Caldo primitivo
Drosera
En una cazuela de barro añado un litro de agua, una cucharada de carbono, otra de nitrógeno y un pellizco de hidrógeno. Lo pongo al fuego. A la hora, aparto la tapa. Los ingredientes bailan agitados y el olor me transporta a los orígenes. Pasadas dos, aparece una masa terrosa, sólida, cubierta de color verde. Cumplidas tres, aquella amalgama se divide y, sobre un fragmento, vislumbro un cuellilargo que pasta en un bosque de coníferas. Tras cuatro horas, me asomo. Ya no hay dinosaurios, sino unos hombrecitos con taparrabos tensando sus arcos.
Me apuntan.
Me apuntan.