo había dejado el día anterior. La montaña de ropa por doblar llevaba demasiado tiempo sin ser doblada e iba cogiendo un tamaño digno de mención. Convirtiéndose sin quererlo en una titánica tarea.
Hoy no desayunaría, aunque eso era casi un sacrilegio para él. Esa media hora de sueño le había condenado a no poder sentarse en frente de la tan amada tostada y su enorme taza de café. Estaba claro que tendría que renunciar a la comida, pero no pensaba, ni siquiera era una opción, irse sin tomar esa valiosa extracción acuosa de los granos tostados de las plantas del género Coffea. Su determinación estaba clara, pero había un problema, uno que ya había experimentado una decena de las mañanas que había sido vencido por la cama: no tenía termo para llevar la preciada bebida; solo una de esas botellas metálicas que dan en los eventos y que recuerdan a un termo, aunque fueron diseñadas para achicharrar las manos.
Al encender la cafetera su mente se inundó de escenas pasadas, donde con cara de idiota, se pasaba de una mano a otra la botella entre pequeños microalaridos y resoplidos sin sentido, mientras daba un sorbo de café en los kilométricos atascos de entrada en la ciudad.
Caminó de nuevo al baño, dejando a la cafetera hacer lo suyo y con el café ardiendo inundándole la mente, cuando lo vio: el calcetín desparejado con dibujos de calabazas de Halloween. En medio de aquella montaña de ropa, a medio camino a la cumbre, tendido como el alpinista más cansado, se encontraba aquella prenda incompleta y solitaria desde hacía casi eones emocionales de tiempo. No recordaba cuando lo compró, solo que fue lejos de la fecha destinada a la festividad de su diseño. Eran calentitos cuando estaban los dos. Una idea cómoda al tacto se encendió en su mente.
Olvidó para qué iba al servicio, cosa que ya recordaría luego cuando le entraran ganas de hacer pipí en medio del atasco, y volvió a la cocina con el calcetín desparejado en la mano. Sin duda, era perfecto. Todo a su alrededor se borró un instante: solo existía la cafetera echando humo, el falso termo y su calcetín. Si la economía fuera mejor, pensó, quizá podría haber usado alguna tela de lana, pero el calcetín parecía ser una mezcla de algodón y poliéster y por tanto no era mala opción.
Vistió la botella con el precioso estampado de calabazas, como si se hubiera pasado la vida jugando a los médicos. Con la otra mano, sabiendo que usar dos manos a la vez no era lo suyo, cogió el asa de la cafetera y derramó, con sumo cuidado, el preciado y aromático líquido dentro. Contó en silencio hasta que le pareció que estaba haciendo el tonto y casi salta de alegría. Su mano no estaba gritando, notaba el calor, pero era algo cálido y agradable que le llegaba poco a poco, no como la caricia de una brasa recién soplada.
La tela y sobre todo el aire atrapado dentro de ella conducían fatal el calor, baja conductividad térmica creía recordar que se llamaba eso. La piel de su mano, con sus receptores nerviosos, no entraba en contacto directo con el metal, evitando que éste le transfiera toda su energía térmica de golpe… sin abrumar sus nervios. Y no solo eso, el café no se quedaría helado nada más sentir las primeras brisas de invernalia que le llegaran al abandonar el hogar. Nada tocaría el metal quedando su preciado calor a la custodia del aire inmóvil.
Ese fue el motivo por el que lo miraron mal al llegar a la oficina: fichó y se fue al baño con urgencia, dejando una botella adornada con un calcetín de Halloween en la mesa del despacho compartido. Parecía tonto y quizá lo era un poco, pero no un tonto normal, sino de esos que piensan en paralelo y suelen estar más en su mundo que en este.