Celurín y el efecto placebo
Placebo Mentis
Un frío invierno del 2004, dos amigos se encontraban en su casa tomándose un chocolate caliente.
- Me encuentro fatal- decía Pau mientras se tumbaba en su cama.
Pablo, preocupado por su amigo porque tomaba demasiados medicamentos al día, decidió engañarlo con una pastilla placebo.
- Ahora te traigo una pastilla- dijo Pablo yendo hacia la puerta. Entonces fue a la farmacia más próxima para comprar unas pastillas especiales. Al llegar, le recibió un hombre de no más de 40 años con una camiseta hawaiana y unos tejanos verdes.
-¿Qué deseas comprar?- le preguntó el farmacéutico.
- Quiero unas pastillas placebo- le respondió Pablo. El hombre se las entregó y volvió a casa para ver cómo se encontraba su amigo. Al llegar, le dio las pastillas a Pau y este se tomó una.
Así es como empezó la aventura de una pequeña célula.
Dentro del cuerpo de Pau, se encontraba una sala de cámaras que vigilaba el recorrido de la pastilla. Todos los que había en la sala salieron para comprobar cómo iban los pulmones. De repente, la pastilla se quedó atascada en una zona de la garganta y el que limpiaba los puestos de mando llamó corriendo al general.
- Mandad las tropas láser- gritó el más robusto.
Aunque Pau no se estaba ahogando, había que hacer que la pastilla recorriera todo el camino para evitar que se acumulasen más medicamentos. En tan solo treinta segundos, empezó a vislumbrarse una nave morada con un cañón de unos 0,09 mm que partió en pedazos el alimento que sujetaba a la pastilla permitiendo que esta continuara su camino.
Al día siguiente, llamaron al que se encargaba de limpiar para que asistiera a la reunión del congreso de tejidos.
- Señor Celulín, nos gustaría que emprendiese una aventura en busca de un objeto desaparecido- dijo el general.
- ¿Cuál es el objeto? - preguntó Celulín.
- Es una pastilla placebo- explicó el segundo jefe.
- Juro que buscaré por todas las partes del cuerpo humano y encontraré esa pastilla- dijo él mientras se iba por la puerta.
Al cabo de un rato, llegó a los pulmones para pasar por unos conductos unidireccionales hacia el cerebro. Allí se encontró con una puerta reforzada con esmalte dental, custodiada por unos guardias, los glóbulos blancos que estaban armados con unas lanzas fabricadas de hueso.
- Si quieres pasar por aquí, tienes que entregar una tarjeta platino que se encuentra en las entrañas estomacales- dijo el primer glóbulo.
- ¡Es imposible llegar allí!- gritó Celulín.
- Pues no pasarás- dijo el segundo guardia.
Él, de mala gana, se dirigió al estómago para atravesar los jugos gástricos. Al entrar, sintió un calor abrasador y observó un montón de comida flotando mientras se fundía. Entonces comenzó a saltar entre los diferentes alimentos que había hasta que se resbaló con un trozo de manzana. Por suerte, cayó justo en un pliegue gástrico, conocido como ruga, en la que se encontraba la tarjeta. Volvió ante la puerta y comenzó a escalar el conducto hacia el cerebro. Al llegar vio dos cosas que no deberían estar allí: la pastilla placebo y un virus.
- Esta pastilla no sirve para nada, está hecha de solo azúcar- le chivó el virus al cerebro después de haberla raptado.
- Todos estos años he vivido en una mentira- respondió triste.
La pastilla estaba atrapada entre dos zonas del cráneo buscando ayuda.
- ¿Cómo te llamas? - preguntó Celulín a la pastilla.
- Yo soy Placeb Haygarth y el que me descubrió es John Haygarth en el año 1799 - le contestó.
Celulín no se pensó dos veces lo que iba a hacer. Se abalanzó contra el virus y lo echó a patadas del lugar. Después, liberó a la pastilla y entre los dos intentaron convencer al cerebro de que el placebo sí servía para algo, pero no se lo acababa de creer.
- Esta pastilla es real- intentó convencerlo Celulín. Pero, de repente, se empezó a escuchar un ruido proveniente del tubo del estómago. Un montón de virus comenzaron a entrar y a intentar dañar al cerebro.
- Por favor, Placeb, habla con él - le suplicó la célula. La pastilla no dudó ni un segundo en inventarse el mejor discurso de su vida.
- Yo soy una pastilla hecha de azúcar que no hace efecto pero, aunque no parezca importante, sin mí no se podrían sustituir medicamentos ni tampoco evitar las sobredosis. Por lo tanto, piensa que sí soy real.
En ese momento, Celurín ayudó a escapar a Placeb para que este consiguiera acabar su misión: conseguir convencer al cerebro y trabajar junto a él.
