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Carta de despedida

Mafalda

Escribir una carta así siempre es complicado: una no sabe por dónde empezar, después de treinta años compartidos. En fin, tal vez debamos volver al principio… No recuerdo en qué momento exacto entraste en mi vida pero es cierto que, al final, mi familia siempre te vio con buenos ojos y cada vez que hacíamos una celebración, o que teníamos un cumpleaños, ahí aparecías. Así que, poco a poco, fui ligando mi existencia a la tuya. No es raro, por tanto, que una vez me convertí en adolescente nunca faltaras en mis días especiales, ya fueran de risas o de lágrimas: sabía que tú ibas a estar allí. Y así fue, mientras los años pasaban, y nuestro vínculo era cada vez más estrecho. En fin, podría recordar muchos momentos, pero sobre todo me acuerdo de cuando nació Olga; en aquellos días, en los que yo me sentía tan desorientada, ahí estabas tú para reconfortarme, como siempre habías hecho.

Sin embargo, sabes que de un tiempo a esta parte, las cosas cambiaron. Sí, es cierto: lo encontré a él. ¡Por causalidad! Pero un día tú no estabas y lo vi allí, tan accesible… Lo cierto es que nunca me había llamado la atención, cubierto siempre de una manera más oscura que tú con tus colores llamativos, pero me dije: “¿Y por qué no probar?’”. No me preguntes por qué lo hice, pero ese día me vino así. Y me encontré con que me contaba historias mucho más fascinantes que las tuyas. Porque las que tú me dabas, sí, estaban endulzadas, pero… poco más tenían. Mientas que las suyas… las suyas hablaban de compuestos ¡que atacaban a nuestros radicales libres!, o que reducían la inflamación. De cómo se podían modificar las bacterias de nuestro colon para hacer que fueran beneficiosas. O de laboratorios de todo el mundo realizando investigaciones punteras. Y, claro, frente a todo eso, tus historias dulces… ya quedaban muy atrás. Es cierto que, a veces, él tenía un cierto punto amargo, y eso me causaba algo de rechazo. Era… ¿cómo decírtelo? Me acercaba a él pero sentía que solo podía conectar con un 70%; más, era demasiado. Pero después ya subimos: al 80%, al 85%, creo que debo de andar ya por el 90%... En fin, no quiero hacerte daño y por eso se me ocurrió esta historia de los porcentajes de conexión, que era mejor que darte otros detalles, pero a lo que voy es que a todo se hace una, aunque de partida pensara que nunca podría cambiar en mis gustos. Y es que, al final, yo buscaba ese deje particular, era como pensar: “Bueno, igual no hace falta que todo sea tan dulce; igual en la vida hay otras cosas y lo dulce hasta me empieza a saturar”.

Por lo que, llegados a este punto, no me queda más remedio que escribirte esta carta. Tengo que decírtelo: adiós, chocolate con leche, saliste de mi vida. Ahora entra el chocolate con mucho, mucho cacao.