Finalmente, los virus quedaron exterminados y Celulín consiguió una medalla por su gran trabajo, aunque horas después fue reemplazada por otra célula.
- Me encuentro fatal- decía Pau mientras se tumbaba en su cama.
Pablo, preocupado por su amigo porque tomaba demasiados medicamentos al día, decidió engañarlo con una pastilla placebo.
- Ahora te traigo una pastilla- dijo Pablo yendo hacia la puerta. Entonces fue a la farmacia más próxima para comprar unas pastillas especiales. Al llegar, le recibió un hombre de no más de 40 años con una camiseta hawaiana y unos tejanos verdes.
-¿Qué deseas comprar?- le preguntó el farmacéutico.
- Quiero unas pastillas placebo- le respondió Pablo. El hombre se las entregó y volvió a casa para ver cómo se encontraba su amigo. Al llegar, le dio las pastillas a Pau y este se tomó una.
Así es como empezó la aventura de una pequeña célula.
Dentro del cuerpo de Pau, se encontraba una sala de cámaras que vigilaba el recorrido de la pastilla. Todos los que había en la sala salieron para comprobar cómo iban los pulmones. De repente, la pastilla se quedó atascada en una zona de la garganta y el que limpiaba los puestos de mando llamó corriendo al general.
- Mandad las tropas láser- gritó el más robusto.
Aunque Pau no se estaba ahogando, había que hacer que la pastilla recorriera todo el camino para evitar que se acumulasen más medicamentos. En tan solo treinta segundos, empezó a vislumbrarse una nave morada con un cañón de unos 0,09 mm que partió en pedazos el alimento que sujetaba a la pastilla permitiendo que esta continuara su camino.
Al día siguiente, llamaron al que se encargaba de limpiar para que asistiera a la reunión del congreso de tejidos.
- Señor Celulín, nos gustaría que emprendiese una aventura en busca de un objeto desaparecido- dijo el general.
- ¿Cuál es el objeto? - preguntó Celulín.
- Es una pastilla placebo- explicó el segundo jefe.
- Juro que buscaré por todas las partes del cuerpo humano y encontraré esa pastilla- dijo él mientras se iba por la puerta.
Al cabo de un rato, llegó a los pulmones para pasar por unos conductos unidireccionales hacia el cerebro. Allí se encontró con una puerta reforzada con esmalte dental, custodiada por unos guardias, los glóbulos blancos que estaban armados con unas lanzas fabricadas de hueso.
- Si quieres pasar por aquí, tienes que entregar una tarjeta platino que se encuentra en las entrañas estomacales- dijo el primer glóbulo.
- ¡Es imposible llegar allí!- gritó Celulín.
- Pues no pasarás- dijo el segundo guardia.
Él, de mala gana, se dirigió al estómago para atravesar los jugos gástricos. Al entrar, sintió un calor abrasador y observó un montón de comida flotando mientras se fundía. Entonces comenzó a saltar entre los diferentes alimentos que había hasta que se resbaló con un trozo de manzana. Por suerte, cayó justo en un pliegue gástrico, conocido como ruga, en la que se encontraba la tarjeta. Volvió ante la puerta y comenzó a escalar el conducto hacia el cerebro. Al llegar vio dos cosas que no deberían estar allí: la pastilla placebo y un virus.
- Esta pastilla no sirve para nada, está hecha de solo azúcar- le chivó el virus al cerebro después de haberla raptado.
- Todos estos años he vivido en una mentira- respondió triste.
La pastilla estaba atrapada entre dos zonas del cráneo buscando ayuda.
- ¿Cómo te llamas? - preguntó Celulín a la pastilla.
- Yo soy Placeb Haygarth y el que me descubrió es John Haygarth en el año 1799 - le contestó.
Celulín no se pensó dos veces lo que iba a hacer. Se abalanzó contra el virus y lo echó a patadas del lugar. Después, liberó a la pastilla y entre los dos intentaron convencer al cerebro de que el placebo sí servía para algo, pero no se lo acababa de creer.
- Esta pastilla es real- intentó convencerlo Celulín. Pero, de repente, se empezó a escuchar un ruido proveniente del tubo del estómago. Un montón de virus comenzaron a entrar y a intentar dañar al cerebro.
- Por favor, Placeb, habla con él - le suplicó la célula. La pastilla no dudó ni un segundo en inventarse el mejor discurso de su vida.
- Yo soy una pastilla hecha de azúcar que no hace efecto pero, aunque no parezca importante, sin mí no se podrían sustituir medicamentos ni tampoco evitar las sobredosis. Por lo tanto, piensa que sí soy real.
En ese momento, Celurín ayudó a escapar a Placeb para que este consiguiera acabar su misión: conseguir convencer al cerebro y trabajar junto a él.
Finalmente, los virus quedaron exterminados y Celulín consiguió una medalla por su gran trabajo, aunque horas después fue reemplazada por otra célula.